El
Señor Jesús, en su primera manifestación a su comunidad, a sus
“hermanos”, y en ellos a nosotr@s,
comunica, transmite los regalos pascuales de la paz (Jn 20, 19.21), el envío
misional (v. 21b), el Espíritu Santo (v. 27). A través del Espíritu, que
lleva a efecto la realización en el corazón de cada creyente de la redención
cumplida por Cristo Jesús en su Misterio pascual, Dios nos ofrece “el perdón
y la paz”.
Y el mismo Espíritu habilita a los discípulos de Jesús, a mí, a todo creyente que quiera dejarse conducir por él, a “caminar en una vida nueva”, la vida propia de resucitados, una vida según el Espíritu (cf. Rom 8), con un estilo caracterizado precisamente por el “fruto del Espíritu que es amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí”.
Siento que este texto está en profunda sintonía con la solemnidad de
celebramos. Pentecostés resume, plenifica, encierra en sí todo el Misterio de
la Pascua. Nos hace criaturas nuevas, nos reviste del Espíritu y de su fruto,
que es plenitud de vida en “el amor, la alegría, la paz”...
En esta “novedad de vida” me reviste también de ilusión y esperanza para
retomar mañana el “Tiempo ordinario” – en la semana X – en el que,
siguiendo el espíritu de la liturgia de la Iglesia, seguiré valorando y
viviendo con especial intensidad el domingo, cada domingo.
Y así, de domingo en domingo, alimentada en la mesa de la Palabra y la Eucaristía,
conducida por el Espíritu Santo, podré caminar mirando hacia la meta de toda
vida cristiana: “... hasta que se forme Cristo en nosotros” (Gal 4, 19).
Me gusta concluir esta meditación, con una palabras del papa Pablo VI, que me
hacen pasar ya de la reflexión a la oración:
«La Iglesia tiene necesidad de su perenne Pentecostés. Necesita fuego en el corazón, palabras en los labios, profecía en la mirada. La Iglesia necesita ser templo del Espíritu Santo, necesita una pureza total, vida interior. La Iglesia tiene necesidad de volver a sentir subir desde lo profundo de su intimidad personal, como si fuera un llanto, una poesía, una oración, un himno, la voz orante del Espíritu Santo, que nos sustituye y ora en nosotros y por nosotros (...). La Iglesia necesita recuperar la sed, el gusto, la certeza de su verdad, y escuchar con silencio inviolable y dócil disponibilidad la voz, el coloquio elocuente en la absorción contemplativa del Espíritu, el cual nos enseña “toda verdad”» (Pablo VI, Discurso noviembre de 1972).
Dos textos de la liturgia hodierna me acompañan de manera especial en este momento de oración – contemplación. El primero es el prefacio de Pentecostés, que resume, en tono de alabanza y acción de gracias, el sentido y contenido de Pentecostés; el segundo, la secuencia propia de la Misa de hoy. Como en Pascua, así en Pentecostés, “la Pascua granada”, la liturgia ha querido conservar esta pieza que da solemnidad a la celebración y al mismo tiempo subraya con unción y confianza la acción del Espíritu.
En
verdad es justo y necesario,
es
nuestro deber y salvación
darte
gracias
siempre
y en todo lugar, Señor, Padre santo,
Dios
todopoderoso y eterno.
Pues
para llevar a plenitud el misterio pascual,
enviaste
hoy el Espíritu Santo
sobre
los que habías adoptado como hijos
por
su participación en Cristo.
Aquel
mismo Espíritu
que,
desde el comienzo,
fue
el alma de la Iglesia naciente;
el
Espíritu que infundió el conocimiento de Dios
a
todos los pueblos:
el
Espíritu que congregó en la confesión de la misma fe
a
los que el pecado había dividido
en
diversidad de lenguas.
Por
eso, con esta efusión de gozo pascual,
el
mundo entero de desborda de alegría
y
también los coros celestiales,
los
ángeles y los arcángeles,
cantan
sin cesar el himno de tu gloria:
Santo, Santo, Santo...
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Ven,
Espíritu divino, manda
tu luz desde el cielo. Padre
amoroso del pobre; don,
en tus dones espléndido; luz
que penetra las almas; fuente
del mayor consuelo. Ven,
dulce huésped del alma, descanso
de nuestro esfuerzo, tregua
en el duro trabajo, brisa
en las horas de fuego, gozo
que enjuga las lágrimas y
reconforta en los duelos. Entra
hasta el fondo del alma, divina
luz, y enriquécenos. Mira
el vacío del hombre si
tú le faltas por dentro; mira
el poder del pecado cuando
no envías tu aliento. Riega
la tierra en sequía, sana
el corazón enfermo, lava
las manchas, infunde calor
de vida en el hielo, doma
el espíritu indómito, guía
al que tuerce el sendero. Reparte
tus siete dones según
la fe de tus siervos. Por
tu bondad y tu gracia dale
al esfuerzo su mérito; salva
al que busca salvarse y danos tu gozo eterno. |
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Concepción González, pddm (España)