El Evangelio de hoy me lleva, en primer lugar, a hacer memoria cordial de mi bautismo: yo también he sido bautizada "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu", he sido sumergida en el mar inmenso de la vida de Dios, y he nacido de nuevo, de esas aguas, como hija de nuestro Dios, Padre-Madre, como hermana del Señor Jesús, y como discípula del Espíritu Santo.
Este Dios, en cuyo nombre he sido bautizada, no está lejos de mí, sino entrañablemente cerca y dentro de mí, como dice el evangelista Juan: "Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él" (Jn 14,23). Ésta es su permanente "shekinah" que ha prometido en el evangelio de hoy: "Yo estoy con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo" (Mt 28,20).
De este Dios, que me habita, que es relación y amor, inmenso gozo en la donación, aprendo que no es bueno que el hombre y la mujer estemos solos, porque estamos hechos a su imagen y semejanza y, por ello, nuestra felicidad está en salir de nosotros mismos y derramarnos, con fecundidad, para dar vida y alegría a los otros, y para recibir de los otros sus regalos y su amor. A los cristianos se nos ha insistido, y se nos insiste, muchas veces, en que debemos darnos, entregarnos, sacrificarnos por los demás. Pero es imposible que nadie tenga libre su corazón para darse si antes no ha experimentado que es amado/a intensa e incondicionalmente. El Dios Trinidad, presente en nosotros/as, nos enseña este dinamismo del acoger y del entregar, del recibir y el donar, que posibilita la vida.
Dios no es solitario ni triste, sino compañía y fiesta en la reciprocidad del amor. Por eso, un cristiano triste y solitario no ha conocido aún al Dios en quien dice creer. Dios no ha tocado aún su corazón, o quizá su dios no sea el Dios y Padre revelado en Cristo, el Señor.
Dios no se encierra egoístamente en su dicha, sino que su felicidad se derrama sobre toda la tierra y se convierte en justicia y misericordia, allí donde no la hay. Eso me enseña que la comunión que establezco con Dios y con las otras personas se debe convertir en amor creativo que lucha por la justicia y el bien en la tierra que Dios ha creado.
Dios nos permite llamarle Abbá, papá, Padre, y Él mismo nos dice a cada uno/a de nosotros/as, como a Jesús: "Tú eres mi hija, mi hijo amado. En ti me complazco" (Mc 1,11).
Y, a pesar de todo esto, a veces vivo como si Dios no existiera: falta de esperanza y alegría, encerrada en mí misma, solitaria e insolidaria, con la profunda sensación de no ser amada y de ser incapaz de amar. En ocasiones, la criatura nueva que debería ser, habitada por el Espíritu, queda eclipsada por el "hombre viejo" que vive sin Dios.
Por eso, quiero pedir continuamente y sin desfallecer, el don del Espíritu que reanime mi fe, mi esperanza y mi amor, y me haga vivir continuamente como hija, hermana y discípula de nuestro Dios Trinidad.
A) Oración personal: Acción de gracias al Dios Trinidad
B) A la Santísima Trinidad (Beato Santiago Alberione)
C) A la Santísima Trinidad (Sor Isabel de la Trinidad)
A) Oración personal: Acción de gracias al Dios Trinidad
Cuando era niña, en los atardeceres,
me gustaba aguardar el crepúsculo,
para contemplar la suave danza de sus colores
perdiéndose entre las montañas
y aquietándose en el ocaso del sol.
Y, en las noches de luna nueva,
mirando con atención el firmamento,
me preguntaba hasta dónde extendería el cielo
su manto de estrellas, en la inmensidad del Universo.
La idea de infinito no cabía en los miles de neuronas
que formaban mi cerebro,
y ni siquiera podía alojarse en el espacio,
más libre e imaginativo,
de mi propio corazón.
Pues más pequeña aún
que ante esa inmensidad tan inmensa,
y ante esa belleza tan bella,
me siento ante nuestro Dios, Padre-Madre.
Su belleza en nada es comparable a la de sus criaturas.
Su bondad, más buena de lo que podamos pensar o imaginar.
Su libertad, mayor que la que anhela un prisionero.
Su dicha, más profunda que la que cualquiera se atreva a soñar.
Para hablar de Él, sólo las palabras de los poetas aciertan a balbucir
algo con sentido,
y millones de palabras hermosas, en todas las lenguas del mundo,
no bastarían para darle gracias.
Ante la dicha de su Amor misterioso, los corazones enmudecen
y quedan en silencio.
Su inmensidad y trascendencia nos llena de reverencia y temor.
Su cercanía amorosa enciende nuestro amor y deshace nuestros miedos.
«Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio Hijo»
«Tanto amó Dios»
«Tanto nos amó»
Mi boca saborea, una y otra vez, esta Palabra,
que tiene el poder de salvarnos.
Mi corazón la contempla.
Mi memoria desea que permanezca en ella, como un sello.
Gracias, Padre-Madre, por este precioso misterio.
Gracias, Señor Jesús, por revelarnos, tomando nuestra carne,
este Proyecto de Amor.
Gracias, Espíritu Santo, por hacernos partícipes
de vuestra comunión.
B) A la Santísima Trinidad (Beato Santiago Alberione)
|
Divina Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, presente y operante en la Iglesia y en lo más profundo de mi ser; yo te adoro, te doy gracias y te amo.
Por medio de María, mi madre santísima, me ofrezco, entrego y consagro totalmente a ti, por toda la vida y para la eternidad.
A ti, Padre del cielo, me ofrezco, entrego y consagro como hijo. A ti, Jesús Maestro, me ofrezco, entrego y consagro como hermano y discípulo. A ti, Espíritu Santo, me ofrezco, entrego y consagro como "templo vivo", para ser consagrado y santificado.
María, madre de la Iglesia y madre mía, tú que vives en intimidad con la Trinidad Santísima, enséñame a vivir, por medio de la liturgia y los sacramentos, en comunión cada vez más profunda con las tres divinas Personas, para que toda mi vida sea un "Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo". Amén. |
|
C) Oración a la Santísima Trinidad (Isabel de la Trinidad)
Oh, Dios mío, Trinidad a quien adoro, ayúdame a olvidarme de mí por completo para establecerme en ti, inmóvil y apacible como si ya mi alma estuviera en la eternidad; que nada pueda turbar mi paz ni hacerme salir de ti, oh, mi inmutable, sino que cada minuto me lleve más lejos en la profundidad de tu misterio. Pacifica mi alma, haz en ella tu cielo, tu morada amada y el lugar de tu reposo; que no no te deje en ella nunca a solar; que yo esté allí enteramente, completamente despierta en mi fe, toda adoración, completamente entregada a tu acción creadora.
Oh, mi Cristo amado, crucificado por amor, yo quisiera ser una esposa para tu corazón; quisiera cubrirte de gloria, quisiera amarte... hasta morir. Pero siente mi impotencia y te pido que me revistas de ti mismo, que identifiques mi alma con todos los movimientos de tu alma, que me sumerjas, que me invadas, que me sustituyas, a fin de que mi vida no sea más que una irradiación de tu vida. Ven a mí como Adorador, como Reparador y como Salvador.
Oh, Verbo eterno, Palabra de mi Dios, quiero pasar mi vida escuchándote, quiero convertirme totalmente en deseo de saber para aprender todo de ti; y después, a través de todas las noches, de todos los vacíos, de todas la impotencias, quiero fijarme siempre y permanecer bajo tu gran luz; oh, mi Astro amado, fascíname para que ya no pueda salir de tu resplandor.
Oh, Fuego que consume, Espíritu de amor, ven a mí, a fin de que se produzca en mi alma como una encarnación del Verbo; que yo le sea una humanidad añadida en la que él renueve todo su misterio. Y tú, Padre, inclínate sobre tu pobre y pequeña criatura, cúbrela con tu sombra, no veas en ella más que al Bienamado en el que has puesto tus complacencias.
Oh, mis "Tres", mi Todo, mi Felicidad, Soledad infinita, Inmensidad en que me pierdo, yo me entrego a ti como una presa, entiérrate en mí para que yo me entierre en ti, esperando ir a contemplar en tu luz el abismo de tu grandeza.
![]()