Lectura orante

Mateo 28,16-20

oración inicial - leemos - meditamos - oramos 

 

 

"La gracia del Señor Jesucristo, el amor y la comunión

del Espíritu Santo estén con todos vosotros" (2 Cor 13,13)

 

Oración para disponer el corazón

 

- Cae en la cuenta de que estás en la presencia y bajo la mirada de Dios; hazte consciente de que Él está dentro de ti y desea encontrarse contigo.

- Pídele la gracia que hoy deseas alcanzar:

- aumento de fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu,

- experiencia cordial de su amor, que llena toda la tierra,

- alegría y agradecimiento por el bautismo que un día recibiste,

- y consciencia del envío a hacer discípulos del Señor, allí donde te encuentras.

- Invoca al Espíritu con un canto. Él reavivará la consciencia de tu filiación, tu discipulado y tu misión.

 

 

1. Leemos el evangelio de Mateo 28,16-20

 

16En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. 17Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban.

18Acercándose a ellos, Jesús les dijo:

- Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. 19Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; 20y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.

Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

 

 

  Orientaciones para la lectura 

 

a) Acercarse al Dios trino desde el corazón  

        La teología dogmática ha tratado de "explicar" al Dios Trinidad, a lo largo de los siglos, valiéndose de términos filosóficos que más parecían fórmulas matemáticas que un fluido testimonio experiencial del Dios amor manifestado en Cristo Jesús.

        Hoy día, hablar de "procesiones", de "perijóresis" o "circumincesión", por ejemplo, no parece un lenguaje muy adecuado para hablar del Dios que actúa en la historia, al que conocemos por testimonio eclesial y por experiencia personal. A nuestra sensibilidad repele un lenguaje filosófico esencialista y a-histórico para explicarnos al Dios de Jesús, y lo entendemos mucho mejor en claves personalistas, relacionales e históricas. Al Dios de Jesús preferimos narrarlo desde la fe y el amor que explicarlo desde la filosofía y la lógica.

        Por ello, hoy no vamos a limitarnos, en nuestra lectio, al evangelio de Mateo, sino que vamos a fijarnos en las tres lecturas de esta fiesta, que nos permiten contemplar el modo de actuar de Dios en la creación y en la historia de la salvación, tanto en el pasado como en el día de hoy.

b) Un Dios que crea y libera

        La primera lectura, tomada del libro del Deuteronomio, es, por una parte, una confesión de fe y, por otra, un desafío para el creyente cuya fe vacila: "¡Pregunta, pregunta a ver si encuentras, desde que el mundo se creó, palabras y acciones tan grandes y admirables como las de nuestro Dios!". Lo que el autor deuteronomista está haciendo es proclamar su fe en el Dios único, Creador y Salvador. No hay Dios fuera de Él. Y lo prueba aludiendo, de forma implícita, a episodios históricos bien conocidos por todo creyente israelita: la manifestación de Dios en el Horeb y el episodio fundante del Éxodo.

        En el versículo 32, explícitamente dice que Dios creó al hombre sobre la tierra. Es Creador. Pero no por ello está lejos de nosotros, sino que se ha acercado a su pueblo y se ha revelado con palabras y signos:

- Ha hablado a su pueblo desde el fuego (v.33). En la zarza ardiente le ha dado a conocer su nombre: "Yo soy el que soy" (Éx 3,2.6.14), y en el Horeb le ha revelado sus mandatos (Éx 19,16-19).

- En Egipto se ha mostrado como un valeroso soldado, con mano fuerte y tenso brazo, para sacar a su pueblo de en medio de la esclavitud (v. 34).

        El autor invita al pueblo a hacer memoria de esa experiencia cercana y personal que ha entrado por los sentidos hasta tocar su corazón. El pueblo ha de acordarse de las palabras que ha oído (v. 32-33) y de los prodigios que ha visto con sus ojos (v.34), para que sepa quién y cómo es su Dios.

        Dios es el Dios de los regalos, de la gratuidad y el amor: junto al don de la creación y la liberación, Dios desea regalar al pueblo el don de la felicidad, la bendición de una larga vida y la posesión de una tierra fecunda (v. 40). Los preceptos que el israelita debe cumplir no son un yugo, una carga o una opresión, sino un camino hacia la dicha. Esos preceptos están en el corazón del hombre, no fuera de él, y responden a su deseo de felicidad.

        Así es Dios: el Dios, amigo de la vida, cariñoso con todas sus criaturas (cf. Sal 145,9). Por eso el salmista canta: "¡Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor!" (Sal 32,12).

c) Un Dios que da la dicha

        El salmo 33 (32) invita a dar gritos de júbilo, a cantar, a tocar la mejor música para el Dios cuyo amor llena la tierra (Sal 145,1-3), un exceso de alegría al que nuestras asambleas litúrgicas no están acostumbradas.

        El salmo exalta la palabra y la obra de Dios en la creación y en la historia. Su palabra es poderosa y fiel: hace lo que dice, crea aquello que pronuncia (vv. 6.9). Su obrar, en el acontecer de los hombres, está lleno de justicia y amor: derriba a los poderosos (v. 16-17) y da la felicidad a los pobres que esperan en su misericordia (18-19). La actitud del creyente ante un Dios así es de confianza, de esperanza y de alegría (vv. 20-22) por la ayuda y protección que recibe de Él. El pueblo escogido por el Dios Amor se siente feliz bajo su mirada.

d) Un Dios al que podemos llamar "Abbá"

        Tres veces aparece el término arameo "Abbá" en el N.T. En primer lugar, este modo filial, confiado y cariñoso de dirigirse a Dios aparece en labios de Jesús, en su oración de Getsemaní: "¡Abbá, Padre!, todo es posible para ti: aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú" (Mc 14,36). Jesús se dirige a Dios llamándole "papá".

        Los otros dos textos son de Pablo: Rom 8,15 y Gál 4,6. En ellos, Pablo nos dice que también nosotros, como Jesús, guiados por el Espíritu, podemos clamar: "¡Abbá, Padre!" y sentirnos realmente hijos de Dios. Es el Espíritu el que nos hace participar del dinamismo de vida y amor que envuelve al Padre y a su Hijo Jesús.

e) Un Dios que nos envuelve en su misterio de comunión

        En el epílogo del evangelio de Mateo que proclamamos hoy, Jesús recibe del Padre "todo poder en el cielo y en la tierra", es decir, es uno con el Padre y el Padre comparte con Él su señorío sobre todo. Le hace Kyrios, Señor.

        Los discípulos reconocen ese señorío y por eso le adoran (Mt 28,17). Como el Padre le ha enviado a Él a sembrar el Reino, Él envía a sus discípulos a construirlo "bautizando a las gentes en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu" (Mt 28,19), es decir, sumergiéndolas en el misterio de la Trinidad y haciéndolas participar de su vida, que es su comunión en el amor. Por el bautismo nos sumergimos en Dios, que es amor, y quedamos bañados y penetrados enteramente por Él. Ningún ser humano puede, por sí mismo, penetrar en el insondable misterio de Dios. Pero Jesús nos garantiza que estará con nosotros siempre, hasta la parusía, y esa presencia, por medio del Espíritu, nos introduce en Dios y nos hace vivir como hijos suyos y hermanos de todos, en la fraternidad universal de su Reino.

        

 

meditamos - oramos

 

 

 

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