1. Leemos        2. Meditamos        3. Oramos

 

 

 

2. Meditamos

 

 

        Trato de situarme en la escena, entre las mujeres que miraban desde lejos, fuera de las murallas de la ciudad, en el lugar llamado "de la Calavera", un lugar de muerte a donde nadie desearía tener que ir.

 

        Le miro a lo lejos, anónimo entre otros ajusticiados, desnudo y zarandeado por los guardias inmisericordes que se burlan de él. Está solo. Incluso nosotras nos hemos quedado lejos y ninguna se atreve a acercarse para decirle que estamos allí y que le amamos a pesar de su fracaso.

 

 

        Ya se ha tumbado en el suelo, sobre el madero, y ahora sólo vemos a dos hombres inclinados sobre sus brazos. Una pausa. Levantan con firmeza el martillo..., y el grito desgarrado de una voz conocida nos estremece. Lo mismo después, al clavar sus pies sobre el leño en el que será elevado.

 

        Ayudándose con cuerdas, le levantan entre cuatro y su cuerpo se retuerce de dolor, se arquea, intenta alzarse para poder respirar... Las llagas de sus muñecas y su pies no dejan de sangrar. Su cuerpo está tenso. Casi puedo sentir, merced a no sé qué misteriosa empatía que me une a Él, los latidos de su corazón en sus heridas y en sus sienes ardiendo de fiebre.

 

        No. No es hermoso contemplar a un crucificado, torturado de forma terrible e inhumana. «No hay en Él parecer. No hay hermosura que atraiga las miradas. No hay en Él belleza que agrade», dice el cántico de Isaías. «Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros; despreciado y desestimado» (Is 53,2-3). Y, sin embargo, el Señor Jesús dijo: «Cuando sea elevado, atraeré a todos hacia mí». Es verdad. Y es verdad también lo que dijo Zacarías: «Mirarán al que atravesaron» (Zac 12,10; Jn 19, 37). No agrada ver a un torturado. Cuando la televisión nos muestra imágenes de personas torturadas, mutiladas y asesinadas en cualquier parte del mundo, volvemos el rostro para no mirar. Sin embargo, mi mirada está fija en el Crucificado desde mi niñez: fija en el heroísmo y la gratuidad de un amor tan libre, tan valiente y tan sin límites.

 

        El evangelio de hoy reaviva mi fe en el amor del Padre y del Hijo y me lleva a preguntarme adónde está orientada mi mirada habitualmente. Simone Weill, una gran creyente de nuestro siglo, filósofa, judía convertida a Cristo, aunque no bautizada, tiene un precioso texto que a mí me gusta meditar a menudo:

«Una de las verdades capitales del cristianismo, hoy olvidada de todos, es que lo que salva es la mirada. La serpiente de bronce ha sido elevada a fin de que los hombres que yacen mutilados al fondo de la degradación la miren y se salven (...)

El esfuerzo por el que el alma se salva se asemeja al esfuerzo por el que se mira, por el que se escucha, por el que una novia dice sí. Es un acto de atención y de consentimiento (...)

Hay quienes tratan de elevar su alma como quien se dedica a saltar continuamente, con la esperanza de que, a fuerza de saltar cada vez más alto, llegue el día en que alcance el cielo para no volver a caer. Ocupado en ello, no puede mirar al cielo. Los seres humanos no podemos dar un solo paso hacia el cielo. La dirección vertical nos está prohibida. Pero si miramos largamente el cielo, Dios desciende y nos toma fácilmente. Como dice Esquilo: “lo divino es ajeno al esfuerzo”. Hay en la salvación una facilidad más difícil  para nosotros que todos los esfuerzos».

 

        Un último punto de mi meditación es que no podemos pensar que las cruces de nuestra vida son queridas por Dios, para corregirnos o castigarnos. Hace pocos días moría inesperadamente el padre de una pariente mía, que además es una amiga muy querida. Y ella, uniendo esta experiencia a otras pérdidas dolorosas de su vida, no hacía más que repetir: «¿Qué he hecho yo, Dios mío? ¿Qué he hecho yo para que no apartes de mí tus ojos? ¿Qué he hecho para merecer estas desgracias?». Yo la abrazaba y la escuchaba en silencio. No era un momento para las palabras. Pero yo, que también he sufrido pérdidas de seres cercanos muy amados, pensaba y sentía que si mi Dios fuera como el de mi amiga, renegaría de Él. ¿Cómo se puede creer en un Dios sádico que se complace en los sufrimientos de sus hijos? Ese Dios no sólo no merecería nuestra fe y adhesión, sino que merecería todo nuestro desprecio y nuestra rebeldía. Y sentía también que aunque muchas desgracias son inevitables, no tienen por qué convertirse en una desdicha permanente que nos deja marcadas y sentenciadas a ser infelices para siempre. El Dios en el que creo y al que amo está con nosotros en nuestras desdichas para enseñarnos a vivirlas desde la esperanza y a crecer desde ellas.

        La cruz no tiene la última palabra. La última palabra le pertenece al Dios de la Vida que levantó a su Hijo Jesús, resucitándolo, y nos levantará también a nosotros de nuestras cruces cotidianas y de la definitiva. Ésta es mi fe y la buena noticia que me comunica el evangelio de hoy.    

 

 

 

 

 

3. Oramos

 

a) Oración de San Francisco ante el Crucificado de San Damián

b) Alma de Cristo

 

a) Oración de San Francisco ante el Crucificado de San Damián

 

Alto y glorioso Dios,

ilumina las tinieblas de mi corazón.

Y dame una fe recta,

una esperanza cierta

y una caridad perfecta,

juicio y conocimiento, Señor,

para cumplir tu santo

y verdadero mandamiento.

Amén.

 

 

b) Alma de Cristo

Alma de Cristo, santifícame.

Cuerpo de Cristo, sálvame.

Sangre de Cristo, embriágame.

Agua del costado de Cristo, lávame.

Pasión de Cristo, confórtame.

Oh, Buen Jesús, óyeme.

Dentro de tus llagas, escóndeme.

No permitas que me aparte de Ti.

Del maligno enemigo, defiéndeme.

En la hora de mi muerte, llámame,

y mándame ir a Ti,

para que, con tus santos, te alabe

por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

 

 

 

 

Mª Concepción López, pddm (España)