Ejercicio:
a) Ponte, en silencio, ante el Crucificado. Imagínalo (o míralo), clavado y levantado sobre el madero de la cruz. Contémplalo unos momentos, en silencio. ¿Qué sentimiento te produce? ¿Qué palabra brota de la cruz, hoy, para ti?
b) Lee ahora despacio y, si es posible, en voz alta, estas palabras de Jesús:
- «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo, pero, si muere, da mucho fruto» (12,24) (Silencio contemplativo)
- «Nadie tiene amor más grande
que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13) (Silencio contemplativo)
- «Cuando sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32) (Silencio contemplativo)
c) ¿Tienes experiencia, en tu vida, de lo que significan estas palabras? ¿El Crucificado suscita en ti rechazo o atracción? ¿Por qué?
d) Considera que la cruz de Cristo es la manifestación de su amor por ti hasta el extremo. Agradece a Dios ese amor.
Meditación:
«Cuando sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí».
Cuando era niña, contemplaba largamente, alzando los ojos, la imagen del Crucificado que, todavía hoy, preside el retablo del altar, en la iglesia de mi pueblo natal. Mi mirada no podía apartarse de la hermosura de aquel cuerpo crucificado.
Años más tarde, siendo aún adolescente, cuando tuve mi primera Biblia entre las manos, encontré casualmente una cita que me conmovió hondamente:
«No tenía apariencia ni presencia: le vimos y no tenía
aspecto que pudiéramos estimar.
Despreciable y desecho de hombres,
varón de dolores y conocedor de sufrimientos,
como uno ante quien se oculta el rostro,
despreciable, y no le tuvimos en cuenta» (Is 53,2b-3).
Mis lágrimas brotaron cuando reconocí que esa palabra profética se refería al Jesús que atraía mi mirada y que, en su cruz, me resultaba hermoso. Probablemente haya quien piense que ver belleza en el horror de un crucificado fuera fruto de un exaltado romanticismo adolescente. Sin embargo, mi adolescencia hace mucho que pasó, y mi mirada sigue cautiva de la belleza del Señor Jesús, elevado en la cruz. No es su cuerpo, cruelmente castigado, el que me resulta hermoso, sino su fidelidad hasta el fin, como signo del mayor amor. Lo que sentía, cuando era niña, y lo que hoy siento al mirar al que atravesaron sigue siendo idéntico: profunda gratitud y amor por el que "me amó y se entregó por mí" (Gál 2,20).
San Agustín, en Enarr. in Psal. 44,3, expresa así la plenitud de la belleza del amor de Dios manifestada en el Crucificado:
«Hermoso siendo Dios, Verbo en Dios (...). Es hermoso en el cielo y es hermoso en la tierra; hermoso en el seno, hermoso en los brazos de sus padres, hermoso en los milagros, hermoso en los azotes; hermoso invitando a la vida, hermoso no preocupándose de la muerte, hermoso dando la vida, hermoso tomándola; hermoso en la cruz, hermoso en el sepulcro y hermoso en el cielo. Oíd, entendiendo, el cántico, y la flaqueza de su carne no aparte de vuestros ojos el esplendor de su hermosura».
a) Poesía de Santa Teresa de Jesús (fragmento)
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En la cruz está la vida y el consuelo, y ella sola es el camino para el cielo.
En la cruz está el Señor de cielo y tierra, y el gozar de mucha paz, aunque haya guerra. Todos los males destierra en este suelo, y ella sola es el camino para el cielo.
Es una oliva preciosa la santa cruz, que con su aceite nos unta y nos da luz. Toma, alma mía, la cruz con gran consuelo, que ella sola es el camino para el cielo.
El alma que a Dios está toda rendida, y muy de veras del mundo desasida, la cruz le es árbol de vida y de consuelo, y un camino deleitoso para el cielo. |
Después que se puso en cruz el Salvador, en la cruz está la gloria y el honor, y en el padecer dolor vida y consuelo, y el camino más seguro para el cielo.
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b) Oración de Santiago Alberione: acción de gracias al Sagrado Corazón
Jesús Maestro, te doy gracias
y bendigo tu corazón manso y humilde,
que te impulsó a dar la vida por mí.
Tu sangre, tus llagas, los azotes,
las espinas, la cruz, tu cabeza inclinada,
me están diciendo: "Nadie tiene más amor
que quien da su vida por el amigo".
El pastor ha dado la vida por sus ovejas.
También yo quiero gastar mi vida por ti;
que siempre y en todo
puedas disponer de mí para tu mayor gloria,
y yo repita sin desfallecer:
"Hágase tu voluntad".
Llena mi corazón de amor a ti
y a los hombres.
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Mª Concepción López, pddm (España)