Las palabras de Jesús me hacen reflexionar, meditar, preguntarme de qué lado estoy hoy. Y, por si la palabra del evangelio no nos fuese suficientemente clara, o no nos resultase fácil ponernos en una u otra fila, la de los “dichosos” o la de los “ayes”, en la celebración eucarística de este VI domingo del Tiempo Ordinario se nos regala otra Palabra, la del profeta Jeremías en la primera lectura.
En
ella encuentro casi hoy “la clave” para penetrar en la página de las
bienaventuranzas y de los ayes pronunciados por Jesús. Me ayuda así a
confrontar mi vida, a reflejarme en la misma enseñanza del Señor:
“¡Maldito
quien confía en el hombre,
apartando
su corazón del Señor!...
Será
como un cardo en la estepa...
habitará
en la aridez del desierto,
tierra
salobre e inhóspita.
Bendito
quien confía en el Señor...
Será
como un árbol
plantado
junto al agua...
cuando
llegue el estío no lo sentirá,
su
hoja estará verde;
en
año de sequía no se inquieta,
no
deja de dar fruto” (Jer 17, 5-8).
El “pobre de espíritu”, el que hoy tiene hambre y el que llora
ahora, es el hombre, la mujer que no se
apoyan en sí mismos ni ponen toda su seguridad en los hombres; su fuerza, su
apoyo lo hallan plenamente en Dios. Él es la roca firme sobre la cual sienten
que pueden construir su casa, su vida, su proyecto al servicio del Reino de
Dios.
Naturalmente, el Señor quiere también que confiemos en los demás, que
confiemos los unos en los otros. “Ningún hombre es una isla” o no debe
serlo. Nos necesitamos los unos a los otros para “crecer” como personas,
para vivir con mayor serenidad y construir juntos un mundo mejor, más solidario
y feliz: el mundo conforme al corazón de Dios.
También tengo que confiar en mí misma valorando los dones y riquezas
que el Señor me ha regalado.
Pero por encima de todo, nuestra roca, nuestro baluarte firme es el Señor.
En palabras del salmo:
“Sólo
en Dios descansa mi alma,
porque
de él viene mi salvación;
sólo
él es mi roca y mi salvación,
mi
alcázar: no vacilaré”(61, 1-3).
También la antífona de entrada de este VI domingo está en la misma
onda: nos invita a poner en el Señor toda nuestra confianza.
“Sé
la roca de mi refugio, Señor,
un
baluarte donde me salve,
tú
que eres mi roca y mi baluarte;
por tu nombre dirígeme y guíame” (sal 30, 3-4).
En sintonía con toda la liturgia de la Palabra de este domingo, quiero orar meditando y contemplando el salmo responsorial, el salmo 1, que abre el Salterio: salmo sapiencial, que, en forma poética, presenta como en un cuadro, las dos opciones, las dos “vías” que hemos encontrado en el evangelio y en la primera lectura:
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Dichoso
el hombre que
no sigue el consejo de los impíos, ni
entra por la senda de los pecadores, ni
se sienta en la reunión de los cínicos, sino
que su gozo es la ley del Señor, y
medita su ley día y noche. Será
como un árbol plantado
al borde de la acequia: da
fruto en su sazón, y
no se marchitan sus hojas; y
cuanto emprende tiene buen fin. No
así los impíos, no así: serán
paja que arrebata el viento. Porque
el Señor protege el camino de los justos, Pero el camino de los impíos acaba mal. |
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Concepción González, pddm (España)