1. Leemos        2. Meditamos        3. Oramos

 

 

2. Meditamos

 

 

Hace unos días, volví a ver, en video, el bautismo de mi sobrina Cecilia, celebrado en agosto de 1998. Por entonces, ella tenía diez meses de edad y, aunque no podía entender aún el significado de las palabras del sacerdote, no dejaba de mirarlo fija y atentamente mientras él la ungía y oraba así:

 

"Dios todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo,

que te ha librado del pecado y te dio nueva vida

por el agua y el Espíritu Santo,

te consagre con el crisma de la salvación

para que pases a formar parte de su pueblo

y seas, para siempre, miembro de Cristo

Sacerdote, Profeta y Rey".

        Tanto hace casi seis años, como hace unos días, en el momento de esa oración me sentí tocada por aquellas últimas palabras: "para que seas siempre miembro de Cristo Sacerdote, Profeta y Rey". Esa unción pone un sello sobre nuestra vida que nada ni nadie puede quitar, ni siquiera nuestro propio alejamiento de Dios.

        En la primera lectura de hoy, contemplo la vocación profética de Jeremías y, en el evangelio, a Jesús como verdadero profeta, portavoz de salvación y Salvador mismo, rechazado por su pueblo. Las palabras dirigidas a Jeremías son las mismas que Dios pronunció sobre mi sobrina Cecilia y sobre mí el día de nuestro bautismo, las mismas con las que llama y consagra a todo cristiano. Pero, claro, no son palabras mágicas que, como en un cuento de hadas, te conviertan automáticamente en ratón o en calabaza..., en profeta, en nuestro caso. El profeta ha de abrirse conscientemente a la llamada, aceptar la relación de intimidad que Aquel de quien habrá de ser portavoz le ofrece, y obedecer absolutamente al envío de anunciar y ser "Evangelio vivo".

        No siento que mi fe tenga aún la suficiente calidad y medida como para constituirme en profeta en medio de mis hermanos y hermanas. Pero sí siento que lo deseo: deseo responder a mi misión profética como bautizada. Quizá hoy nuestra meditación pueda alimentarse de estas tres preguntas: 

1) El Señor nos dice: "Todo lo que te mande dirás... he puesto mis palabras en tu boca" (Jr 1,7.9). ¿Qué necesito mejorar o cambiar en mi vida para que mi boca esté habitada por las palabras de Dios?

2) El Señor nos envía a "extirpar y destruir, perder y derrocar, reconstruir y plantar" (Jr 1,10). Jesús "extirpó" y "plantó", "destruyó" y "construyó". ¿Qué actitudes o acciones concretas implica ese encargo simbólico de "extirpar" y "plantar" en mi vida personal y en mi tarea socio-eclesial? ¿Qué he de "arrancar" y "plantar", con mis palabras y acciones?

3) ¿El miedo me paraliza e inhibe cuando tengo la certeza de que se requiere de mí una palabra de evangelio, o confío en que Dios está conmigo siempre y en que habla y actúa conmigo?

 

 

  3. Oramos

 

1) Oración al Profeta de Nazaret

Profeta de Nazaret, amado del Padre,

te recibimos,

abrimos, de par en par, las puertas de nuestra casa

para que entres hoy,

para que nos anuncies la Buena Nueva hoy,

para que rompas nuestras esclavitudes

y nos regales el don de la verdadera libertad,

la que existe donde está tu Espíritu, hoy.

 

Nuestros ojos están fijos en ti,

necesitados de salvación.

Ven, cada hoy de nuestra vida,

y danos la tuya, tu Vida abundante que anhelamos.

 

Profeta de Nazaret,

perdona nuestra incredulidad, a veces.

Te hiciste tan semejante a nosotros

que es difícil creer 

que todas las promesas anunciadas desde antiguo

habrían de cumplirse en ti, el joven carpintero,

el hijo de María, la joven virgen de Nazaret.

 

Pero nosotros/as creemos que tú eres el Santo,

el Hijo de Dios, 

la Palabra encarnada por amor a nosotros

para anunciar a todos los hombres y a todos los pueblos

el año de gracia del Señor.

 

Que podamos acoger esa gracia con el mismo deseo

con que un pobre recibe el pan,

un preso, la liberación,

un ciego, el don maravilloso de ver nuevamente la luz.

Amén.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

2) Con el salmo 70 de la Liturgia de la Palabra de hoy podemos orar por todos los profetas de hoy que son perseguidos para silenciar en ellos las palabras del Evangelio.

 

A ti, Señor, me acojo:

no quede yo defraudado para siempre;

tú que eres justo, líbrame y ponme a salvo,

inclina a mí tu oído y sálvame.

 

Sé tú mi roca de refugio,

el alcázar donde me salve,

porque mi peña y mi alcázar eres tú.

Dios mío, líbrame de la mano perversa.

 

Porque tú, Dios mío, fuiste mi esperanza

y mi confianza, Señor, desde mi juventud.

En el vientre materno ya me apoyaba en ti;

en el seno, tú me sostenías.

 

Mi boca contará tu auxilio, 

y todo el día tu salvación.

Dios mío, me instruiste desde mi juventud,

y hasta hoy relato tus maravillas.

 

 

 

 

 

 

Mª Concepción López, pddm (España)