La Pascua es la fiesta de la liberación de la esclavitud, el paso desde la oscuridad a la luz, en realidad el comienzo de una nueva vida. Es el momento que Jesús contempla al cruzar el umbral del templo de Jerusalén. Es lo que quiere hacer presente de nuevo y celebrar plenamente en unión con la comunidad judía. Pero en los recintos del templo encontró una forma nueva de esclavitud. Un culto y sacrificio de Yahveh ligados a ofrendas de sacrificios y a otras prácticas del templo, que comenzaron quizás inocentemente para salvaguardar la pureza y cumplimiento perfecto de la ley mosaica, pero ahora instrumentalizadas, comercializadas hasta los últimos límites. Y Jesús conoció en lo hondo de su corazón la inutilidad de cambiar esta institución. De hecho, repitió de alguna manera lo mismo después en el evangelio: “...llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén rendiréis culto al Padre” (Jn 2, 21).
¿Cuál es esta alternativa? Él propone entrar en el misterio de su persona. “destruid este templo...” refiriéndose al templo de su cuerpo. El Padre restaurará en él la pureza de culto. El formará un pueblo nuevo e indicará el modo nuevo en que le gustaría ser servido y adorado. Jesús es el “templo nuevo” inundado por el Espíritu de Dios.

Podemos celebrar el aniversario de la dedicación de una Iglesia, una construcción
material, pero su significado va más lejos. Por ser discípulos cristianos y
participar plenamente en el misterio de su vida, muerte y resurrección, también
somos templos de Dios. San Pablo afirma: “¿No sabéis que sois templos de
Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?” (1 Cor 3,16, cfr: 2ª
lectura). Y el culto agradable que ofrecemos al Padre por medio de Cristo en
el Espíritu es la liturgia de nuestra vida cristiana. Unidas a nuestras
oraciones, ofrecemos las obras de la fe, esperanza y amor que atestiguan nuestro
compromiso con Cristo. Cristo es la roca que nos cimienta; con la acción de su
Espíritu en nosotros podemos dejar que deslumbre hacia afuera el Evangelio, de
modo que todo dé gloria a Dios.
Tenemos también ocasión de dar gracias al Señor por la persona y el
ministerio del Papa Juan Pablo II, Obispo de Roma y Cabeza de la Iglesia Católica.
Que todas las celebraciones ofrecidas este año por sus 25 años de pontificado
sean medio de confirmar su valiente testimonio cristiano, y mantener la luz de
Cristo para todos, incluso en medio de su fragilidad física. Que sea él un
ejemplo para todos nosotros, los que sentimos la debilidad en nuestro compromiso
cristiano.
2. Oración del Cardenal Newman
Qué
amables son tus moradas, ¡Oh Señor de los Ejércitos!
Suspira
mi alma y desfallece por los atrios de Yahveh.
Mi
corazón y mi carne claman exultantes a Dios vivo.
Como
el gorrión encuentra un hogar y la golondrina un nido para sus polluelos,
Mi
casa está junto a tus altares, ¡Señor de los Ejércitos, rey mío y Dios mío!
¡Dichosos
los que viven en tu casa!
Nunca
dejan de alabarte.
Felices
quienes hallan refugio en ti,
Los
que tienen su corazón en los caminos de peregrinación [hacia Jerusalén].
2.
Oración del Cardenal Newman
¡Oh
Señor! Ayúdame a esparcir tu fragancia por donde vaya.
Inunda
mi alma con tu espíritu y tu vida.
Penetra
y posee todo mi ser tan profundamente
que
toda mi vida sea sólo esplendor de tu vida.
Brilla
a través de mí y de tal manera
que toda alma que se relacione conmigo
pueda
sentir tu presencia en la mía. (...)
Que
yo te alabe del modo que más quieres
al
brillar sobre los que me rodean.
Que
yo te predique sin predicar,
no
con palabras, sino con mi ejemplo,
por
la fuerza adhesiva, la influencia contagiosa de lo que haga,
por la plenitud evidente del amor que mi corazón te tiene.
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Gemma Victorino, pddm (Filipinas)
Traducción: D. Luis Chacón