oración
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oramos
Espíritu
Santo, que me habitas
y
haces de mi cuerpo tu templo santo;
Maestro
interior, que iluminas mi mente
y
eres una lámpara que pone luz a mis pasos:
ayúdame
a comprender los gestos y las palabras de Jesús,
ayúdame
a creer en Él, con fe viva y verdadera,
ayúdame
a dejarme desinstalar por su voz profética
y
a dejarme convertir por sus signos de gracia.
Espíritu
Santo, Tú que eras fuego en sus entrañas
y
pasión por las cosas del Padre,
contágiame
de su mismo celo por el Reino de Dios
y
purifica en mí todo culto vacío,
falto
de amor, de justicia y de misericordia.
Juan 2,13-25
13 Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. 14Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; 15y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; 16y a los que vendían palomas les dijo:
- Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.
17Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: “El celo de tu casa me devora”.
18Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron:
- ¿Qué signos nos muestras para obrar así?
19Jesús contestó:
- Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.
20Los judíos replicaron:
- Cuarenta y seis años ha costado construir este templo ¿y tú lo vas a levantar en tres días?
21Pero él hablaba del templo de su cuerpo. 22Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.
23Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; 24pero Jesús no se confiaba con ellos, porque los conocía a todos 25y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.
Orientaciones para la lectura
Lee el evangelio poniendo especial
atención en lo siguiente:
- ¿Cuándo y dónde sucede el episodio que nos cuenta Juan?;
-
¿qué personajes intervienen?;
-
¿qué hace y qué dice Jesús ante la situación que encuentra en el
templo?;
-
¿se parecen las palabras de Jesús a las de algún personaje bíblico que
conoces?;
-
¿qué le preguntan los judíos en el v. 18?
-
¿qué les responde Jesús? Compara su respuesta con Mateo 16,1.4.
-
Juan termina diciéndonos que “muchos creyeron en Jesús” pero Jesús no se
fiaba de ellos. ¿A qué crees que se debe esa desconfianza?
Si
lees todo el capítulo 2 del evangelio de Juan, verás que el contexto inmediato
del pasaje de la expulsión de los mercaderes del templo es el relato de las bodas
de Caná, en el que Jesús “dio comienzo a sus señales”. Esas
“señales” o “signos” son milagros y hechos extraordinarios con
los que Jesús quería mostrar que el Reino de Dios se había hecho presente con
su venida.
Juan
nos cuenta sólo siete de esos signos, aunque aclara, al final de su
evangelio, que Jesús hizo otras muchas señales de modo que, si se escribieran
una a una, los libros no cabrían en el mundo.
Después
del milagro de Caná, Jesús estuvo un tiempo en Cafarnaúm , tras lo cual, subió
a Jerusalén para celebrar la fiesta de la Pascua. Es entonces cuando Juan
introduce el episodio de la purificación del templo. Recordemos que los
evangelios sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) sitúan este hecho al final de la
vida pública de Jesús, como desencadenante de su muerte.
Hay
cristianos que, cuando leen cómo Jesús expulsó a latigazos a los vendedores
del templo, se escandalizan y se preguntan cómo pudo Jesús dejarse llevar por
un ataque de ira, cómo es posible que reaccionara con tan poco “temple,
moderación y mansedumbre”. El que proclamó, en el sermón del monte, “dichosos
los pacíficos” no parece que se comportara precisamente como un hombre de
paz en esta ocasión...
Para
comprender la reacción de Jesús, es preciso conocer el funcionamiento del
templo de Jerusalén en su tiempo. Quizá nos pueden ayudar estos datos:
-
Todo israelita debía ofrecer un sacrificio en la fiesta de la Pascua: los
ricos, un buey o una oveja; los pobres, una paloma (Lev 5,7; 15,14.29; 17,3);
-
a partir de los veinte años, todo israelita debía pagar medio siclo de plata (Neh
10,33-35);
-
cada pecado cometido exigía una expiación, que debía realizarse con un
sacrificio en el templo (imaginemos que esta obligación se mantuviera hoy...);
- toda mujer, cada vez que tenía la menstruación, debía pagar el tributo de dos tórtolas o pichones por su impureza (Lev 15,19-30); cada vez que daba a luz un hijo, debía pagar un cordero de un año y un pichón o tórtola; si era pobre, dos tórtolas o pichones.
-
El templo no aceptaba monedas extranjeras, pues eran impuras y tenían imágenes.
Por ello, había instituido su propia moneda y su sistema “bancario” de
cambio. Para garantizar que los animales de los sacrificios eran puros, el
templo mismo los suministraba, a caro precio. Para poder realizar las compras y
transacciones, los sacerdotes habían permitido que el atrio de los gentiles se
transformara en el banco y el mercado del templo, convirtiéndolo en un inmenso
y lucrativo negocio, y utilizando a Dios como justificación y tapadera del
mismo.
La
monumentalidad y suntuosidad del templo causaba admiración. Los mismos
discípulos de Jesús participaban de la fascinación que suscitaba el imponente
edificio: “¡Maestro, mira qué piedras y qué construcciones!” (cf. Mc
13,1). Pero Jesús miraba la realidad con otros ojos y otro sentir. Su
reacción, en el episodio de hoy, no es de ira, sino un gesto profético
que pretende denunciar una situación de injusticia que se esconde tras
ese culto tan solemne y tan vistoso. Dicho culto, más que un medio para
favorecer el encuentro con Dios, se había convertido en un negocio para la élite
social y religiosa que lo mantenía.

Las
palabras de Jesús en Juan (“No convirtáis en un mercado la casa de mi
Padre”) y en los sinópticos (“¿No está escrito: ‘mi casa será llamada
casa de oración para todas las gentes’? ¡Pero vosotros la habéis convertido
en una cueva de ladrones!”) recuerdan las palabras que pronuncia el profeta Jeremías
en el capítulo 7,3-11. Son versículos que conviene leer para entender lo
que motiva el gesto de Jesús:
“Enmendad
vuestra conducta y vuestras acciones,
y
habitaré con vosotros en este lugar.
No
os creáis seguros con palabras engañosas,
repitiendo:
“Es el Templo del Señor,
el
Templo del Señor, el Templo del Señor”.
Si
enmendáis vuestra conducta y vuestras acciones,
si
juzgáis rectamente entre un hombre y su prójimo;
si
no explotáis al forastero, al huérfano y a la viuda,
si
no seguís a dioses extranjeros, para vuestro mal,
entonces
habitaré con vosotros en este lugar,
en
la tierra que di a vuestros padres,
desde hace tanto tiempo y para siempre.
Mirad:
Vosotros os fiáis
de
palabras engañosas que no sirven para nada.
¿De
modo que robáis, matáis, adulteráis,
juráis
en falso,
quemáis
incienso a Baal,
seguís
a dioses extranjeros y desconocidos,
y
después entráis
a
presentaros ante mí en este templo,
que
lleva mi nombre,
y
os decís: Estamos salvos,
para
seguir cometiendo abominaciones?
¿Creéis
que es una cueva de bandidos
este
templo que lleva mi nombre?
Atención,
que yo lo he visto – oráculo del Señor” (Jr 7,3-11)
Los
discípulos interpretan la reacción de Jesús con la cita del Salmo 69,10:
“El celo de tu casa me devora”. Y es que Jesús estuvo absorbido por
la voluntad del Padre, por su amor a la humanidad y por el deseo de que todos
los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.
Los dirigentes judíos, al ver
desenmascarada su falsedad, le piden a Jesús un signo que justifique con
qué autoridad obra así (cf. Mt 16,1.4). Pero Jesús no entra en su juego, no
se pone a hacer milagros para demostrar nada, sino que les responde con un
enigma o sentencia de estilo sapiencial: “Destruid el santuario y en
tres días lo levantaré”. Ellos no entendieron y pensaron que se refería
al templo de piedra. Pero Jesús se refería al templo de su cuerpo y a su
resurrección.
Con Jesús, el templo de Jerusalén,
uno de los pilares del judaísmo, ha dejado de tener valor. Él proclama que el
verdadero templo de Dios es su persona, verdadera shekinah
(presencia) de Dios en medio de su pueblo.
El
episodio termina diciendo que muchos, al ver los signos que Jesús hizo en
Jerusalén, creyeron en Él, pero Jesús no se fiaba de ellos porque les conocía
por dentro y sabía que muchos no fueron capaces de captar el verdadero sentido
de esos signos: El Reino de Dios está cerca. Para muchos, Él era el
mesías político que los liberaría del poder romano.
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