La lectura repetida y la reflexión paciente de este relato evangélico llevan a
nuestra mente la imagen de una bella y armoniosa danza. Es una “danza” de
cinco personas muy especiales movidas por el Espíritu misterioso de Dios que guía
de modo invisible toda la escena (Lc 2, 25-27). Como en muchos episodios del
Evangelio de Lucas, tenemos aquí al Espíritu Santo como protagonista, el que
agita y despierta al pueblo para la acción, a reconocer el “rostro de Dios en
el rostro de Cristo.”
Por medio de la presencia de Simeón y Ana en la escena, contemplamos la
inclusión de la humilde familia de Jesús, María y José en la gran familia de
Dios, la de los anawim de Yahveh, los
pobres con los corazones sensibles siempre a su presencia.
La “danza” de estas cinco figuras de nuestro evangelio hoy nos ofrece
el modelo de familia que tenemos el reto de ser en nuestra vida cristiana. Una
familia empapada y entusiasmada por el Espíritu de Dios, conocedora de su
presencia, de su cercanía en todos los momentos: los buenos y los malos, la
salud y la enfermedad, la vida y la muerte. Al vivir de este modo, nuestra
familia se convierte por ello en revelación, proclamación de la presencia de
Jesús el Salvador. Incluso al reconocer que las complicaciones de la vida van
en aumento al pasar los años, permanecemos unidos en la fe y en la esperanza de
que es Dios quien dirige la “música”, él tiene su plan de salvación para
nosotros y él mismo nos guiará, juntamente con todos los que amamos, a sendas
de paz y felicidad, sólo con dejarle ocupar el centro de nuestras vidas, de
nuestras familias.
Es cierto que estar íntimamente ligado a Cristo es ser partícipe de sus sufrimientos y su muerte, expresada aquí por la profecía de Simeón. Pero también es muy verdadero que en la fe cristiana, al final de la jornada lo que nos espera no es muerte sino resurrección. Y así, con todas las batallas de nuestra vida diaria familiar, nos llenamos de nueva fortaleza para permanecer en pie y comenzar todo otra vez, construyendo nuestras relaciones sobre la Roca sólida que es Cristo, conociendo que el sufrimiento produce aguante, el aguante produce temple, el temple produce esperanza y la esperanza no defrauda, pues se ha derramado el amor de Dios en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado (Rom 5, 3-5).
1. Oración alternativa en la solemnidad de la Sagrada Familia
2. De Familiaris Consortio (Juan Pablo II)
1. Oración alternativa en la solemnidad de la Sagrada Familia
Dios,
Creador nuestro,
Tú
quisiste que tu Hijo,
engendrado
antes del tiempo,
se
hiciera miembro de la familia humana;
concédenos
respetar tu don, el misterio de la vida.
Que
los padres tomen parte en la fecundidad de tu amor,
y
los niños crezcan en sabiduría, edad y gracia,
rindiendo
alabanza a tu Santo Nombre.
Te
lo pedimos por medio de Jesucristo, Señor nuestro,
Dios
en unidad contigo y el Espíritu Santo,
por
siempre y para siempre.
Amén.
2. De Familiaris Consortio (Juan Pablo II)
Ahora,
al concluir este mensaje pastoral, (...) deseo invocar la protección de la
Sagrada Familia de Nazaret.
Por misterioso designio de Dios, en ella vivió escondido largos años el Hijo
de Dios: es, pues, el prototipo y ejemplo de todas las familias cristianas.
Aquella familia, única en el mundo, que transcurrió una existencia anónima y
silenciosa en un pequeño pueblo de Palestina; que fue probada por la pobreza,
la persecución y el exilio; que glorificó a Dios de manera incomparablemente
alta y pura, no dejará de ayudar a las familias cristianas, más aún, a todas
las familias del mundo, para que sean fieles a sus deberes cotidianos, para que
sepan soportar las ansias y tribulaciones de la vida, abriéndose generosamente
a las necesidades de los demás y cumpliendo gozosamente los planes de Dios
sobre ellas.
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Que San José, «hombre justo», trabajador incansable, custodio integérrimo
de los tesoros a él confiados, las guarde, proteja e ilumine siempre.
Que
la Virgen María, como es Madre de la Iglesia, sea también Madre de la «Iglesia
doméstica», y, gracias a su ayuda materna, cada familia cristiana pueda llegar
a ser verdaderamente una «pequeña Iglesia», en la que se refleje y reviva el
misterio de la Iglesia de Cristo. Sea ella, Esclava del Señor, ejemplo de
acogida humilde y generosa de la voluntad de Dios; sea ella, Madre Dolorosa a
los pies de la Cruz, la que alivie los sufrimientos y enjugue las lágrimas de
cuantos sufren por las dificultades de sus familias.
Que Cristo, Rey de las familias, esté presente como en Caná, en cada hogar
cristiano para dar luz, alegría, serenidad y fortaleza. A Él, pido que cada
familia sepa dar generosamente su aportación original para la venida de su
Reino al mundo, «Reino de verdad y de vida, Reino de santidad y de gracia,
Reino de justicia, de amor y de paz» hacia el cual está caminando la historia.
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Gemma Victorino, pddm (Filipinas)
Traducción al español: D. Luis Chacón