1. Leemos        2. Meditamos        3. Oramos

 

 

2. Meditamos

 

 

 

  La Palabra de Dios, iluminando mi realidad personal, me cuestiona del siguiente modo:

 

  ¿Cuál es mi actitud en situaciones de carencias y limitaciones humanas?

  ¿Qué lugar reservo a María en mi camino de discipulado en el seguimiento de Jesús?

  ¿Escucho la invitación de María: "Haz lo que Él te diga", y trato de vivir el Evangelio, en lo cotidiano, desde la obediencia de la fe?

 

  La luz que viene de la Palabra de Dios de hoy me impulsa a pedir la gracia de la fe en la presencia real de Jesús y de su Madre en cada situación de mi vida, especialmente en situaciones de carencia y limitación. Soy consciente de que, por mí misma, no logro discernir de modo objetivo mis propias necesidades y las de los otros. Lo que a mí me parece necesario o importante puede incluso resultar muy secundario. En todo esto descubro la presencia de María que, llena del Espíritu Santo, sabe discernir lo que es bueno (cf. Rm 12,2) y útil para nosotros en cada situación. La intercesión de María es eficaz, como hemos visto en el episodio de Caná de Galilea. Su cuidado se orienta a darnos lo que es mejor, es decir, a formar en nuestra persona a su Hijo. El beato Santiago Alberione solía decir: «María toma la gracia de Dios para dárnosla, a nosotros nos quita el amor propio y lo sustituye por el amor de Dios».

 

 

  3. Oramos

 

 

        

Oración de Consagración a María (del beato Santiago Alberione)

 

Recíbeme, María, madre, maestra y reina,

entre los que amas, cuidas, santificas y formas

en la escuela de Jesucristo, Divino Maestro.

Tú reconoces en los planes de Dios

a los hijos que él elige, 

y, con tu oración, les obtienes gracia, 

luz y auxilios especiales.

Mi maestro, Jesucristo,

se confió totalmente a ti

desde la encarnación hasta la ascensión,

y esto es para mí enseñanza,

ejemplo y don inefable,

por lo que también yo me pongo

plenamente en tus manos.

Consígueme la gracia de conocer, imitar y amar

cada vez más a Jesús Maestro, camino, verdad y vida.

Preséntame a él, pues soy un pecador indigno

sin más título que tu recomendación para ser admitido a su escuela.

Ilumina mi mente, fortalece mi voluntad, 

santifica mi corazón

en esta etapa de mi trabajo espiritual,

para que aproveche tu gran misericordia

y pueda al fin decir:

«Vivo yo, pero no soy yo,

es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20).

Apóstol san Pablo, padre mío

y fidelísimo discípulo de Jesús,

fortalece mi voluntad:

quiero comprometerme con toda el alma

hasta que se forme Jesucristo en mí.

 

 

 

 

 

 

Úrszula Szymanska, pddm (Polonia)