invocación inicial - leemos - meditamos - oramos
Oración para disponer el corazón
Dios, Padre nuestro, nos ponemos ante Ti como pueblo en camino,
con la viva esperanza de que un día llegaremos a la plenitud de vida contigo.
Recorremos este camino personalmente y como comunidad de hijos tuyos.
Durante nuestra peregrinación, día tras día,
necesitamos tu apoyo y el de nuestros compañeros/as de camino.
Te pedimos, Señor, que ilumines los ojos de nuestra mente
para que podamos reconocer los momentos en los que Tú nos hablas y,
como María, Mujer de la escucha,
sepamos acoger y llevar en el seno de nuestro corazón tu Palabra de Vida,
para dar frutos abundantes en lo cotidiano.
Que el Espíritu Santo descienda sobre todos nosotros,
que nos acercamos a tu Palabra,
y nos enseñe a poner en práctica lo que nos enseñas. Amén.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
9 Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor.
10 Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
11 Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.
12 Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado.
13 Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.
14 Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.
15 Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.
16 No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido; y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure.
De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dé.
17 Esto os mando: que os améis unos a otros.
Orientaciones para la lectura
Este domingo de Pascua, nos encontramos, de nuevo, con el capítulo 15 del
Evangelio de Juan, y profundizamos la parte siguiente del discurso de Jesús,
pronunciado en el Cenáculo el último día de su vida terrena. En los capítulos
anteriores, Jesús se autorrevela muchas veces como Hijo de Dios. A través de
las palabras y los hechos, Jesús revela a sus discípulos su profunda unión
con el Padre y su total dependencia de Él, en todo. En el pasaje de hoy,
continuamos reflexionando sobre cómo esta relación de amor entre el Padre y
el Hijo puede llegar a ser también nuestra. Sólo de nuestra apertura de fe
depende si esta Palabra de vida nos da la fuerza suficiente para llegar a ser
hijos e hijas de Dios (cf. Jn 1,12).
«Como el Padre
me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor» (v.9)
Antes de invitarnos a permanecer en su amor, Jesús se refiere al amor del Padre (Jn 15,9). Este amor es la fuente de todo. En efecto, Dios ha amado al mundo inmensamente (Jn 3,16), y su amor se ha manifestado entre nosotros en el envío de su Hijo Unigénito, para que nosotros tengamos vida por medio de Él (1 Jn 4,9). Dios no podía darnos su amor de mejor manera, ni crear las condiciones de nuestro crecimiento y maduración espiritual de un modo más adecuado que éste de darnos a su Hijo (cf. Is 5,4). Hemos sido amados hasta la plenitud, hasta el final (cf. Jn 13,1). Jesús viene a nosotros para revelar la grandeza de este amor, y para que podamos tocarla (cf. 1 Jn 1,1). Jesús termina la llamada "oración sacerdotal" diciendo: "Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos" (Jn 17,26). Jesús, experimentando el amor del Padre, no lo encierra para sí mismo, para gozar de ello solo, sino que lo comunica a sus discípulos.

Todos/as hemos nacido del amor materno-paterno de Dios. Por eso nosotros/as, pequeñas y frágiles criaturas, podemos vivir y desarrollarnos en todos los aspectos sólo bajo el calor de este amor. La certeza de haber sido amados como somos despierta en nosotros muchas energías vitales. Y precisamente Jesús nos pide que permanezcamos en su amor, como Él está enraizado en el amor del Padre.
«Si guardáis mis
mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los
mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor» (v.10)
Este "permanecer" en su amor debe ser visible en la vivencia de sus mandamientos (v.10), siguiendo el ejemplo de Jesús, Hijo predilecto, que siempre hacía lo que le agrada al Padre.
Lo que Dios manda no es un añadido inútil a nuestra vida, tan cargada, de por sí, por tantos pesos, sino que responde a una profunda necesidad del corazón humano. Dios, que nos ha creado, nos conoce bien y sabe a través de qué caminos podemos llegar a alcanzar la felicidad verdadera de modo cierto. Ya desde el principio la Palabra nos indica que sólo el camino del amor puede conducirnos a la plenitud de la vida: "Mira, yo pongo hoy ante ti vida y felicidad, muerte y desgracia. Si escuchas los mandamientos de Yahveh tu Dios, que yo te prescribo hoy, si amas a Yahveh tu Dios, si sigues sus caminos... vivirás y te multiplicarás..." (Dt 30,15 ss). Los mandamientos del Señor son la expresión de su amor, lleno de preocupación por el bien del hombre. Sólo el amor sincero hace que los pesos se hagan ligeros: "Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados... porque mi yugo es suave y mi carga, ligera" (Mt 11,28.30).
«Os he hablado de esto para
que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud».
(v.11)
La Palabra de Jesús, acogida con una actitud de fe, produce en los discípulos frutos de alegría. Ella es el fruto del auténtico "permanecer" en el amor de Jesús (v. 11). Esta alegría no es superficial e inestable, y no depende del propio estado del alma o de las circunstancias externas. Esta alegría es plena porque es el don del Señor Resucitado y es el signo de la presencia del Espíritu que nos ha sido dado (cf. Gál 5,22). Esta alegría puede invadir toda la vida del discípulo de Jesús. Se puede gozar de ella incluso en medio de las opresiones y adversidades de la vida, soportadas por el Evangelio. Vemos que los apóstoles de Jesús, tras haber atravesado un camino de purificación de su fe, experimentan en ellos mismos la alegría plena, incluso en las situaciones que nosotros consideramos humanamente infelices. Ellos sentían alegría, por ejemplo, porque habían sido considerados dignos de soportar ultrajes por el Nombre de Jesús (cf. Hch 5,41). San Pablo apóstol se siente lleno de consolación y repleto de gozo, a pesar de tantas tribulaciones (cf. 2 Co 7,4). Nuestra alegría debe crecer continuamente hasta alcanzar su plenitud, por esto, Jesús ha orado en el Cenáculo: "para que tengan en ellos la plenitud de mi alegría" (Jn 17,13).
«Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado»
(v.12)
Jesús, que ha venido para dar plenitud a la Ley (cf. Mt 5,17), nos deja un mandamiento fundamental, en el que encontramos el cumplimiento de todos los demás: "que os améis unos a otros como yo os he amado" (v. 12). Experimentando la abundancia del amor misericordioso del Padre, estamos obligados a compartir este don con los demás, especialmente con nuestros hermanos y hermanas más cercanos. "Si así Dios nos ha amado, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros" (1 Jn 4,11). "Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve" (1 Jn 4,20). El amor sincero a mi hermano es una deuda con él, incluso cuando no soy bien acogido por él, cuando soy rechazado o perseguido. El discípulo de Jesús nunca puede dejar que en su corazón venza el odio, sino que debe luchar para vencer el mal con el bien (Rom 12,21). Jesús se pone como modelo de este amor verdadero hacia los otros.
Nosotros, por nuestras solas fuerzas, no somos capaces de amar auténticamente ni a nosotros mismos ni a los demás, porque nuestras medidas son demasiado rígidas. Jesús sabe bien que tendemos más a salvar la propia vida, a cualquier precio, que a darla. Él sabe que tenemos miedo de perder la propia vida por él y por el evangelio (cf. Mc 8,35). Sólo permaneciendo en el amor de Jesús, nos hacemos capaces de amar como Él, hasta dar nuestra vida por los otros: "nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos" (v.13; cf. 1 Jn 3,16). Sólo la fuerza de su amor puede transformarnos interiormente, purificando nuestro amor humano, limitado por el egoísmo, y llevándonos a la entrega verdadera de nosotros mismos. Nuestra libertad de hijos de Dios se expresa en esto: en que por medio de la caridad sepamos convertirnos en esclavos unos de otros (cf. Gál 5,13), del mismo modo que Jesús estaba en medio de sus discípulos, no como señor, sino como siervo (cf. Lc 22,27).
«Vosotros sois mis amigos, si
hacéis lo que yo os mando» (v.14)
Si nosotros hacemos todo lo que Jesús nos manda, nos haremos amigos suyos (v.14). Jesús pide a sus discípulos obras concretas que derivan de la acogida de su Palabra. Nuestro camino de discipulado no puede quedarse sólo en la escucha, sin que tenga consecuencias para la vida. Como dice Santiago: "Poned en práctica la palabra y no os limitéis a escucharla, engañándoos a vosotros mismos" (St 1,22). Porque sólo quien hace la voluntad del Padre entrará en el Reino de los cielos (cf. Mt 7,21), es decir, entrará en la íntima comunión con Dios. Nuestra relación con Dios puede transformarse progresivamente en un vínculo íntimo cuando dejemos de comportarnos como siervos y nos hagamos amigos de nuestro Dios (v.15). Para entrar en esta relación de amistad con Jesús, es preciso dejar nuestra lógica de querer merecer continuamente el amor, y acoger la lógica del amor gratuito en nuestro modo de pensar y de juzgarnos a nosotros mismos y a los demás.
«Ya no os llamo siervos,
porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos,
porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (v.15)
En las relaciones de amistad, los amigos se intercambian bienes. Dios nos trata como a sus amigos. Por esto nos da la plenitud de su amor, de su alegría, de su paz. Comparte con nosotros lo que es más precioso para Él. Los límites y los obstáculos dependen de nosotros. Por ello, Juan amonesta a la comunidad eclesial en Laodicea: «Tú dices: "Soy rico; me he enriquecido; nada me falta." Y no te das cuenta de que eres un desgraciado, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo» (Ap 3,17). Dios puede regalar sus dones sólo a los pobres y sencillos de corazón, que sienten la necesidad de ser salvados (cf. Mt 11,25).
«No sois vosotros
los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido; y os he destinado para
que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al
Padre en mi nombre, os lo dé» (v.16)
Dios, que nos permite llegar a ser sus amigos, no cesa de ser nuestro Señor. Él nos ha llamado primero (v.16), y todo se encuentra en sus manos. Aquí se expresa de nuevo esta verdad de que no somos nosotros los que hemos amado a Dios, sino que Él nos amó primero (1 Jn 4,10.19). En Jesús, Dios nos eligió antes de la creación del mundo (cf. Ef 1,4). Y por esto debemos reconocer la prioridad de la gracia de Dios. Esta elección está ligada a la vocación y misión que cada uno ha recibido de Dios: "os he destinado para que vayáis y deis fruto". Este fruto no podemos darlo por nosotros mismos, sino permaneciendo en Jesús (cf. Jn 15,4ss), como un árbol plantado al borde de corrientes de agua, que da fruto en su estación (cf. Sal 1,3).
«Esto os mando: que os améis
unos a otros» (v.17)
En el versículo 17, vuelve, como un estribillo, el mandato de Jesús sobre el amor fraterno entre sus discípulos. Nunca podemos olvidar esto, ni perderlo en medio de tantas cosas importantes. Porque, aunque tenga el don de profecía o posea toda la fe, si no tengo caridad, no soy nada (cf. 1 Co 13,2). Es, precisamente, por este amor, por lo que los demás reconocerán que somos discípulos de Jesús (cf. Jn 13, 35).
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