Si leemos el evangelio de hoy en nuestra Biblia, veremos que comienza por un "pero", que está en conexión con aquellos que escuchan y se hacen pobres, y en contradicción con los ricos. La pobreza nos hace escuchar, y la escucha nos hace pobres. La experiencia primordial del creyente es la de ser amado por Dios cuando todavía es pecador y, por tanto, su enemigo (Rm 5,6-11). Y el amor que se nos pide no es simple amistad (philia), sino respuesta al agape, al amor que se expone primero, sin intereses, sin esperar nada a cambio, capaz de amar hasta el extremo de dar la vida. Juan, en su primera carta, capítulo 4,10 dice: "En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó...". El amor al enemigo es el arma mejor para vencer al mal, pero no es tan fácil. Así pues, esta palabra está dirigida, en primer lugar, a mí, me descubre mi pecado y mi necesidad de perdón. Si todavía no soy capaz de perdonar y amar a los enemigos, significa que soy todavía su enemigo y debo, antes que nada, experimentar su perdón hacia mí.
Cuando en la Biblia se habla de misericordia, inmediatamente, me viene a la memoria aquella pequeña historia del libro de Jonás que se puede leer toda de un tirón. Jonás es enviado por Dios a Nínive, la ciudad poderosa, símbolo de la riqueza, la violencia y la opresión. Podemos decir que Nínive es el enemigo por antonomasia de Israel; efectivamente, ha destruido diez de las doce tribus de Israel, ha asesinado a sus padres. Por ello, Jonás no va a Nínive, sino al lugar contrario, para huir del Señor; pero sabemos lo que sucede en el barco mientras parte... (cf. Jon 1-2).
Por segunda vez, Dios llama a Jonás para que predique en Nínive la conversión, y aún podemos notar su disgusto al ver que Dios se había compadecido del mal que había amenazado con hacer a Nínive porque Nínive se convirtió. Jonás se disgustó y se indispuso al ver el perdón de Dios; su confesión en el capítulo 4 lo confirma: "Fue por eso por lo que me apresuré a huir a Tarsis, porque bien sabía yo que Tú eres un Dios clemente y misericordioso, tardo a la cólera y rico en amor, que se arrepiente del mal" (Jon 4, 2).
Esta narración, que es una especie de cuentecillo edificante, nos hace entender cómo muy a menudo nosotros queremos un Dios que nos perdone pero, al mismo tiempo, que sea un Dios justo y que juzgue según la ley del talión. Es difícil aceptar que Dios sea misericordioso con quien nos ha hecho el mal, si primero no hemos experimentado su misericordia y su perdón.
El amor al enemigo será, entonces, la verificación de que verdaderamente hemos encontrado a Dios y nos hemos dejado amar por Él. El suyo es un amor de misericordia que sabe perdonarlo todo y hacerse cargo de cada alejamiento nuestro. Es un amor recreador, más fuerte que el amor mismo que ha creado. Si amar es engendrar un hijo, perdonar es resucitar a un muerto. Quien no perdona no es perdonado (Mt 6,15). El amor no es sólo una actitud interior, sino que se expresa más en los hechos que en las palabras ("haced el bien").
Esta palabra evangélica nos revoluciona interiormente y nos educa a vivir la grandeza ilimitada de su amor, gozando del respiro y la libertad de quien es capaz de amar. El mundo nuevo que Jesús ha inaugurado nos lleva a vivir y a compartir un amor sin fronteras. Sólo a partir de Él, experimentando su amor y su perdón, podemos también nosotros, injertados en Él, amar a nuestros enemigos, hacer el bien a los que nos odian, bendecir a los que nos maldicen, orar por los que nos maltratan.
1) Oración de San Francisco (para la asamblea)
1) Oración de San Francisco (para la asamblea)
Todos:
Oh, Señor, haz de mí un instrumento de tu paz.
Que donde haya odio, lleve yo tu amor.
Donde haya ofensa, lleve tu perdón.
Donde haya discordia, siembre la armonía.
Donde haya error, lleve la verdad.
Donde haya duda, ponga yo la fe.
Donde haya desesperación, lleve la esperanza.
Donde haya tinieblas, lleve yo la luz.
Donde haya tristeza, lleve la alegría.
Lector/a:
Oh, Señor, haz que no busque tanto ser consolado como consolar;
ser comprendido, como comprender;
ser amado, como amar.
Todos:
Porque sólo olvidándose se encuentra uno a sí mismo,
sólo perdonando se es perdonado;
sólo muriendo se resucita a la vida eterna.
Amén.
Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre;
bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus muchos beneficios.
Él perdona todas tus culpas,
cura todas tus enfermedades;
Él rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura,
satura de bienes tu existencia,
mientras tu juventud renueva como el águila.
El Señor es clemente y compasivo,
lento a la cólera y rico en amor;
no se querella eternamente,
ni guarda rencor perpetuo;
no nos trata como merecen nuestros pecados,
ni nos paga según nuestras culpas.
Como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestras culpas.
Como un padre siente ternura por sus hijos,
siente el Señor ternura hacia quienes se fían de Él.
![]()