La Palabra de Dios, iluminando mi realidad personal, me cuestiona del siguiente
modo:
¿Cuál es mi actitud
en situaciones de carencias y limitaciones humanas?
¿Qué lugar reservo
a María en mi camino de discipulado en el seguimiento de Jesús?
¿Escucho la invitación
de María: "Haz lo que Él te diga", y trato de vivir el Evangelio, en
lo cotidiano, desde la obediencia de la fe?
La luz que viene de la Palabra de Dios de hoy me impulsa a pedir la gracia de la
fe en la presencia real de Jesús y de su Madre en cada situación de mi vida,
especialmente en situaciones de carencia y limitación. Soy consciente de que,
por mí misma, no logro discernir de modo objetivo mis propias necesidades y las
de los otros. Lo que a mí me parece necesario o importante puede incluso
resultar muy secundario. En todo esto descubro la presencia de María que, llena
del Espíritu Santo, sabe discernir lo que es bueno (cf. Rm 12,2) y útil para
nosotros en cada situación. La intercesión de María es eficaz, como hemos
visto en el episodio de Caná de Galilea. Su cuidado se orienta a darnos lo que
es mejor, es decir, a formar en nuestra persona a su Hijo. El beato Santiago
Alberione solía decir: «María toma la gracia de Dios para dárnosla, a
nosotros nos quita el amor propio y lo sustituye por el amor de Dios».
Oración de Consagración a María (del beato Santiago Alberione)
Recíbeme, María, madre, maestra y reina,
entre los que amas, cuidas, santificas y formas
en la escuela de Jesucristo, Divino Maestro.
Tú reconoces en los planes de Dios
a los hijos que él elige,
y, con tu oración, les obtienes gracia,
luz y auxilios especiales.
Mi maestro, Jesucristo,
se confió totalmente a ti
desde la encarnación hasta la ascensión,
y esto es para mí enseñanza,
ejemplo y don inefable,
por lo que también yo me pongo
plenamente en tus manos.
Consígueme la gracia de conocer, imitar y amar
cada vez más a Jesús Maestro, camino, verdad y vida.
Preséntame a él, pues soy un pecador indigno
sin más título que tu recomendación para ser admitido a su escuela.
Ilumina mi mente, fortalece mi voluntad,
santifica mi corazón
en esta etapa de mi trabajo espiritual,
para que aproveche tu gran misericordia
y pueda al fin decir:
«Vivo yo, pero no soy yo,
es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20).
Apóstol san Pablo, padre mío
y fidelísimo discípulo de Jesús,
fortalece mi voluntad:
quiero comprometerme con toda el alma
hasta que se forme Jesucristo en mí.
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Úrszula Szymanska, pddm (Polonia)