1. Leemos        2. Meditamos        3. Oramos

 

 

2. Meditamos

 

 

Poniendo nuestros ojos en la persona de Juan, vamos a descubrir cómo podemos preparar la venida del Señor en este tiempo de Adviento. Os sugerimos los siguientes interrogantes:

 

  ¿Cómo contestaría si alguien me preguntara quién soy? ¿Me conozco a mí mismo?

  ¿Cuáles son mis límites, dones y fuerzas? ¿Qué parte de mi persona o de mi vida necesito allanar en estos días? ¿Por qué tengo que allanarla?

  ¿Reconozco que, como Juan, soy enviado también por Dios? ¿Soy consciente de la misión que Dios me pide realizar aquí y ahora?

  ¿Qué quiere decir para mí “ser testigo”? ¿Cómo puedo ser testigo de la luz?

   

De la vida de Juan, podemos destacar que ser testigo es ser luz, una luz para los demás, para que se conviertan, para preparar el camino del Señor. Sin embargo, en la vida cotidiana, experimentamos que hay muchas maneras de ser testigo. Una de estas formas la encontramos en las palabras de un sacerdote comboniano, Ismael Piñón, publicadas no hace mucho en una revista misionera. Según este misionero, “anunciar el Evangelio consiste no tanto en hablar o predicar, sino en estar, en estar con la gente. En compartir con ellos sus alegrías y sus penas. En no tener prisas si no hay muchos bautismos porque, al fin y al cabo, es el Espíritu el que entra en el corazón de las personas y las convierte.”

 

Este testimonio del padre Ismael me ha dado “luz” para caer en la cuenta de que ser testigo no consiste sólo en predicar (sin negar la importancia y valor de los predicadores), sino en estar, en compartir mi “presencia” con los demás. Me he dado cuenta de que la gente, hoy día, no necesita tantas palabras, sino más bien obras que les ayuden a sentir que no están solas, que alguien está con ellas. Lo que más cuenta es “perder el tiempo”, el tiempo que entregas para “escuchar”, sobre todo cuando alguien lo necesita. Por consiguiente, su testimonio me hace considerar cómo es mi presencia entre las personas con quienes vivo. Me pregunto cómo y cuándo estoy con ellas verdaderamente. ¿Es mi presencia un testimonio de la luz para ellas? ¿Doy gracia y alegría? ¿Doy importancia a perder tiempo con ellas o prefiero, habitualmente, estar delante de mi ordenador o de la televisión?

 

Ser testigo de la luz, de la venida de nuestro Señor, no es tanto hacer cosas extraordinarias. Más bien es hacer cosas sencillas, como escuchar a la persona que sufre a tu lado, dar una mano a tu prójimo que no tiene a quien acudir con sus problemas y luchas. O quizás, es comprender a alguien que no hace nada bueno (según tu criterio) para ti ni para los demás.

 

Hay muchas maneras de ser testigo, de ser una presencia de la venida del Señor en medio de nosotros. Cada uno tiene esta misión. Cada uno tiene dones para compartir. Sólo que, a veces, es necesario “allanar” nuestra ceguera, nuestros miedos, nuestra sordera a la voz que nos llama en medio del desierto de nuestra vida. ¡Que la persona de Juan Bautista nos ayude a abrir los ojos para que podamos ver la LUZ y ser verdaderos testigos de su resplandor en medio del mundo y de la vida!

 

  3. Oramos

 

Señor, sé que me has llamado,

que me has enviado a ser tu testigo.

Pero, a veces, hay muchas cosas

que me impiden compartir

los dones que me has dado:

situaciones, personas, e incluso a mí mismo.

 

¡Cuántas veces he tenido que luchar contra mis miedos,

mis debilidades y límites!

¡Cuántas veces he experimentado persecuciones

e incomprensiones!

¡Cuántas veces me he sentido realmente solo,

 abandonado en medio de luchas y dificultades!

 

No es nada fácil ser un testigo de la LUZ.

Muchas veces he sentido

que la luz que había dentro de mí se estaba apagando

y que no podía continuar ya más la jornada.

 

Pero sé también que Tú nunca me has dejado solo

que siempre has sido mi luz,

y que nunca te has olvidado

de enviarme personas

que pudieran encender otra vez la luz de mi fe,

de mi ánimo y mi confianza en ti.  

 

 

Por eso, te doy gracias, Señor,

por haberme llamado a ser tu testigo,

por estar siempre conmigo,

por ser mi luz en esta jornada de mi vida.

Con mis manos unidas en oración

y abiertas para darse, sigo rezando:

¡Qué seas nuestra LUZ

para que seamos TU LUZ verdadera para los demás!

 

 

 

 

 

Cecilia Payawal, pddm (Filipinas)