Las “voces en el desierto” resuenan en nuestro interior, se entrelazan dejándonos un mensaje. La voz del profeta Isaías nos dice: “preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas”. El profeta nos invita a realizar un “cambio” en la relación con Dios. Es un volverse a Dios, porque Dios se ha vuelto a los hombres.
Así lo presenta la primera lectura: “Voy a firmar con vosotros una alianza eterna(…) buscad a YHWH mientras se deja encontrar, llamadle mientras está cercano. Deje el malo su camino, el hombre inicuo sus pensamientos y vuélvase a YHWH, que tendrá compasión de él” (Is 55,6-7). Dios asegura que hará con su pueblo una alianza eterna cuya coronación será la llegada del Mesías a quien debemos buscar y llamar. Es el anuncio de la voz de Juan: “Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo”.
El encuentro entre Juan y Jesús se realiza en el Jordán, en donde Jesús se une a tantas personas que llegan allí para confesar sus transgresiones y para comenzar una nueva vida. La escena del Bautismo de Jesús culmina con una manifestación de Dios. Se abre el cielo, desciende sobre Jesús el Espíritu Santo y se oye la voz del Padre que nos da a conocer que Jesús es Hijo de Dios. En la declaración de la voz celeste reconocemos términos familiares de la Escritura como: “Tú eres mi Hijo” (Sal 2,7). La relación padre-hijo tiene un rol también en la profecía de Natán en 2 Sam 7, donde el profeta dice, a propósito del descendiente de David, que Dios será para él un padre y él será para Dios un hijo. Jesús era un descendiente de David y fue declarado Hijo de Dios (Rm 1,1-4). Cuando este hijo es llamado “el amado” nos acordamos de Abraham, cuyo hijo Isaac es llamado así cuando Dios pone a prueba a Abraham (Gen 22,2). El término amado en hebreo (yahîd) indica un hijo único que es amado precisamente porque no hay otros hijos. El Padre nos envía a su Hijo único, el amado y en Él somos hijos en el Hijo, como lo afirma Juan en la segunda lectura: “Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios”.
La fiesta del Bautismo de Jesús es también la fiesta de nuestro bautismo, bautismo
del Espíritu que significa la presencia inmediata de Dios y la experiencia
personal que de Él puede tenerse gracias al Hijo amado, Cristo. Miremos
entonces a Jesús, verdadero Dios, pero también verdadero hombre, que de
repente se sintió señalado ante el pueblo como el cordero de Dios.
Y esto nada menos que por Juan, que lo acaba de bautizar para que se
cumpliera toda justicia. Juan era el hombre de Dios para su pueblo, destinado a
preparar los caminos del Señor, y con la misión de señalarlo presente cuando
se cumpliera el tiempo. Juan lo señala como el cordero de Dios
y Jesús toma consciencia de que el camino que el Padre le va a pedir
para construir el Reino y llevar los hombres de regreso a la casa del Padre, va
a ser la entrega de su vida. Brota así nuestro gracias al Padre que nos reveló
a su Hijo amado y a todos nos hizo hijos.
a) Oración personal
Dios Padre, de muchas maneras
manifiestas tu amor en el correr de la historia.
Lo demostraste a quienes otorgaste la vocación de Patriarcas.
Lo demostraste con tantos elegidos por ti para guiar a tu pueblo.
Hoy lo demuestras con tu Hijo, amado desde siempre,
a quien enviaste para que fuera nuestro hermano.
Hoy, tu Espíritu lo consagra
con una unción como no hemos visto otra igual.
Hoy, tu Espíritu lo consagra
para que Jesús sea modelo de santidad para los hombres.
Tu Espíritu desciende como tu amor
para que aprendamos a amar
como El nos amó: hasta la muerte y muerte de cruz.
Hoy
se escuchó tu voz,“una voz del
cielo”.
También hablaste Padre, en el monte santo,
dando la ley a tu pueblo.
Hablaste a tus profetas, susurrándoles al oído
lo que tenían que anunciar y denunciar.
Hablaste, en el hoy pleno de la historia,
por medio de tu Hijo.
Hoy hablaste para señalar a Cristo
con una vocación: la de amado del Padre:
“Tú eres mi Hijo,
en ti tengo puesta mi predilección",
mi amor desde siempre y para siempre.
Y a nosotros nos dices:
Os amo en el amor a mi Hijo.
La paloma es el signo de la presencia de mi Espíritu,
no sólo en Jesús sino también en vosotros.
Sí, Padre, sabemos que tu Santo Espíritu,
el soplo de vida,
ha llegado también a nosotros,
ha llegado a nuestra vida,
y que tu voz sigue resonando hoy y aquí.
Gracias Padre.
b) Cántico de Isaías 12,2-6
He
aquí a Dios, mi Salvador:
estoy
seguro y sin miedo,
pues Yahveh
es
mi fuerza y mi canción,
él
es mi salvación.
Sacaréis
agua con gozo
de
los hontanares de salvación.
y
diréis aquel día:
«Dad gracias a Yahveh,
aclamad
su nombre,
divulgad entre los pueblos
sus
hazañas,
pregonad que es sublime su nombre.
Cantad a Yahveh, porque
ha
hecho algo sublime,
que
es digno de saberse en toda la tierra.
Dad
gritos de gozo y de júbilo, moradores de Sión,
que
grande es en medio de ti
el Santo de Israel.»
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Paz Carbonari, pddm (Argentina)