1. Leemos        2. Meditamos        3. Oramos

 

 

2. Meditamos

 

La Pascua es la fiesta de la liberación de la esclavitud, el paso desde la oscuridad a la luz, en realidad el comienzo de una nueva vida. Es el momento que Jesús contempla al cruzar el umbral del templo de Jerusalén. Es lo que quiere hacer presente de nuevo y celebrar plenamente en unión con la comunidad judía. Pero en los recintos del templo encontró una forma nueva de esclavitud. Un culto y sacrificio de Yahveh ligados a ofrendas de sacrificios y a otras prácticas del templo, que comenzaron quizás inocentemente para salvaguardar la pureza y cumplimiento perfecto de la ley mosaica, pero ahora instrumentalizadas, comercializadas hasta los últimos límites. Y Jesús conoció en lo hondo de su corazón la inutilidad de cambiar esta institución. De hecho, repitió de alguna manera lo mismo después en el evangelio: “...llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén rendiréis culto al Padre” (Jn 2, 21).

        ¿Cuál es esta alternativa? Él propone entrar en el misterio de su persona. “destruid este templo...” refiriéndose al templo de su cuerpo. El Padre restaurará en él la pureza de culto. El formará un pueblo nuevo e indicará el modo nuevo en que le gustaría ser servido y adorado. Jesús es el “templo nuevo” inundado por el Espíritu de Dios.

        Podemos celebrar el aniversario de la dedicación de una Iglesia, una construcción material, pero su significado va más lejos. Por ser discípulos cristianos y participar plenamente en el misterio de su vida, muerte y resurrección, también somos templos de Dios. San Pablo afirma: “¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?” (1 Cor 3,16, cfr: 2ª lectura). Y el culto agradable que ofrecemos al Padre por medio de Cristo en el Espíritu es la liturgia de nuestra vida cristiana. Unidas a nuestras oraciones, ofrecemos las obras de la fe, esperanza y amor que atestiguan nuestro compromiso con Cristo. Cristo es la roca que nos cimienta; con la acción de su Espíritu en nosotros podemos dejar que deslumbre hacia afuera el Evangelio, de modo que todo dé gloria a Dios.

        Tenemos también ocasión de dar gracias al Señor por la persona y el ministerio del Papa Juan Pablo II, Obispo de Roma y Cabeza de la Iglesia Católica. Que todas las celebraciones ofrecidas este año por sus 25 años de pontificado sean medio de confirmar su valiente testimonio cristiano, y mantener la luz de Cristo para todos, incluso en medio de su fragilidad física. Que sea él un ejemplo para todos nosotros, los que sentimos la debilidad en nuestro compromiso cristiano. 

 

3. Oramos

 

1. Salmo 84

2. Oración del Cardenal Newman

 

1. Salmo 84

 

Qué amables son tus moradas, ¡Oh Señor de los Ejércitos!

Suspira mi alma y desfallece por los atrios de Yahveh.

Mi corazón y mi carne claman exultantes a Dios vivo.

Como el gorrión encuentra un hogar y la golondrina un nido para sus polluelos,

Mi casa está junto a tus altares, ¡Señor de los Ejércitos, rey mío y Dios mío!

 

¡Dichosos los que viven en tu casa!

Nunca dejan de alabarte.

Felices quienes hallan refugio en ti,

Los que tienen su corazón en los caminos de peregrinación [hacia Jerusalén].

 

2. Oración del Cardenal Newman

 

¡Oh Señor! Ayúdame a esparcir tu fragancia por donde vaya.

Inunda mi alma con tu espíritu y tu vida.

Penetra y posee todo mi ser tan profundamente

que toda mi vida sea sólo esplendor de tu vida.

Brilla a través de mí y de tal manera

que toda alma que se relacione conmigo 

pueda sentir tu presencia en la mía. (...)

Que yo te alabe del modo que más quieres

al brillar sobre los que me rodean.

Que yo te predique sin predicar,

no con palabras, sino con mi ejemplo,

por la fuerza adhesiva, la influencia contagiosa de lo que haga,

por la plenitud evidente del amor que mi corazón te tiene.  

 

 

 

 

 

 

Gemma Victorino, pddm (Filipinas)

Traducción: D. Luis Chacón