1. Leemos        2. Meditamos        3. Oramos

 

 

2. Meditamos

 

 

El Señor Jesús, en su primera manifestación a su comunidad, a sus “hermanos”,  y en ellos a nosotr@s, comunica, transmite los regalos pascuales de la paz (Jn 20, 19.21), el envío misional (v. 21b), el Espíritu Santo (v. 27). A través del Espíritu, que lleva a efecto la realización en el corazón de cada creyente de la redención cumplida por Cristo Jesús en su Misterio pascual, Dios nos ofrece “el perdón y la paz”. 

        Y el mismo Espíritu habilita a los discípulos de Jesús, a mí, a todo creyente que quiera dejarse conducir por él, a “caminar en una vida nueva”, la vida propia de resucitados, una vida según el Espíritu (cf. Rom 8), con un estilo caracterizado precisamente por el fruto del Espíritu que es amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí”.

        Siento que este texto está en profunda sintonía con la solemnidad de celebramos. Pentecostés resume, plenifica, encierra en sí todo el Misterio de la Pascua. Nos hace criaturas nuevas, nos reviste del Espíritu y de su fruto, que es plenitud de vida en “el amor, la alegría, la paz”... 

        En esta “novedad de vida” me reviste también de ilusión y esperanza para retomar mañana el “Tiempo ordinario” – en la semana X – en el que, siguiendo el espíritu de la liturgia de la Iglesia, seguiré valorando y viviendo con especial intensidad el domingo, cada domingo.

        Y así, de domingo en domingo, alimentada en la mesa de la Palabra y la Eucaristía, conducida por el Espíritu Santo, podré caminar mirando hacia la meta de toda vida cristiana: “... hasta que se forme Cristo en nosotros” (Gal 4, 19). 

        Me gusta concluir esta meditación, con una palabras del papa Pablo VI, que me hacen pasar ya de la reflexión a la oración:

 «La Iglesia tiene necesidad de su perenne Pentecostés. Necesita fuego en el corazón, palabras en los labios, profecía en la mirada. La Iglesia necesita ser templo del Espíritu Santo, necesita una pureza total, vida interior. La Iglesia tiene necesidad de volver a sentir subir desde lo profundo de su intimidad personal, como si fuera un llanto, una poesía, una oración, un himno, la voz orante del Espíritu Santo, que nos sustituye y ora en nosotros y por nosotros (...). La Iglesia necesita recuperar la sed, el gusto, la certeza de su verdad, y escuchar con silencio inviolable y dócil disponibilidad la voz, el coloquio elocuente en la absorción contemplativa del Espíritu, el cual nos enseña “toda verdad”» (Pablo VI, Discurso noviembre de 1972).

 

3. Oramos

Dos textos de la liturgia hodierna me acompañan de manera especial en este momento de oración – contemplación. El primero es el prefacio de Pentecostés, que resume, en tono de alabanza y acción de gracias, el sentido y contenido de Pentecostés; el segundo, la secuencia propia de la Misa de hoy. Como en Pascua, así en Pentecostés, “la Pascua granada”, la liturgia ha querido conservar esta pieza que da solemnidad a la celebración y al mismo tiempo subraya con unción y confianza la acción del Espíritu.

A) Prefacio de Pentecostés

 

En verdad es justo y necesario,

es nuestro deber y salvación

darte gracias

siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo,

Dios todopoderoso y eterno.

 

Pues para llevar a plenitud el misterio pascual,

enviaste hoy el Espíritu Santo

sobre los que habías adoptado como hijos

por su participación en Cristo.

Aquel mismo Espíritu

que, desde el comienzo,

fue el alma de la Iglesia naciente;

el Espíritu que infundió el conocimiento de Dios

a todos los pueblos:

el Espíritu que congregó en la confesión de la misma fe

a los que el pecado había dividido

en diversidad de lenguas.

 

Por eso, con esta efusión de gozo pascual,

el mundo entero de desborda de alegría

y también los coros celestiales,

los ángeles y los arcángeles,

cantan sin cesar el himno de tu gloria:

 

Santo, Santo, Santo...

 

 

B) Secuencia

   

 

Ven, Espíritu divino,

manda tu luz desde el cielo.

Padre amoroso del pobre;

don, en tus dones espléndido;

luz que penetra las almas;

fuente del mayor consuelo.

 

Ven, dulce huésped del alma,

descanso de nuestro esfuerzo,

tregua en el duro trabajo,

brisa en las horas de fuego,

gozo que enjuga las lágrimas

y reconforta en los duelos.

 

Entra hasta el fondo del alma,

divina luz, y enriquécenos.

Mira el vacío del hombre

si tú le faltas por dentro;

mira el poder del pecado

cuando no envías tu aliento.

 

Riega la tierra en sequía,

sana el corazón enfermo,

lava las manchas, infunde

calor de vida en el hielo,

doma el espíritu indómito,

guía al que tuerce el sendero.

 

Reparte tus siete dones

según la fe de tus siervos.

Por tu bondad y tu gracia

dale al esfuerzo su mérito;

salva al que busca salvarse

y danos tu gozo eterno.

 

 

 

 

 

Concepción González, pddm (España)