1. Leemos        2. Meditamos        3. Oramos

 

 

2. Meditamos

 

Visualiza la impresionante venida del Hijo del hombre que describe Marcos: en medio de una terrible oscuridad, porque el sol, la luna y las estrellas se han apagado, aparece la figura majestuosa y gloriosa, luminosa y radiante del Hijo del hombre que viene a juzgar y a reunir a sus elegidos. ¿Sientes miedo o sientes confianza al pensar en el final de este mundo que pasa y en la venida definitiva del Señor? ¿Cuáles son las razones de tus sentimientos, sean de miedo o de confianza? 

El Señor quiere exhortarnos a vivir con consciencia y plenitud cada instante de nuestra vida, a no desperdiciar el don del tiempo, a vivir con sabiduría y justicia pues no sabemos el día ni la hora. ¿Vives con gratitud, intensidad y fidelidad los días que el Señor te regala? 

¿Deseas la venida y cercanía del Señor o las imágenes apocalípticas te hacen temer ese acontecimiento? Medita, a propósito de esto, la súplica de la Iglesia, asistida por el Espíritu Santo: “El Espíritu y la Novia dicen: ¡Ven!, y el que lo oiga diga: ¡Ven!” (Apoc 22,17). 

La espera de la venida del Señor nos hace estar en vigilancia, anticipando esa venida con obras de justicia y misericordia. ¿Cómo puedes transparentar la cercanía de Dios y su venida constante en medio de nosotros? 

La venida del Hijo del hombre debe llenarnos de alegría, consuelo y esperanza por la promesa del Señor de crear “un cielo nuevo y una tierra nueva” donde habite la justicia (cf. Is 65,17; Apoc 21,1), una nueva creación en la que Dios lo sea todo en todos y el Reino de Dios llegue a su plenitud, una nueva humanidad en la que el mal ya no exista y Él sea el Señor de todos y de todo. ¿Experimentas tú esa alegría y ese consuelo? Si no es así, pídele al Señor que aumente tu fe, que calme tu miedo y que te llene de esperanza en sus promesas.

Escucha del canto “Ven, Señor Jesús” (Hermana Glenda; CD "A solas con Dios")

 

Ven, Señor Jesús, porque sin Ti ya no hay paisaje.

Ven, Señor Jesús, porque sin Ti no hay melodías.

Ven, Señor Jesús, porque sin Ti no encuentro paz, nada.

Sin ti, mis ojos no brillan.

La vida es poca cosa sin Ti... La vida es poca cosa.

 

Ven, Señor Jesús, ven pronto a mi vida, ven pronto, Señor, ven pronto.

 

Porque sin ti yo no quiero la vida, ya no canto con alma,

ya mis manos no sirven, ya no escucho latidos, ya no abrazo con fuerza,

mi corazón no se ensancha, mi sonrisa no espera. Y todo sin Ti.

Nada vale la pena, porque sin ti ya no me llena nada.

Porque sin Ti todo suena vacío; sin Ti, todo me deja tristeza.

Porque sin Ti yo no respiro hondo.

Porque sin Ti todo me cansa.

Porque sin Ti me falta todo y me sobra todo,

todo sin Ti sin Ti.

 

Ven, Señor Jesús, ven pronto a mi vida, ven pronto, Señor, ven pronto.

 

Porque, sin Ti, no me importa mi hermano, no me importa el que sufre,

Porque sin Ti mi corazón es de piedra a quien todo resbala,

acostumbrada a los pobres, acomodada en su casa,

sin jugarse la vida, sin gastarla por nada, sin gastarla por nada.

Ven, Señor Jesús, ven pronto a mi vida, ven pronto, Señor, ven pronto.

 

3. Oramos

Con el Salmo 16/15, puedes expresarle a Dios tu confianza en que al final de tu vida y al final de la historia Él no nos entregará a la muerte sino que nos enseñará el sendero de la vida y nos llenará de dicha en su presencia.

 

El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,

mi suerte está en tu mano.

Tengo siempre presente al Señor,

con él a mi derecha, no vacilaré.

 

Por eso se me alegra el corazón,

se gozan mis entrañas,

y mi carne descansa serena:

porque no me entregarás a la muerte

ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

 

Me enseñarás el sendero de la vida,

me saciarás de gozo en tu presencia,

de alegría perpetua a tu derecha.

 

Ora al Señor insistentemente, a modo de jaculatoria: “Ven, Señor Jesús. Crea lo cielos nuevos y la tierra nueva donde habite tu justicia”.

 

Terminamos juntos, orando la proclamación de Pablo VI: 

 

Debo proclamar su nombre:

Jesucristo es el Mesías, el Hijo de Dios vivo;

Él es el que nos ha revelado al Dios invisible,

Él es el primogénito de toda criatura y todo se mantiene en Él.

Él es también el maestro y redentor de los hombres;

Él nació, murió y resucitó por nosotros.

 

Él es el centro de la historia y del universo;

Él nos conoce y nos ama, compañero y amigo de nuestra vida,

hombre de dolor y de esperanza;

Él ciertamente vendrá de nuevo

y será, como esperamos, nuestra plenitud de vida y de felicidad.

 

Yo nunca me cansaría de hablar de Él;

Él es la luz, la verdad; más aún, el camino, la verdad y la vida;

Él es el pan y la fuente de agua viva,

que satisface nuestra hambre y nuestra sed;

Él es nuestro pastor, nuestro guía, nuestro ejemplo,

nuestro consuelo, nuestro hermano.

 

Él, como nosotros, y más que nosotros, fue pequeño, pobre,

humillado, sujeto al trabajo, oprimido, paciente.

Por nosotros habló, obró milagros,

instituyó el nuevo Reino en el que los pobres son bienaventurados,

... en el que los que tienen hambre de justicia son saciados,

... en el que todos son hermanos...

 

Cristo Jesús es el principio y el fin, el alfa y la omega,

el rey del nuevo mundo,

la arcana y suprema razón de la historia humana y de nuestro destino.

Él es nuestro mediador, a manera de puente entre la tierra y el cielo;

Él es el hijo del hombre por antonomasia

porque es el Hijo de Dios, eterno, infinito,

y el Hijo de María, bendita entre todas las mujeres.

 

 

 

 

 

 

Mª Concepción López, pddm (España)