Lectura orante

Juan 2,13-25

oración inicial - leemos - meditamos - oramos 

 

 

"No convirtáis en un mercado la Casa de mi Padre"

 

Invocación al Espíritu Santo

 

Espíritu Santo, que me habitas

y haces de mi cuerpo tu templo santo;

Maestro interior, que iluminas mi mente

y eres una lámpara que pone luz a mis pasos:

ayúdame a comprender los gestos y las palabras de Jesús,

ayúdame a creer en Él, con fe viva y verdadera,

ayúdame a dejarme desinstalar por su voz profética

y a dejarme convertir por sus signos de gracia.

 

Espíritu Santo, Tú que eras fuego en sus entrañas

y pasión por las cosas del Padre,

contágiame de su mismo celo por el Reino de Dios

y purifica en mí todo culto vacío,

falto de amor, de justicia y de misericordia.

 

1. Leemos la Palabra

 

Juan 2,13-25 

13 Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. 14Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; 15y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; 16y a los que vendían palomas les dijo:

- Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.

17Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: “El celo de tu casa me devora”.

18Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron:

- ¿Qué signos nos muestras para obrar así?

19Jesús contestó:

- Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.

20Los judíos replicaron:

- Cuarenta y seis años ha costado construir este templo ¿y tú lo vas a levantar en tres días?

21Pero  él hablaba del templo de su cuerpo. 22Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.

23Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; 24pero Jesús no se confiaba con ellos, porque los conocía a todos 25y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.

 

  Orientaciones para la lectura 

 

 

Lee el evangelio poniendo especial atención en lo siguiente:

- ¿Cuándo y dónde sucede el episodio que nos cuenta Juan?;

- ¿qué personajes intervienen?;

- ¿qué hace y qué dice Jesús ante la situación que encuentra en el templo?;

- ¿se parecen las palabras de Jesús a las de algún personaje bíblico que conoces?;

- ¿qué le preguntan los judíos en el v. 18?

- ¿qué les responde Jesús? Compara su respuesta con Mateo 16,1.4.

- Juan termina diciéndonos que “muchos creyeron en Jesús” pero Jesús no se fiaba de ellos. ¿A qué crees que se debe esa desconfianza? 

Si lees todo el capítulo 2 del evangelio de Juan, verás que el contexto inmediato del pasaje de la expulsión de los mercaderes del templo es el relato de las bodas de Caná, en el que Jesús “dio comienzo a sus señales”. Esas “señales” o “signos” son milagros y hechos extraordinarios con los que Jesús quería mostrar que el Reino de Dios se había hecho presente con su venida.

Juan nos cuenta sólo siete de esos signos, aunque aclara, al final de su evangelio, que Jesús hizo otras muchas señales de modo que, si se escribieran una a una, los libros no cabrían en el mundo.

Después del milagro de Caná, Jesús estuvo un tiempo en Cafarnaúm , tras lo cual, subió a Jerusalén para celebrar la fiesta de la Pascua. Es entonces cuando Juan introduce el episodio de la purificación del templo. Recordemos que los evangelios sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) sitúan este hecho al final de la vida pública de Jesús, como desencadenante de su muerte. 

Hay cristianos que, cuando leen cómo Jesús expulsó a latigazos a los vendedores del templo, se escandalizan y se preguntan cómo pudo Jesús dejarse llevar por un ataque de ira, cómo es posible que reaccionara con tan poco “temple, moderación y mansedumbre”. El que proclamó, en el sermón del monte, “dichosos los pacíficos” no parece que se comportara precisamente como un hombre de paz en esta ocasión...  

Para comprender la reacción de Jesús, es preciso conocer el funcionamiento del templo de Jerusalén en su tiempo. Quizá nos pueden ayudar estos datos:

-  Todo israelita debía ofrecer un sacrificio en la fiesta de la Pascua: los ricos, un buey o una oveja; los pobres, una paloma (Lev 5,7; 15,14.29; 17,3);

- a partir de los veinte años, todo israelita debía pagar medio siclo de plata (Neh 10,33-35);

-  cada pecado cometido exigía una expiación, que debía realizarse con un sacrificio en el templo (imaginemos que esta obligación se mantuviera hoy...);

-  toda mujer, cada vez que tenía la menstruación, debía pagar el tributo de dos tórtolas o pichones por su impureza (Lev 15,19-30); cada vez que daba a luz un hijo, debía pagar un cordero de un año y un pichón o tórtola; si era pobre, dos tórtolas o pichones.

-  El templo no aceptaba monedas extranjeras, pues eran impuras y tenían imágenes. Por ello, había instituido su propia moneda y su sistema “bancario” de cambio. Para garantizar que los animales de los sacrificios eran puros, el templo mismo los suministraba, a caro precio. Para poder realizar las compras y transacciones, los sacerdotes habían permitido que el atrio de los gentiles se transformara en el banco y el mercado del templo, convirtiéndolo en un inmenso y lucrativo negocio, y utilizando a Dios como justificación y tapadera del mismo. 

La monumentalidad y suntuosidad del templo causaba admiración. Los mismos discípulos de Jesús participaban de la fascinación que suscitaba el imponente edificio: “¡Maestro, mira qué piedras y qué construcciones!” (cf. Mc 13,1). Pero Jesús miraba la realidad con otros ojos y otro sentir. Su reacción, en el episodio de hoy, no es de ira, sino un gesto profético que pretende denunciar una situación de injusticia que se esconde tras ese culto tan solemne y tan vistoso. Dicho culto, más que un medio para favorecer el encuentro con Dios, se había convertido en un negocio para la élite social y religiosa que lo mantenía.

Las palabras de Jesús en Juan (“No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”) y en los sinópticos (“¿No está escrito: ‘mi casa será llamada casa de oración para todas las gentes’? ¡Pero vosotros la habéis convertido en una cueva de ladrones!”) recuerdan las palabras que pronuncia el profeta Jeremías en el capítulo 7,3-11. Son versículos que conviene leer para entender lo que motiva el gesto de Jesús:

Enmendad vuestra conducta y vuestras acciones,

y habitaré con vosotros en este lugar.

No os creáis seguros con palabras engañosas,

repitiendo: “Es el Templo del Señor,

el Templo del Señor, el Templo del Señor”.

Si enmendáis vuestra conducta y vuestras acciones,

si juzgáis rectamente entre un hombre y su prójimo;

si no explotáis al forastero, al huérfano y a la viuda,

si no seguís a dioses extranjeros, para vuestro mal,

entonces habitaré con vosotros en este lugar,

en la tierra que di a vuestros padres,

desde hace tanto tiempo y para siempre.

 

Mirad: Vosotros os fiáis

de palabras engañosas que no sirven para nada.

¿De modo que robáis, matáis, adulteráis,

juráis en falso,

quemáis incienso a Baal,

seguís a dioses extranjeros y desconocidos,

y después entráis

a presentaros ante mí en este templo,

que lleva mi nombre,

y os decís: Estamos salvos,

para seguir cometiendo abominaciones?

¿Creéis que es una cueva de bandidos

este templo que lleva mi nombre?

Atención, que yo lo he visto – oráculo del Señor” (Jr 7,3-11)

 

Los discípulos interpretan la reacción de Jesús con la cita del Salmo 69,10: “El celo de tu casa me devora”. Y es que Jesús estuvo absorbido por la voluntad del Padre, por su amor a la humanidad y por el deseo de que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. 

  Los dirigentes judíos, al ver desenmascarada su falsedad, le piden a Jesús un signo que justifique con qué autoridad obra así (cf. Mt 16,1.4). Pero Jesús no entra en su juego, no se pone a hacer milagros para demostrar nada, sino que les responde con un enigma o sentencia de estilo sapiencial: “Destruid el santuario y en tres días lo levantaré”. Ellos no entendieron y pensaron que se refería al templo de piedra. Pero Jesús se refería al templo de su cuerpo y a su resurrección.

Con Jesús, el templo de Jerusalén, uno de los pilares del judaísmo, ha dejado de tener valor. Él proclama que el verdadero templo de Dios es su persona, verdadera shekinah (presencia) de Dios en medio de su pueblo. 

El episodio termina diciendo que muchos, al ver los signos que Jesús hizo en Jerusalén, creyeron en Él, pero Jesús no se fiaba de ellos porque les conocía por dentro y sabía que muchos no fueron capaces de captar el verdadero sentido de esos signos: El Reino de Dios está cerca. Para muchos, Él era el mesías político que los liberaría del poder romano.

 

 

 

        

 

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