El texto del evangelio de Lucas nos sitúa ante dos interpelaciones. La primera
está en relación con la presencia de Dios en nuestra vida. La misma historia
que María vivió en su momento puede acontecer hoy en nuestras circunstancias
vitales. Cada día Dios nos dirige su Palabra, que quiere entrar en relación
estrecha con nuestra vida. Encontramos cotidianamente varios mensajeros de su
palabra. ¿Logramos escuchar o intuir con el corazón lo que Dios quiere
decirnos? ¿Estamos convencidos de que el Señor ha preparado también para
nosotros el proyecto de su amor? Dios es aquel que nos trae alegría, quita
nuestro miedo y quiere abrazar con su gracia todas las dimensiones y la
actividad de nuestra vida. Él nos mira a los ojos a través de nuestros
hermanos, pero también su palabra entra directamente en nuestro corazón,
permanece cercana, nos sale al encuentro "cara a cara". "La
Palabra está cerca de ti, la tienes en tus labios y en tu corazón..." (Rom
10,8). Todo depende de nuestra respuesta.
Ésta es la segunda interpelación: ¿cómo acogemos a Dios que viene a
nosotros? María es el ejemplo de la respuesta perfecta. Pero también nosotros,
con nuestros límites, podemos decir en serio: quiero que Dios entre en mí con
su misericordia, para que su Palabra se forme en mí, en mi mente, en mi
voluntad, en mi corazón, y se haga carne en mí. La promesa que Dios hizo a María
es también para nosotros.
a) Oración personal: María, Virgen del silencio
b) Salmo 106 (105), 1-8.45: Visítame, Señor, con tu salvación
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María, Virgen del silencio, enséñanos a escuchar la Palabra, que, día a día, está cerca de nosotros. Enséñanos a distinguir la única Palabra entre las numerosas palabras vacías.
María, Virgen del "sí", enséñanos la apertura y disponibilidad, contra todo miedo que nos bloquea. Enséñanos la fe, que brilla en la oscuridad del misterio, y que responde: "Hágase". Enséñanos a creer que nada es imposible para Dios.
María, Virgen de la Vida, forma en nosotros el Fruto de tu vientre, Jesús, para que la Palabra se haga carne también en nosotros, y para que podamos convertirnos en mensajeros de la esperanza para otros. |
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b) Salmo 106 (105), 1-8.45: Visítame, Señor, con tu salvación
¡Dad gracias al Señor, porque es bueno,
porque es eterno su amor!
¿Quién dirá las proezas del Señor,
hará oír toda su alabanza?
¡Dichosos los que guardan el derecho,
los que practican en todo tiempo la justicia!
¡Acuérdate de mí, Señor,
por amor a tu pueblo,
visítame con tu salvación,
que yo vea la dicha de tus elegidos,
que me alegre en la alegría de tu pueblo,
con tu heredad me felicite!
Hemos pecado como nuestros padres,
hemos faltado, nos hemos hecho impíos;
nuestros padres, en Egipto,
no comprendieron tus prodigios.
No se acordaron de tu amor inmenso,
se rebelaron contra el Altísimo junto al mar de Suf.
Él los salvó por amor de su nombre,
para dar a conocer su poder.
Se acordó en favor de ellos de su alianza,
se enterneció según su inmenso amor.
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Judyta Pudelko, pddm (Polonia)