La Palabra de Dios tiene la fuerza de iluminar mi modo de pensar y obrar. A través de esta Palabra, Dios me invita a algo, o me pide algo. Si, por mi parte, doy una respuesta concreta, quiere decir que me dejo transformar y guiar por su Espíritu de Verdad.
Esta Palabra me invita a reflexionar sobre mi modo de vivir el mandato del amor, en lo cotidiano. La certeza de la fe me da la seguridad de que, cuando Jesús me pide algo, puedo realizarlo de modo concreto en mi vida, porque Él me da la gracia y fuerza necesarias para permanecer fiel y constante, aceptando los pesos y las dificultades del camino. Así pues, me pregunto cómo puede y debe expresarse en mí (en nosotros) el amor con el que Dios nos ha amado. ¿Nos importa realmente la cualidad de nuestras relaciones interpersonales?
Antes de reflexionar sobre mi actitud hacia los otros, debo considerar mi relación conmigo misma. Porque yo misma soy el primer "prójimo" al que debo expresar el amor de Jesús. Si Dios me ha amado en toda mi realidad humana y con toda mi historia personal, entonces nada que haya en mí puede ser odiado por Dios (cf. Sb 11,24). Dios desprecia sólo el pecado, que me destruye, pero nunca desprecia a las personas, débiles y pecadoras. Dios nos ha llamado hijos suyos, ¡y lo somos! (1 Jn 3,1). El amor del Padre me invita a tratarme a mí misma como amiga, a vivir en paz conmigo misma, aceptando mis límites y perdonando mis errores, a desarrollar mis dones y talentos, poniéndoles al servicio de los otros, según el designio divino. Puedo realizar estas invitaciones de Dios, día tras día, comenzando por las cosas pequeñas, y no desanimándome por mis caídas o mis cerrazones. Porque Jesús, que vive en mí y que crece, cuando lo acojo, especialmente en su Palabra y su Eucaristía, da frutos buenos:
- en mi modo de pensar, ayudando a mi fe,
- en mi obrar, fortaleciendo la esperanza,
- y suscitando el amor sincero en mi corazón.
Ser discípulos de Jesús quiere decir aprender a vivir y a mar como Él. Quiere decir llegar a ser constructores de comunión fraterna, como también nos invita Juan Pablo II en Nuevo Milennio Ineunte. Crear un clima de comunión y vivir una espiritualidad de comunión es el reto para todos los creyentes en Jesús, para nuestras familias y comunidades (cf. NMI 43). No puedo contentarme con "no hacer mal a mi prójimo". Dios me invita continuamente a hacer el bien. Los gestos de amor hacia los demás provienen de mi mente purificada de pensamientos, sospechas y juicios negativos respecto a mis hermanos, y de mi corazón libre de egoísmo. El amor de Jesús me hace capaz de mirar bien a los otros, de ver y gozar de sus dones, de ofrecerles el don de mi amistad.
Te
adoro, Dios, Padre bueno y misericordioso,
que
me llenas de tu amor
y
me haces crecer y madurar como mujer y como cristiana.
Es
hermoso poder experimentar la alegría del servicio a los demás,
poder
ver y responder a sus justas necesidades.
Pero
experimento también que, a menudo,
no
hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero (Rm 7,19).
Encuentro
en mí muchos obstáculos
y
la imposibilidad de amar a las personas
que
están cerca de mí.
Experimento
que no basta sólo mi buena voluntad de amar.
Con
dolor en el corazón, reconozco que, a veces,
no
logro salir de mí misma
para
abrirme a los demás.
Y,
por esto, con confianza de hija,
pido
la gracia de que cambies mi corazón.
Señor,
renuévame con tu Amor.
Dame
un corazón nuevo, reconciliado y pronto
a responder, con alegría, a las urgencias del amor.
![]()
Úrszula Szymanska, pddm (Polonia)