1. Leemos        2. Meditamos        3. Oramos

 

 

2. Meditamos

 

 

Durante el Adviento, un día me llegó la invitación de guiar una jornada de retiro para las madres de los niños pobres, niños de la calle. Inmediatamente quise decir NO por muchas razones: el lugar donde estaban estaba muy lejos de nosotras y no sabía cómo llegar; no tenía tiempo para prepararme, porque me lo habían dicho sólo un par de días antes de la fecha y tenía aún un convenio justo el día antes; y además, no hablaba su idioma, con lo cual era muy difícil comunicarme con ellos. Pero la coordinadora era insistente y no quería oír ninguna razón. Me decía simplemente: "Mira, hermana, esta gente no sabe ni siquiera leer ni escribir; ocupan terrenos de otros y esos propietarios quieren barrerles... Queremos sólo que alguien les hable del sentido de su esperanza en la vida. ¿Tienen aún algo que esperar?". La pregunta de la mujer me hizo detenerme. Pensé: no saben escribir ni leer, pero saben escuchar y descifrar lo que ocurre dentro de ellos; saben que sus sentimientos son importantes; saben que su sed tiene que ver con un sentido de Dios en su vida.

        Sé que mis razones eran válidas y me venían aún otras que reforzaban mi No pero, al mismo tiempo, sentía una gran inquietud en el corazón. Parecía oír una fuerte voz que decía: "¡Ve!". Luché dentro de mí hasta que, poco después, oí mi propio: "¡Sí, iré!". No sé cómo ni por qué. También yo me quedé sorprendida de lo que sentí, pero lo que se dice no se puede desdecir. Cuando fui a la capilla, encontré la confirmación: "No temáis: yo estoy con vosotros". Entendí que Dios mismo quería ir y acercarse a aquella gente, pero necesitaba de alguien que lo hiciese por Él.

        Lo que me pasó a mí, puede pasaros a vosotros, a todos vosotros. Visto desde las dificultades y adversidades, algunas misiones parecen imposibles. Y el desaliento viene aún más si nos paramos en nuestra incapacidad. Por eso está bien recordar que Jesús nos invita a formar parte de su misión y él mismo nos sustituye. Por la noche no podemos ver claramente lo que debemos hacer, y nos sentimos tristes porque nuestro trabajo perseverante no produce fruto. Pero quizá estemos tan sólo a un paso de la pesca milagrosa. Las madres estaban tan contentas de la experiencia de retiro que, con mucha convicción, me decían: El Señor vendrá y está cerca, aunque nuestras experiencias cotidianas digan lo contrario.

        "Por nosotros mismos no podemos hacer nada" (Jn 15,5), pero con su ayuda es posible: "Todo lo puedo en aquel que me conforta" (Flp 4,13). Cuando Pedro ha trabajado solo, no ha conseguido nada pero, en el momento en que Jesús entra en su barca, se produce una gran pesca. Justamente desde el momento en que Pedro le ha dado una ocasión y un espacio a la palabra de Jesús, a pesar de sus experiencias y de su falta de éxito, ha quedado asombrado por la pesca.

        Es verdad que somos muy pecadores, pero el Señor no lo tiene en cuenta; por el contrario, nos acerca a Él y quiere que colaboremos en su misión. Pienso en nuestro fundador, el Beato Santiago Alberione. Decía que, si miraba hacia atrás, encontraba siempre una doble historia: la de la misericordia de Dios y la de su propia nulidad. ¡Pero después dice que incluso su nulidad le lleva al Magnificat!

        En el umbral de este nuevo milenio, el papa Juan Pablo II nos hizo una fuerte invitación: Duc in altum! Es una invitación a empeñarnos en vivir con viva consciencia de la primacía de la gracia en nuestra vida cristiana: tomar el pulso a nuestro camino de discipulado, tomar el pulso a nuestras relaciones con Dios y con los demás, tomar el pulso a la búsqueda del sentido de nuestra vida humana y cristiana.

        ¿Cómo hemos acogido la invitación? ¿Cuál es nuestra respuesta?

 

 

  3. Oramos

 

Oración de nuestro fundador, el Beato Santiago Alberione, hecha en canto:

Un pacto, Señor, te propongo;

perdona mi enorme osadía.

Mis límites yo reconozco:

soy débil y mísero en todo.

Tú eres, en cambio, el camino,

tú eres verdad y eres vida, Señor.

 

Mira, Jesús, toda mi pobreza:

nada soy ni tengo, y bien lo sabes tú.

Mira, Jesús, toda mi ignorancia:

nada sé ni puedo, y bien lo sabes tú.

 

Mi vida y mi ser comprometo:

Señor, sólo a ti buscaré:

tu gloria, tu amor, tu querer,

la paz de todos los hombres.

Tú dame la ciencia y la fuerza,

carismas de fe y de entrega total.

 

Gracias, Jesús, muéstrame tu amor

como lo mostraste a Pablo, el apóstol.

Gracias, Jesús, muéstrame tu amor;

siempre con María iré hacia ti.

 

 

 

 

 

Letizia Bantolinao, pddm (Filipinas)