Hay tres elementos importantes que ayudan a profundizar nuestra fe en la
resurrección y sus consecuencias para nuestras vidas:
Encuentro personal con Jesús. Encontrarse con Jesús como alguien vivo y
realmente presente en nuestras vidas y comunidades es el fundamento de la fe y
la proclamación. En el tiempo de las primeras comunidades, Jesús estaba en
medio de ellos: le veían, le oían, le tocaban. Ahora su presencia es
diferente: no sólo creemos que está “con nosotros,” andando con nosotros y
acompañándonos; también está “en nosotros” por medio del Espíritu que
ha enviado para darnos fuerza y que trabaja en nosotros.
Valor para
creer y superar nuestros miedos. Los primeros discípulos también tenían
sus dudas, incluso cuando el Señor resucitado estaba ante ellos. ¿Cuánto más
tendremos nosotros, que sólo tenemos el don de “los ojos de la fe” para
verle y sentir su presencia en nosotros? ¿Acaso somos menos bienaventurados?
Eso parecería; pero no según otro evangelista: “Bienaventurados
los que no vieron y creyeron” (Jn 20, 29). Quizás nuestro reto es cómo
desarrollar nuestros sentidos (ver, oír, tocar, etc.) para ser capaces de
saborear la presencia del Señor crucificado y resucitado en nuestro mundo y en
el acaecer de nuestras vidas.
Necesitamos desarrollar también el sentido de la reflexión para “oírle y
sentirle” presente en nosotros, en la gente buena que nos rodea, en cualquier
signo de esperanza y amor que nos sale al camino.
Abrir
nuestras mentes a la Escrituras y nuestros labios a la proclamación. Desde
el encuentro de la fe con el Señor Jesús resucitado estamos invitados a
reflexionar sobre sus palabras, que nos ha transmitido en y a través de las
Escrituras, a fin de poder comprender el “gran designio”, el gran alcance de
la historia de la salvación. Es desde esta comprensión y convicción desde
donde fluye la misión y la proclamación. La invitación de Jesús a ser “sus
testigos” supone un compromiso muy personal que implica contemplación, valor
y concentración. ¡Un auténtico reto!
Un
modelo de persona que respondió a un reto así es el del bienaventurado
Fundador de nuestra familia paulina, el beato Santiago Alberione. Su experiencia
de un encuentro intenso y constante con Cristo resucitado en la oración como
base de su fecundidad espiritual y misionera es un legado que deja a la familia
por él fundada, compartido ahora por todos los creyentes. En cada encuentro,
presenta al Señor todos los detalles de su vida y pregunta “¿Qué piensas de
esto? ¿Cómo
actuarías tú aquí?” El
don de su santidad, reconocido ahora por la Iglesia, es confirmación de la
contemplación, del valor y el amor que creció en él al servir a Cristo e
inspirar a sus seguidores a seguir los pasos de San Pablo, testimoniando la
presencia de Cristo resucitado y proclamando su Evangelio, especialmente con el
uso de los medios más modernos y eficaces de comunicación.
Señor
Resucitado,
que
yo te lleve dentro de mi alma y te irradie a los demás,
que
mi corazón resplandezca de amor a ti y a toda la gente,
que
yo sea un vaso de elección desbordándose
e
invitando a los demás a calmar su sed de ti,
que yo sea un templo donde Tú, junto con el Padre y el Espíritu,
estéis
máximamente activos.
Quiero
rezumarte por todos mis poros:
con mi palabra, mi trabajo, mi oración,
mis
ademanes y actitudes,
en
público y en privado.
¡Quiero
vivir por ti! ¡Quiero entregarte a todo el mundo!
(Oración adaptada de las palabras del beato Santiago Alberione)
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Gemma Victorino, pddm (Filipinas)