![]() |
Lectura oranteLucas 6,17.20-26invocación inicial - leemos - meditamos - oramos
|
Espíritu
Santo,
Amor
eterno del Padre y del Hijo,
te
adoro, te doy gracias,
te
amo y te pido perdón
por
las veces que te he ofendido
en
mi persona o en el prójimo.
Espíritu
de verdad, te consagro la mente,
la
imaginación, la memoria: ilumíname.
Que
conozca a Cristo Maestro
y
asimile su evangelio
y
la doctrina de la Iglesia.
Acrecienta
en mí el don de la sabiduría,
de la ciencia, de la inteligencia y el consejo.
(Beato Santiago Alberione)
Lucas 6,17.20-26
En aquel tiempo, 17 bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón.
20 Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo:
- Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. 21 Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis. 22 Dichosos vosotros cuando os odien los hombres y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre.
23 Alegraos ese día y saltad de gozo: porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas.
24 Pero, ¡ay de vosotros, los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo! 25 ¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis! 26 ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas.
Orientaciones para la lectura
La
perícopa evangélica que hoy proclama la Iglesia en la celebración eucarística
se encuentra en la sección III del evangelio de san Lucas: narra el
ministerio de Jesús en Galilea (Lc 4,14—9,50).
Comienza
hablando de su actividad en Nazareth, donde recibe la aprobación y acogida en
el primer momento de su predicación, pero bien pronto le sigue el rechazo y la
indignación más fuertes, hasta el extremo de que sus paisanos quieren despeñarlo
“desde el monte sobre el que se asentaba la ciudad”.
En
la parte central de esta sección, Lucas narra algunos milagros y sobre todo las
enseñanzas del Maestro. El texto evangélico de hoy se encuentra precisamente
en esta parte.
Es
un texto que, en su primera parte, evoca el “Sermón de la montaña”
relatado por Mateo (5, 1ss.), con el que coincide en la sustancia, aún
presentando notables diferencias en la forma.
Encontramos ante todo una diferencia topológica, de lugar: Jesús había
subido al monte “para orar”. Después de una noche en oración, “reunió
a sus discípulos, eligió de entre ellos a doce, a quienes dio el nombre de apóstoles”
(Lc 6, 12-13). Y luego baja con ellos y se detiene “en un llano”, “donde
estaban muchos de sus discípulos y un gran gentío”. Desde ese llano
proclama las bienaventuranzas. Algunos llaman a este texto de Lucas,
precisamente por esta razón, “el Sermón de la llanura”.
Otra diferencia: el número: Mateo cita ocho bienaventuranzas; Lucas
cuatro.
Pero,
mientras Mateo refiere el “Sermón de la montaña” (Mt 5, 1—7, 28) como
una larga serie de recomendaciones de Jesús, el Maestro, casi como un código
de vida para quien quiere ser discípulo suyo (en sus relaciones con Dios,
consigo mismo y con el prójimo), Lucas refuerza las cuatro bienaventuranzas
oponiendo a cada una la correspondiente maldición.
En la perícopa de Lucas que estamos meditando, Jesús presenta dos opciones radicalmente opuestas de vida: la opción por el Reino de Dios y la de quien se busca sólo a sí mismo. Dos modos diferentes de concebir la vida, dos destinos diametralmente antagónicos y, por consiguiente también, dos situaciones existenciales: “Dichosos... ¡ay de vosotros!”
Jesús no canoniza, con ello, sencillamente a todos los pobres..., al igual que no condena directamente a todos los ricos... La distinción es más profunda: se trata de saber en qué funda uno la propia seguridad, en qué terreno está construyendo el edificio de su vida. La clave admirable para entender la página de las bienaventuranzas se encuentra en la primera lectura de Jeremías (17,5-8):
“Maldito quien confía en el hombre,
y en la carne busca su fuerza,
apartando su corazón del Señor.
Será como un cardo en la estepa,
no verá llegar el bien;
habitará la aridez del desierto,
tierra salobre e inhóspita.
Bendito quien confía en el Señor
y pone en el Señor su confianza:
será un árbol plantado junto al agua,
que junto a la corriente echa raíces;
cuando llegue el estío no lo sentirá,
su hoja estará verde;
en año de sequía no se inquieta,
no deja de dar fruto"
El cardo es un arbusto estéril y sin ningún valor, que crece en lugares áridos;
el árbol que crece junto al agua produce flores y frutos en abundancia.
Debemos, pues, buscar poder entender qué significa vivir en la propia confianza
y poniendo la seguridad en el hombre, y qué significa vivir por el Reino de
Dios y poniendo la confianza en Él.
Así
podría representarse la vida de uno que vive para sí: la vida es un círculo
en cuyo centro hay un pequeño trono y sobre el trono está escrito: YO. Junto
al trono están pequeños puntos: son las personas, las cosas que nos resultan
simpáticas; las que satisfacen nuestras pasiones... Todo está regulado por el
capricho, el placer o por las cosas por las que estamos obsesionados. Este modo
de vivir perjudica no sólo para la vida eterna, sino también para la presente,
para la salud, la familia.
Un
segundo círculo representa el otro modo de plantear la vida. En el centro está
una persona: Dios. Los pequeños puntos podrán ser la familia, el trabajo, el
estudio, la amistad, la lectura, la escucha de la Palabra de Dios, la oración,
el reposo, la distracción, etc.
Ésta
es una vida “ordenada”.
La pagina del evangelio de hoy es, en verdad, una espada de doble filo: separa y traza dos destinos diametralmente opuestos. Es la versión evangélica de las dos vías o los dos caminos veterotestamentarios: "Mira, yo pongo hoy ante ti vida y felicidad, muerte y desgracia..." (Dt 30,15-20). Pero la suerte que divide en este evangelio a los “dichosos” de los “desventurados” es una barrera traspasable. Hay posibilidad de conversión, de volverse a Dios, de abrazar la bienaventuranza del Reino.
Otra diferencia: en el capítulo 5 de Mateo, el Maestro habla en tercera
persona; en Lucas se dirige directamente a quienes lo están escuchando:
“Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino...”; “¡Ay de vosotros,
los ricos, los que ahora estáis satisfechos...”
Parece
como si Jesús, con este discurso directo, quisiera que cada uno de nosotros se
sintiera implicado e interpelado personalmente. En efecto, no resulta fácil o
no tendría que serlo escuchar este pasaje evangélico sin sentirse casi temblar
e impulsados a un examen. Porque aquí Jesús no habla para mi vecina; se dirige
a mí. Soy yo la que puedo pertenecer a una categoría o a la otra; es más,
ciertamente en algunos momentos estoy más de un lado o del otro.
En la vida de cada día tenemos la impresión de que no se puede distinguir de forma radical y clara el blanco del negro; siempre hay colores intermedios, escalas de grises. Casi nunca, en la realidad, por fortuna, nuestras opciones son tan definitivas que no permitan pasar a un cambio de situación. Siempre nuestro Dios es Dios Padre rico en misericordia, que nos ofrece la posibilidad de una conversión. Entonces, escucharemos de labios del Maestro el “dichosos...”, cuyo premio será: el Reino de Dios, la saciedad, la alegría, una recompensa grande en el cielo.
![]()
Inicio
© Pías Discípulas
del Divino Maestro
C/ Canal
de la Mancha, 2
28022 –
Madrid
Tlf.: 91 741 27 18