1. Leemos        2. Meditamos        3. Oramos

 

 

2. Meditamos

 

 

Hay tres elementos importantes que ayudan a profundizar nuestra fe en la resurrección y sus consecuencias para nuestras vidas:

Encuentro personal con Jesús. Encontrarse con Jesús como alguien vivo y realmente presente en nuestras vidas y comunidades es el fundamento de la fe y la proclamación. En el tiempo de las primeras comunidades, Jesús estaba en medio de ellos: le veían, le oían, le tocaban. Ahora su presencia es diferente: no sólo creemos que está “con nosotros,” andando con nosotros y acompañándonos; también está “en nosotros” por medio del Espíritu que ha enviado para darnos fuerza y que trabaja en nosotros.

Valor para creer y superar nuestros miedos. Los primeros discípulos también tenían sus dudas, incluso cuando el Señor resucitado estaba ante ellos. ¿Cuánto más tendremos nosotros, que sólo tenemos el don de “los ojos de la fe” para verle y sentir su presencia en nosotros? ¿Acaso somos menos bienaventurados? Eso parecería; pero no según otro evangelista: “Bienaventurados los que no vieron y creyeron” (Jn 20, 29). Quizás nuestro reto es cómo desarrollar nuestros sentidos (ver, oír, tocar, etc.) para ser capaces de saborear la presencia del Señor crucificado y resucitado en nuestro mundo y en el acaecer de nuestras vidas. Necesitamos desarrollar también el sentido de la reflexión para “oírle y sentirle” presente en nosotros, en la gente buena que nos rodea, en cualquier signo de esperanza y amor que nos sale al camino.

Abrir nuestras mentes a la Escrituras y nuestros labios a la proclamación. Desde el encuentro de la fe con el Señor Jesús resucitado estamos invitados a reflexionar sobre sus palabras, que nos ha transmitido en y a través de las Escrituras, a fin de poder comprender el “gran designio”, el gran alcance de la historia de la salvación. Es desde esta comprensión y convicción desde donde fluye la misión y la proclamación. La invitación de Jesús a ser “sus testigos” supone un compromiso muy personal que implica contemplación, valor y concentración. ¡Un auténtico reto!

  Un modelo de persona que respondió a un reto así es el del bienaventurado Fundador de nuestra familia paulina, el beato Santiago Alberione. Su experiencia de un encuentro intenso y constante con Cristo resucitado en la oración como base de su fecundidad espiritual y misionera es un legado que deja a la familia por él fundada, compartido ahora por todos los creyentes. En cada encuentro, presenta al Señor todos los detalles de su vida y pregunta “¿Qué piensas de esto? ¿Cómo actuarías tú aquí?” El don de su santidad, reconocido ahora por la Iglesia, es confirmación de la contemplación, del valor y el amor que creció en él al servir a Cristo e inspirar a sus seguidores a seguir los pasos de San Pablo, testimoniando la presencia de Cristo resucitado y proclamando su Evangelio, especialmente con el uso de los medios más modernos y eficaces de comunicación.

   

 

 

3. Oramos

 

Señor Resucitado,

que yo te lleve dentro de mi alma y te irradie a los demás,

que mi corazón resplandezca de amor a ti y a toda la gente,

que yo sea un vaso de elección desbordándose

e invitando a los demás a calmar su sed de ti,

que yo sea un templo donde Tú, junto con el Padre y el Espíritu,

estéis máximamente activos.

Quiero rezumarte por todos mis poros:

con mi palabra, mi trabajo, mi oración, 

mis ademanes y actitudes,

en público y en privado.

¡Quiero vivir por ti! ¡Quiero entregarte a todo el mundo!

            (Oración adaptada de las palabras del beato Santiago Alberione)

 

 

 

 

 

 

Gemma Victorino, pddm (Filipinas)