La Palabra de este evangelio me apremia a interpelarme sobre la cualidad de mi relación con Dios, que se revela particularmente en la oración, con sus implicaciones prácticas en la vida cotidiana y en las relaciones con mis hermanos y hermanas.
La Palabra del Señor ilumina mi camino de fe y me hace ver más claramente los espacios de mi persona en los que puedo experimentar la acción purificadora del Padre bueno. No son extraños, para mí, los momentos en los que experimento dentro de mí una especie de casa de mercado, incluso cuando estoy en oración. Esto acontece cuando, en lugar de abrirme al encuentro con Dios vivo y a la escucha de su Palabra, me dejo guiar por tendencias no buenas. Cuando el primer lugar de mi pensar y sentir lo ocupa la aspiración a realizar el propio proyecto, a menudo no conforme con el proyecto de Dios, desaparece la preocupación por las cosas del Señor. Porque mis cosas y mis “ganancias” (incluso las espirituales) se convierten en lo más importante. Pero, en realidad, esto no me hace experimentar la verdadera felicidad y libertad de los hijos de Dios. Porque sólo Dios posee el mejor proyecto para alcanzar la felicidad verdadera. Porque Él, como Padre bueno, conoce bien todas mis necesidades, antes incluso de que yo se las presente (Mt 6,8). Él quiere darme continuamente, en Jesús, la vida nueva en el Espíritu.
¡Qué maravillosa noticia contiene para mí esta verdad, que el Padre busca a los verdaderos adoradores para que lo adoren en Espíritu y Verdad (cf. Jn 4,23). Y si el Padre busca a tales personas, eso significa que ya ha preparado para mí todo lo que necesito para que esto me suceda. Sólo es necesario que Él encuentre en mí el ardiente deseo de esta vivencia y también, llena de humilde fe, mi sí. El continuo y consciente dejarme ser guiada por el Espíritu de Dios me hará llegar a ser una auténtica hija del Padre celestial, me dejará crecer en la libertad interior y en la paz (Rom 8,14 ss).
Deseo sacar siempre las fuerzas de mi espíritu de la inextinguible fuente de la Palabra de Dios y de la Eucaristía para que, como una verdadera adoradora del Padre, aprenda a adorarle en las varias circunstancias de mi vida y para que las relaciones con las otras personas sean más penetradas por el espíritu del Evangelio.
a)
Salmo 27,4
Una cosa he pedido al Señor,
una cosa estoy buscando:
habitar en la casa del Señor,
todos los días de mi vida,
para gustar la dulzura del Señor
y cuidar de su Templo.
b)
Salmo 30,5-6
Cantad al Señor, los que le amáis,
alabad su memoria santa.
Su cólera dura un instante,
su bondad, de por vida.
c)
Oración personal
Te adoro, Señor, porque tu bondad es grande,
y tu misericordia, más grande que tu ira.
Te doy gracias, Padre bueno,
porque, a pesar de mi infidelidad,
siempre me invitas a la amistad contigo
y tu corazón siempre está abierto para mí.
Señor, tú eres quien mejor conoces
lo que de veras me limita en mi interior.
Te pido la gracia de saber aceptar
de tu mano
la purificación de lo que no es puro.
Hazme llegar a ser
una verdadera adoradora tuya
en lo cotidiano de mi vida,
y no sólo en los momentos
de la celebración litúrgica.
Enciende en mí
la auténtica preocupación
por tu Reino.
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Úrszula Szymanska, pddm (Polonia)