La lectura orante de este evangelio nos apremia con dos preguntas dirigidas a nuestro estilo de vida creyente:
En
primer lugar: ¿Cuál es nuestra oración? ¿Cómo es? ¿Es Jesús el Maestro de
nuestra oración? Cuando nos encontramos con Dios, ¿cómo es nuestra relación con
Él? ¿Es una relación filial? La buena noticia que nos ha traído Jesús es ésta:
Dios es nuestro Padre. Podemos dirigirnos a Él con toda nuestra vida, con todos
nuestras necesidades, creyendo que Él nos da todo lo mejor. Jesús nos llama a la
insistencia y perseverancia en la oración.
Por
otra parte, la paternidad de Dios significa fraternidad entre todos los hombres.
Nos convertimos en una familia. Así pues, podemos preguntarnos: ¿vemos en los
otros a nuestros hermanos, hijos de Dios Padre? ¿Nos fijamos en sus necesidades?
De vez en cuando podemos darles a los otros, a los pobres, su pan cotidiano.
Pero a menudo sucede que dar el pan significa dar ayuda, una sonrisa,
comprensión y, sobre todo, conducirles a encontrar al Pan verdadero, Jesucristo.
¿Lo hacemos? ¿Nos atrevemos a dar a Jesús, Pan de Vida?
Nos dirigimos a Dios como verdaderos hijos hacia el Padre, con gran confianza:
1. Salmo 131
Mi corazón, Señor, no es engreído,
ni son mis ojos altaneros.
No doy vía libre a la grandeza,
ni a prodigios que me superan.
No, me mantengo en paz y silencio,
como niño en el regazo materno.
Mi deseo no supera al de un niño.
Espera, Israel, en el Señor,
desde ahora y por siempre.

2. Salmo 121
Alzo mis ojos a los montes,
¿de dónde me vendrá mi auxilio?
Mi auxilio viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.
No deja a tu pie resbalar.
No duerme tu guardián.
No duerme ni dormita
el guardián de Israel.
Es tu guardián el Señor,
el Señor, tu sombra, a tu derecha.
De día el sol no te herirá,
tampoco la luna de noche.
El Señor te guarda del mal,
él guarda tu vida.
El Señor guarda tus entradas y salidas,
desde ahora para siempre.
3. Oseas 11,1-4
Cuando Israel era niño, lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo.
Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí:
ofrecían sacrificios a los Baales, e incienso a los ídolos.
Yo enseñé a caminar a Efraín,
tomándole por los brazos,
pero ellos no sabían que yo los cuidaba.
Con cuerdas humanas los atraía,
con lazos de amor;
yo era para ellos como los que alzan a un niño contra su mejilla
me inclinaba hacia él y le daba de comer.
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Judyta Pudelko, pddm (Polonia)