Bautizados con Espíritu y fuego

 

En aquel tiempo, proclamaba Juan, proclamaba el hombre lleno del Espíritu, capaz de anunciar al que vino a su casa, a los suyos.

        He aquí un evangelio lleno de Espíritu,

  porque Juan Bautista está lleno del Espíritu Santo es capaz de reconocer y de dar paso al que es la luz;

  porque le mueve el Espíritu, sabe que él sólo es testigo, no es él la luz;

  porque se deja guiar por el Espíritu, conoce que debe salir de escena, y tiene fuerza para proclamar que es tan poca cosa que no merece ni desatar las sandalias de Aquél que llega detrás. Por el Espíritu puede reconocer y confesar la grandeza del que llega, del que entra en escena.

        Ya está aquí, ya ha llegado. Ha dejado su casa, su familia; ha salido para venir al encuentro de su pueblo.

        Viene detrás pero puede más que Juan. Ha entrado en el mundo después, pero su bautismo nos llenará de Espíritu Santo.

        Y primero se acerca a él, quiere ser bautizado por Juan, quiere inaugurar nuestro bautismo, desea presentarse ante nosotros. Y es el Padre quien lo hace, es el Espíritu quien nos indica quién es Jesús, el hombre guiado y conducido por el Espíritu, en sus gestos y en sus palabras, en sus silencios y en su libertad.

        Siempre será así: a lo largo de la historia reconoceremos a mujeres y hombres llenos de Espíritu que nos sorprenderán, que nos hablarán con su vida del gozo de vivir atentos al Espíritu, con apertura y docilidad; y por obra del mismo Espíritu, descubriremos en nuestras vidas que también nosotros somos hijos e hijas amados de Dios, que somos, como Jesús, sus predilectos, sus amados antes de la creación, antes de que todo ocurriera, amados desde siempre y para siempre, porque Dios no sabe amar de otro modo.

Bautizado con Espíritu Santo, Él y nosotros;

  bautizados con sus dones para poder vivir en obediencia al Padre,

  bautizados con su fuego para poder calentar un poco nuestro mundo,

  bautizados con su luz para iluminar las penumbras de la humanidad, empezando por los rincones de nuestra casa,

  bautizados con aceite, para aliviar las heridas de nuestros hermanos,

  bautizados con gozo, para entusiasmarnos con la vida,

  bautizados con la paz, para perdonar al que no nos mira.

 

 

        Juan, este valiente hombre de Espíritu, proclama. Lo hizo en Adviento, lo hace ahora al terminar la Navidad, y nos lo dice claramente, ahora que vamos a empezar de nuevo la vida cotidiana y sin fiestas. «Puede más que yo», proclama Juan. Puede, claro que puede, él lo tiene bien claro. Tal vez nosotros no lo tengamos tanto. Jesús puede, Jesús pudo porque con él estaba el Espíritu Santo. Así fue desde el principio, desde la Creación, desde la Encarnación, cuando el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas, cuando una Virgen llamada María y un hombre llamado José se fiaron de un ángel.

        También ahora Jesús vuelve a empezar con nosotros la vida del tiempo ordinario; de nuevo nos da su Espíritu, nos lo da hoy.

        En aquel tiempo, como en nuestro tiempo, en el Jordán como en mi pueblo o en mi ciudad, mi casa y mi vida, Dios nos pide que salgamos de Nazaret para que se pueda cumplir su proyecto, que miremos al cielo que Él quiere rasgar para nosotros, que abramos bien los ojos para reconocer su Espíritu y escuchemos de sus labios, «desde siempre y por siempre, tú eres mi hijo amado».

 

 

 

Mª del Pilar Casarrubios, pddm (España)