Invocación inicial - leemos - meditamos - oramos
Dispón el corazón invocando al Espíritu Santo
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- 1Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. 2A todo sarmiento mío que no da fruto lo poda para que dé más fruto.
3Vosotros estáis limpios por las palabras que os he hablado; 4permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.
5Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí no podéis hacer nada.
6Al que no permanece en mí, lo tiran fuera, como al sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.
7Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis y se realizará.
8Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.
Orientaciones para la lectura
«Levantaos, vámonos de aquí» (Jn 14,31). Ésta es la frase del
evangelio de Juan inmediatamente anterior al capítulo 15, donde encontramos la
perícopa de este domingo. Si leemos los capítulos 13 y 14, nos daremos cuenta
de que Jesús está despidiéndose de sus discípulos y prometiéndoles la
venida del Espíritu y la paz. Por tanto, esta frase (14,31) es una invitación
a ponerse en pie y seguir adelante, a que los discípulos hagan lo que tienen
que hacer y no se queden allí sentados, sin hacer nada. ¿Qué tienen que hacer
cuando Jesús ya no esté con ellos físicamente? Jesús lo revela en la alegoría
sobre la vid verdadera, escrita en el capítulo 15. Como Jesús, han de estar
en el mundo y en él han de dar fruto.
Jesús dijo: «Yo soy la vid verdadera y mi Padre, el viñador» (Jn
15,1). La vid o viña era, en el Antiguo Testamento, el símbolo de Israel como
pueblo de Dios. De este modo, Jesús quiere afirmar que él es la vid verdadera,
el verdadero pueblo de Dios, formado por la vid con sus sarmientos. No hay más
pueblo de Dios que el que se construya a partir de Jesús. Y, como en el Antiguo
Testamento, es Dios, el Padre de Jesús, quien ha plantado esta vid. Él mismo
la cuida (cf. Is 5,1-7), demostrándole su amor.

«A todo sarmiento mío que no da fruto, lo corta...» (15,2a). Jesús
explicita aquí lo que tienen que hacer sus discípulos, la comunidad que le
sigue. Él revela la misión que les ha entregado: producir fruto. Todo
sarmiento que esté vivo tiene que dar fruto, es decir, todo miembro tiene un
crecimiento que efectuar y una misión que cumplir. Si un sarmiento no produce
fruto, el Padre se encarga de podar su viña. ¿A qué se refiere ese fruto? Al
final del capítulo 15, Jesús habla explícitamente de la misión que los discípulos
tienen que cumplir, del mandamiento que les ha dejado: "Amaos unos a
otros como yo os he amado" (15,12). El amor es el fruto y a la vez
la misión y mandamiento que Jesús dio a sus discípulos. El sarmiento que
no da fruto es aquel que pertenece a la comunidad, pero no responde al Espíritu,
no responde al Amor que Jesús predica a través de sus palabras y obras.
«...al que
produce fruto, lo va limpiando...»
(15,2b) Quien practica el amor, tiene que seguir un proceso ascendente, un
desarrollo posibilitado por la limpieza que el Padre realiza. Su actividad
es positiva (va limpiando) y elimina factores de muerte, haciendo que el
sarmiento o el discípulo sea cada vez más auténtico, más libre. Le da mayor
capacidad de entrega y aumenta su eficacia. La intención del Padre es que
aumente el fruto, en la correlación que éste contiene: fruto de amor en el
discípulo, fruto de nueva humanidad.
Y ¿qué quiere decir "limpio"? (15,3) En
la Cena, en respuesta a la mala interpretación de Pedro, explicó Jesús a los
discípulos que no les lavaba los pies para purificarlos, pues ya estaban
limpios (13,10-11). La purificación la produce la opción por el mensaje de Jesús,
que es el del amor. Éste separa del mundo injusto y quita, por tanto, el
pecado. El mensaje, al mismo tiempo, se identifica con el Espíritu, que es el
que opera el dinamismo del amor. Quien, dócil al Espíritu, toma el amor activo
por norma de vida (14,21: los mandamientos) está puro y la actividad de su amor
lo purifica cada vez más.
«Permaneced
en mí...; el sarmiento no puede dar fruto por él mismo...» (15,4)
Jesús exhorta a los discípulos a renovar su adhesión a él, en función
del fruto que han de producir. La unión con Jesús no es algo automático ni
ritual: pide la decisión del hombre, y a la iniciativa del discípulo responde
la fidelidad de Jesús (Yo me quedaré con vosotros). Esta unión mutua
entre Jesús y los discípulos será la condición para la existencia de su
comunidad, para su vida y para el fruto que debe producir. Su comunidad no tendrá
verdadero amor al hombre sin el amor a Jesús (14,15: si me amáis, cumpliréis
mis mandamientos), y sin amor al hombre no hay fruto posible.
El sarmiento no tiene vida propia y, por tanto, no puede dar fruto de por sí; necesita la savia, es decir, el Espíritu comunicado por Jesús. Interrumpir la relación con Jesús significa cortarse de la fuente de la vida y reducirse a la esterilidad. La ausencia de fruto delata la falta de unión con Jesús.
«... Al que no permanece en
mí, lo tiran fuera, como al sarmiento, y se seca»
(15,5-6).
Jesús pasa a considerar el caso contrario: la falta de respuesta. El porvenir
del que sale de la comunidad por falta de amor es «secarse», es decir, la
carencia total de vida. Quien renuncia a amar renuncia a vivir. La alegoría
termina describiendo la suerte de los sarmientos cortados; son un desecho: los
recogen, los echan al fuego y se queman. El final es la destrucción. La
muerte en vida acaba en la muerte definitiva, opuesta a la vida definitiva del
que se asimila a Jesús (6,54).
«En esto se
ha manifestado la gloria de mi Padre...» (15,8)
La gloria, que es el amor del Padre, se manifiesta en la actividad de los discípulos,
que siguen trabajando a favor del hombre (cf. Jn 9,4). El versículo está
hablando de la experiencia que tiene el grupo en la misión.
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