oración
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oramos
Nos disponemos a la lectio orando
Confiamos al Señor nuestro camino cuaresmal de fe y oramos para que este tiempo dé como fruto una renovada y profunda relación con Dios, el Dios vivo que trabaja en lo profundo de nuestra interioridad, en la comunidad de la Iglesia, y en la historia del mundo, tan amenazada hoy por la guerra.
Con gran confianza y humildad, pedimos la gracia necesaria para nuestro camino de conversión personal y comunitario. Que el encuentro con la Palabra del Señor nos revele los obstáculos a la gracia de Dios, que quizá se encuentran aún escondidos en cada uno de nosotros.
Pedimos también la luz del Espíritu para orientar bien nuestro camino cotidiano, para que se realice en nosotros, cada vez más plenamente, el proyecto de Dios.
Juan 2,13-25
13 Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. 14Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; 15y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; 16y a los que vendían palomas les dijo:
- Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.
17Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: “El celo de tu casa me devora”.
18Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron:
- ¿Qué signos nos muestras para obrar así?
19Jesús contestó:
- Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.
20Los judíos replicaron:
- Cuarenta y seis años ha costado construir este templo ¿y tú lo vas a levantar en tres días?
21Pero él hablaba del templo de su cuerpo. 22Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.
23Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; 24pero Jesús no se confiaba con ellos, porque los conocía a todos 25y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.
Orientaciones para la lectura
El tercer domingo de Cuaresma traza, para
los discípulos de Jesucristo, una etapa más en el camino hacia la celebración
de su Misterio Pascual. Hoy este camino está iluminado por la Palabra del
evangelio de Juan. Antes de comenzar a leer y meditar este evangelio, debemos
recordar sus rasgos característicos, diferentes a los de los evangelios sinópticos.
En Juan encontramos una profunda reflexión teológica sobre el misterio de Jesús.
Juan, cuando narra los gestos o milagros de Jesús, quiere indicar la dimensión
simbólica de estos acontecimientos. Por eso llama signos a los gestos
que revelan la identidad de Jesús, Hijo de Dios, y su íntima relación con el
Padre. Juan, el discípulo que Jesús amaba, ha podido entrar cordialmente en el
misterio de su Maestro, y escribe este evangelio para que nosotros creamos
que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios y, creyendo, tengamos vida en su nombre
(Jn 20, 30). Con una actitud de fe, queremos acoger el signo de la
purificación del templo.
El tercer domingo de Cuaresma traza, para los discípulos
de Jesucristo, una etapa más en el camino hacia la celebración de su Misterio
Pascual. Hoy este camino está iluminado por la Palabra del evangelio de Juan.
Antes de comenzar a leer y meditar este evangelio, debemos recordar sus rasgos
característicos, diferentes a los de los evangelios sinópticos. En Juan
encontramos una profunda reflexión teológica sobre el misterio de Jesús.
Juan, cuando narra los gestos o milagros de Jesús, quiere indicar la dimensión
simbólica de estos acontecimientos. Por eso llama signos a los gestos
que revelan la identidad de Jesús, Hijo de Dios, y su íntima relación con el
Padre. Juan, el discípulo que Jesús amaba, ha podido entrar cordialmente en el
misterio de su Maestro, y escribe este evangelio para que nosotros creamos
que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios y, creyendo, tengamos vida en su nombre
(Jn 20, 30). Con una actitud de fe, queremos acoger el signo de la
purificación del templo.
Mirando el contexto precedente de este pasaje del
evangelio, encontramos el testimonio de Juan Bautista sobre Jesús, el Cordero
de Dios que quita el pecado del mundo (cf. Jn 1,29), y también el testimonio de
los discípulos que, en la persona de Jesús, reconocen al Mesías prometido (Jn
1,41). El pasaje que precede inmediatamente al evangelio de hoy describe el
primer signo en Caná de Galilea, donde Jesús reveló su gloria y sus discípulos
creyeron en él (Jn 2,11).
En el evangelio de hoy, contemplamos a Jesús
subiendo a Jerusalén, y Juan subraya que estaba cerca la Pascua de los judíos
(2,13). Los israelitas celebraban la Pascua como memorial del Señor que los
liberó de la esclavitud de Egipto. Con la celebración de la Pascua, los judíos
renovaban la memoria de las grandes obras del Señor en el pasado, y también
recordaban la promesa de la liberación definitiva, que se cumpliría con la
venida del Mesías. Para esto, los israelitas peregrinaban cada año al templo
de Jerusalén. Por el evangelio de Lucas sabemos que también los padres de Jesús
iban a Jerusalén todos los años para la fiesta de la Pascua y, cuando Jesús
tenía doce años, lo llevaron consigo (cf. Lc 2,41 Señor). Y Jesús, quedándose
en el templo, reveló su unión con el Padre y la preocupación por sus cosas:
“¿No sabéis que yo debo ocuparme de las cosas de mi Padre?” (Lc
2,49). En este episodio, contemplamos a Jesús que, por una parte, se hace uno más
con esta gente que peregrina al templo del Señor pero, por otra, desde el
principio se revela su grandeza excepcional (cf. también Lc 2,25-32, el
encuentro con Simeón). La entrada en el templo de la narración de hoy tiene un
carácter especial. Otros evangelistas sitúan este episodio cerca de la condena
de Jesús, de su pasión y muerte. Juan narra esta venida de Jesús y la
purificación del templo como segundo signo que revela otro aspecto de su
misterio.
En el templo, que debería ser lugar de
oración y de encuentro con Dios, Jesús encuentra a la gente ocupada en el
comercio y en el cambio de dinero (2,14). Podemos imaginar el rumor y la confusión
que reinaban allí. Tras estos negocios, es preciso ver a la rica clase
sacerdotal que tomaba, de este comercio, muchas ganancias para sí mismos. Los
que estaban destinados al servicio en el templo y debían ayudar a la gente a
acercarse a Dios, han comenzado a apacentarse a sí mismos (cf. Ez 34,2). No sólo
han perdido la preocupación por las cosas del Señor y por el auténtico
cuidado de la gente que venía al templo, sino que incluso cometen injusticia
contra los débiles y defraudan a los demás para obtener algún beneficio. En
esta situación es difícil hablar de la gloria del Señor, aunque exteriormente
el templo era espléndido, porque ha sido profanado a través de la actitud
perversa del hombre.

La actitud de Jesús (v.15), a primera vista,
parece una falta de dominio de sí y una explosión de ira. Sin embargo, es una
expresión de amor hacia el hombre, del amor verdadero que es exigente y que, a
veces para hacer el bien, hace sufrir (cf. Hb 12,5ss). Esta actitud violenta de
Jesús revela la preocupación por la felicidad del hombre, una felicidad que
consiste en dar gloria al Dios verdadero y no a otros dioses como el dinero, el
éxito o el poder. Para esto, el pueblo de Dios necesita experimentar la acción
purificadora de Dios, para poder ofrecer al Señor una oblación según justicia
(Ml 3,3).
Hacer un látigo con cuerdas es un gesto simbólico de Jesús, que anuncia su pasión y muerte. Este látigo, que debía caer sobre los hombres que cometen injusticia, recaerá, sin embargo, sobre Jesús, porque Él cargó con nuestras enfermedades, soportó nuestros dolores, y el Señor hizo recaer sobre Él la maldad de todos nosotros (Is 52,4.6). Para Jesús cada hombre es importante y por esto no se queda indiferente ante la injusticia del templo.
Jesús se opone a quienes hacen de la casa de su
Padre un mercado (v.16). El templo, que es la casa del Padre, debería ser el
lugar de encuentro con Dios, donde se glorifica a Dios Padre por su bondad,
donde se presentan las oraciones al que es Omnipotente. En este caso, Dios
permanece en el centro de la vida de todos los que se dirigen con confianza a Él.
Y si Dios está en primer lugar, todas las cosas se sitúan en su lugar
adecuado. “Casa de mercado” quiere decir lugar donde cada uno busca vender o
comprar algo para obtener la mayor ganancia para sí. Cada uno piensa en sus
propios intereses y no en las necesidades de los otros. El dinero y la
ganancia se convierten en su dios. Cuando el templo se convierte en una
casa de mercado, el hombre no puede obtener la fuerza para perseverar en el bien
y hacer el bien a los que lo odian (cf. Lc 6,27). Alejándose de Dios, el hombre
se aleja de la verdad, del bien y de la belleza; se enturbian sus relaciones
consigo mismo y con los otros. Jesús, Hijo predilecto del Padre, quiere cambiar
esta situación e introducir al hombre en una relación nueva con Dios y con los
hermanos.
Los discípulos ven, en esta actitud de Jesús, el
celo por las cosas de Dios, como proclama el salmo 69,10 (v.7). Saben leer,
bajo la luz de la fe, el verdadero significado de este signo presente en las
obras y en las palabras de Jesús. Los judíos, por el contrario, como buenos
guardianes del orden del templo, presentan una actitud diversa. Para ellos, las
obras de Jesús no son un signo suficiente. No logran ver el sentido más
profundo de todo lo que ven y oyen. Pretenden otro signo, pero el único signo
que se les da es el Hijo del hombre (cf. Lc 11,30). Les falta la apertura
humilde a Dios, que se revela de un modo quizá no siempre cómodo para
nosotros. Ellos no prevén la posibilidad de que pueden estar caminando por un
camino equivocado.
Jesús responde a los judíos indicando otro
templo y usando el término santuario (v.19). El verdadero santuario será
el cuerpo de Jesús, condenado a muerte y resucitado. Jesús se convertirá
en el lugar de la profunda comunión de Dios con el hombre. Jesús, como buen
pastor, da la propia vida para que las ovejas tengan vida en abundancia (Jn
10,10). Pero los judíos, encerrados en su mentalidad, no logran abrirse al
significado más profundo de las obras de Jesús. Todo lo ven sólo
exteriormente. No entienden que con su actitud perversa contribuyen a destruir
el verdadero santuario, es decir, la persona del Mesías.
En el versículo siguiente, Juan indica de nuevo la actitud de fe de los discípulos. Esta reflexión es pospascual. A la luz de la resurrección, la fe de los discípulos se hace más radical y madura. Encontramos, también, a otras personas que creyeron en el nombre de Jesús, viendo los signos que él hacía (v.23). Así pues, depende de cada hombre si acoge con fe a Jesús o lo rechaza. Esta decisión es determinante para poder pasar de la vida según la Ley a la vida según el Espíritu. Es preciso nacer de nuevo para entrar en el Reino de Jesús (Jn 3,5). Y Jesús, conociéndonos a todos nosotros por dentro (v.25), ve las aspiraciones más profundas de nuestra alma y viene a nosotros con la ayuda de su gracia para sostener los esfuerzos hacia el bien y para realizar, Él mismo, la obra más hermosa: nuestra propia santificación.
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