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Juan 14,1-6
En aquel tiempo, 1 dijo Jesús a sus discípulos:
- No perdáis la calma: creed en Dios y creed también en mí. 2 En la casa de mi Padre hay muchas estancias, y me voy a prepararos sitio. 3 Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. 4 Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.
5 Tomás le dice:
- Señor, no sabemos dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?
6 Jesús le responde:
- Yo soy el camino, y la verdad y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí.
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Evangelizar nuestra visión y vivencia de la muerte
¿A quién le agrada pensar en la muerte? ¿A quién le gusta frecuentar hospitales para visitar enfermos? ¿Quién considera un hecho positivo el envejecer y el acercarse lentamente a ese momento último que, mientras vivimos, sólo les sucede a los otros? ¿Quién no protesta cuando la muerte se adelanta y nos arrebata anticipadamente a un ser amado en plenitud de vida aún?
Vivimos en una sociedad que idolatra la salud, la juventud perenne, y que huye de la muerte. El mundo de la publicidad y las generaciones jóvenes y no tan jóvenes cierran los ojos para no mirar esa realidad, como si con ello pudieran hacer que desapareciera. La muerte causa miedo porque evoca dolor, soledad, enfermedad, disolución y nada. La muere es fea y huele mal. La publicidad vende estética y eterna juventud aparente: cremas antiarrugas, champús que oscurecen el cabello, perfumes y maquillajes... Y no es que cuidar la propia salud y belleza esté mal. Por el contrario, puede convertirse en un acto de amor a uno/a mismo/a y de agradecimiento al Creador por la bondad de la vida que nos ha regalado. Lo que es insano es negar la vida tal y como es, y negar los años vividos, y las arrugas y las canas ganadas en cada batalla y cada entrega, y la proximidad de la muerte cuando viene al fin.
Hay que reconocer que el hecho de que los cristianos nos empeñemos en conmemorar a los difuntos todos los días y, de forma especial, una vez al año, es de muy mal gusto o, cuanto menos, impopular. ¿Para qué evocar a los que ya se han ido si no van a volver? ¿Para qué recordar que esta vida algún día terminará también para nosotros? ¿No es mejor vivir sin agobiarse por un hecho tan desagradable y angustioso?
El hecho es que esta fiesta puede ayudarnos a evangelizar la visión pagana de la muerte y a enfocarla desde la buena noticia de la resurrección de Jesús. Jesús no temía la muerte. Y alguien que no tiene miedo a la muerte es infinitamente libre para vivir plena e intensamente su vida, corriendo todos los riesgos necesarios, embarcándose en todas las aventuras posibles e imposibles, comprometiéndose hasta el fondo por una causa valiosa... Y Jesús no tenía miedo, no porque se supiera el final de la película, merced a su omnisciencia divina, y estuviera seguro de que el Padre le iba a resucitar. No porque tuviera la total certeza de la inmortalidad del alma humana. No por tantas razones que la teología tradicional podía inventar, pasando por alto que Jesús tenía una humanidad del todo semejante a la nuestra, excepto en el pecado. Jesús superó su miedo y llegó hasta el fin de su entrega porque tenía la absoluta confianza de que el Padre Dios, por su amor inmenso y fiel, lo iba a resucitar. La fiesta de hoy puede ayudarnos, pues, a superar nuestros miedos y a confiar en el Señor de la vida.
Durante algunos años he rechazado la muerte como la peor desdicha que se puede sufrir. He perdido a dos hermanos amados en situaciones trágicas. Cualquiera podría pensar que tenía razones suficientes para odiar la muerte que nos los arrebató y para desconfiar de la bondad de Dios. La realidad sigue siendo la misma hoy, pero mi mirada no es la misma: ya no absolutizo la vida que vemos ni la presencia física de los que amamos. El valor del modo de vivir presente se ha desplazado y ha cedido su puesto al amor. Y el amor es más fuerte que la muerte. Hoy tengo la certeza de que Dios, por su amor, nos resucitará como resucitó a Jesús, y nos hará estar con Él y con los que amamos de un modo que ahora no conocemos.
Jesús nos enseña que la muerte forma parte de la vida como un paso más del camino: un umbral que nos conduce al Padre, nos entra en la Vida y en un banquete dichoso con los que ya están en la casa del Padre y con Jesús.
"No tengas miedo. El amor es más fuerte que todas las pequeñas muertes cotidianas y que la misma muerte definitiva". Eso escucho hoy, en el día en que conmemoramos a todos los que han muerto con Cristo. Y eso levanta mi ánimo y espabila mi esperanza.
Puede ser muy iluminador leer hoy la primera lectura del libro de las Lamentaciones: en ella, el orante se siente hundido, deprimido, sumido en la amargura ante los desastres de una guerra que sólo ha sembrado muerte y horror a su paso. Pero es en esa desesperación donde consigue elevar su mirada a un amor que no se acaba, a una ternura inagotable que tendrá la última palabra. Y es entonces cuando reúne el valor suficiente para esperar, en silencio, sin quejas, sin precipitarse a desconfiar, la salvación que Dios traerá contra toda evidencia.
"Mi alma espera en el Señor", repite, una y otra vez, el salmista, como para no dejar un resquicio al miedo y a la duda. Sí, mi alma espera en el Señor, "porque de Él viene la misericordia y la redención".
1. La primera propuesta de oración es la de hacer memoria, ante Dios, de todos nuestros difuntos, de lo bueno que vivimos con ellos, de lo que aprendimos y recibimos de ellos. Hacer memoria y dar gracias por todos los nombres que habitan en nuestro corazón y que ya están en la casa del Padre.
2. Orar el salmo 129, expresando con atención y verdad, que esperamos en el Señor a pesar de que las experiencias de la vida a veces parezcan negar el triunfo de la resurrección.
Mª Concepción López, pddm (España)
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