1. Leemos        2. Meditamos        3. Oramos

 

 

2. Meditamos

 

No estoy ciega. Es más, tengo una vista espléndida. Y, sin embargo, no me cuesta reconocerme en Bartimeo, el mendigo ciego de Jericó. Entre él y yo hay una gran semejanza y también algo que nos separa. La semejanza reside en otro tipo de ceguera de la que adolezco: ceguera para reconocer, en todo momento, la mano de Dios sobre mi historia personal y la de nuestro mundo; ceguera para fiarme enteramente del amor providente de nuestro Dios, Padre y Madre de inmensa ternura. Esa ceguera que me postra en ocasiones, me roba energía y me hace pasiva frente a la vida es lo que me une a Bartimeo.

    Pero hay algo que me distancia de él, y es que Bartimeo tuvo una fe como para mover montañas y curar cegueras: fe en que al Maestro de Nazaret nada le era imposible; fe para pedir con insistencia: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí».

    ¡Cuántas veces me sorprendo a mí misma lamentando mi mala suerte: la pérdida de oportunidades profesionales, un pequeño revés en la salud, el fracaso de unos planes... sin que mi fe sea capaz de ponerme en pie, arrojar el manto de la preocupación que me cubre y confiar en que todo inconveniente puede convertirse en oportunidad para mejorar mi vida y sembrar el Reino!

        Mis ojos no están ciegos, pero mi corazón necesita aún la luz de la fe para arrojar mis capas de desconfianza y poder seguir a Jesús, con libertad y alegría, por el camino.

Puntos para la meditación:

¿Tú vida se parece en algo a la de Bartimeo?

¿Pides, con insistencia, a Jesús que te saque de tu situación a pesar de que, en ocasiones, parezca que no tiene mucho remedio?

¿Encuentras fuerza en Jesús para ponerte en pie y buscar, creativamente, soluciones a tus problemas? ¿Cómo es tu fe?

¿Qué buena noticia encuentras en el evangelio de hoy, para ti?

 

3. Oramos

 

a) La oración de Jesús

b) Salmo 125

 

a) La oración de Jesús: la petición del ciego Bartimeo y de otros personajes del evangelio (cf. Mt 20,30.31; Lc 17,13; Lc 18,13) se convirtió en una oración muy querida para la Iglesia de oriente y, en particular, para la Iglesia ortodoxa rusa. Dicha práctica oracional recibe el nombre de la oración de Jesús u oración del corazón, popularizada por El peregrino ruso.

        La primera propuesta de oración es ésta: siéntate en un lugar tranquilo y cómodo y ora, con atención, al ritmo de tu respiración, esta oración a modo de "mantra":

 

Señor Jesucristo, Hijo de David,

ten misericordia de mí.

 

b) La primera lectura de este domingo, tomada del profeta Jeremías, invita a los israelitas a gritar de alegría por la salvación que el Señor va a regalar al resto de su pueblo, entre el cual se pueden contar ciegos y cojos, mujeres encinta y recién paridas. A éstos los traerá el Señor de su destierro, adonde fueron entre lágrimas, y los guiará en medio de consuelos hacia torrentes de agua donde quedará saciada su sed. Imágenes hermosas para hablar de un cambio de suerte como la que le acaeció al ciego Bartimeo y puede ocurrirnos a nosotros/as de forma inesperada. 

        El salmo 125 expresa a Dios el agradecimiento y la alegría por una experiencia de salvación en la que, al llanto, ha sucedido la risa y, a la amargura, el canto.

        Hacemos memoria de alguna experiencia de salvación que hayamos vivido en la última etapa de nuestra vida y oramos a Dios con estas palabras:

 

El Señor ha estado grande con nosotros

y estamos alegres.

 

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,

nos parecía soñar:

La boca se nos llenaba de risas,

la lengua de cantares.

 

Hasta los gentiles decían:

«El Señor ha estado grande con ellos.»

El Señor ha estado grande con nosotros

y estamos alegres.

 

Que el Señor cambie nuestra suerte,

como los torrentes del Negueb.

Los que sembraban con lágrimas

cosechan entre cantares.

 

 

Al ir, iba llorando,

llevando la semilla;

al volver, vuelve cantando,

trayendo sus gavillas.

 

 

 

 

 

 

 

Mª Concepción López, pddm (España)