EL CRISTIANO NO TIEMBLA, SE ALEGRA
Celebrábamos hace una semana la solemnidad de Cristo, Rey del universo y
festejábamos que no existe fuerza alguna por encima de él. Si proclamamos que
Cristo es el rey del universo es que todas las fuerzas le están sometidas y
nada ni nadie tiene poder sobre él. Algo similar parece representar la escena
del evangelio de hoy. Resulta que “habrá signos en el sol y la luna y las
estrellas”, y en la tierra los hombres sentirán angustia por el enorme
“estruendo del mar y el oleaje”, pero entonces aparecerá el Hijo del
Hombre con gran poder y gloria. Esta imagen no dista mucho de cómo imaginamos a
los reyes en nuestro mundo. Nos resulta difícil pensar en un rey sin poderío y
majestad, sin dominio y cortes que le sirvan. Precisamente hablábamos de un
reino que no es de este mundo, de un rey que ha venido para ser testigo de la
verdad y ahora el evangelio nos sorprende con el Hijo del Hombre que viene en
una nube. ¡Qué difícil es a veces entrar en la esencia y el misterio del
verdadero Jesús! Pero el Espíritu nos ha enseñado ya muchas cosas, y así
como su reino es de justicia y paz, de servicio y de verdad, esta semana el
evangelio no pretende asustarnos sino recordarnos la grandeza de un Dios que
viene a nosotros y que está por encima de todo aquello que nos asusta y nos
hace tambalear. Y es que el cristiano no es el hombre que tiembla sino que se
alegra por la venida del Dios entrañable y sale a su encuentro con enorme
confianza. Nuestro Dios no es el Dios terrorífico que se entretiene moviendo
los astros para indicarnos que ya llega y por eso es preciso asustarse y
temerle.
La humanidad ha vivido momentos muy trágicos, los pueblos de la tierra han sufrido verdaderos dramas, los hombres y mujeres de nuestro mundo siguen viviendo en su propia carne situaciones verdaderamente dolorosas que bien “merecerían” una aparición del Hijo del Hombre que hiciera justicia entre las gentes y acabara con tanta angustia humana. Pero no es éste su estilo ni su opción.
Los signos en nuestro mundo son múltiples, estamos rodeados de ellos por
todas partes si queremos encontrar a Dios en nuestra historia y en la de la
humanidad. Si abrimos bien los ojos, descubriremos a Jesús que viene en los
acontecimientos cotidianos –no en la nube de la prepotencia o de las grandes
intervenciones. En todos los eventos viene el Señor a nosotros cada día, en
cada situación, en cada encuentro... Como cristianos que creen en la Encarnación
no podemos buscar a Dios en lo espectacular o en las grandes catástrofes, no
podemos esperar circunstancias o signos especiales, no podemos pretender
hallarlo sólo en el estruendo que angustia a nuestras gentes aunque también
aquí esté.
Es preciso que el Espíritu nos acompañe en nuestro paso por la historia
para reconocer a Dios en lo habitual, lo
pequeño y lo sencillo. Pero deberá asistirnos también en la lectura de los
tiempos que vivimos para que no se nos escape su presencia liberadora allá
donde quiere hacerse realmente presente el Reino de Dios.
Hoy más que nunca es preciso estar atentos para que no se embote nuestra
mente con los criterios de una vida facilona y cómoda que rehuye el servicio y
la entrega y busca por encima de todo los propios intereses. Hoy los vicios del
consumo y la apariencia pueden hacernos ciegos a los verdaderos valores y caer
rendidos como esclavos de una sociedad preocupada exclusivamente por el dinero y
el éxito.
Si no vigilamos nuestra vida, transcurrirá vacía, nuestros días pueden
sucederse sin vivirlos enzarzados en un montón de preocupaciones sutiles que
nos mantendrán atados sin darnos cuenta. Tales hilos sutilísimos se convertirán
en un lazo si no vivimos en una permanente revisión y búsqueda de lo esencial.
Urge en nuestros días vivir con la cabeza bien levantada, erguidos,
mirando al frente, observando la vida cara a cara, con los ojos bien abiertos,
sin miedo, para que no nos arrastren corrientes que no deseamos, para que
nuestra vida no se convierta en instrumento que otros muevan a su antojo, para
que nuestras horas sean vividas en la libertad de los hijos e hijas de Dios que
optan y eligen lo que quieren vivir para construir el Reino de Dios aquí y
ahora.
Los cristianos no podemos vivir arrastrándonos, sino como mujeres y hombres liberados que han experimentado que sólo la verdad y el caminar tras las huellas del Resucitado hacen realmente libres. Es muy fácil dejar que nuestra mente se embote, por eso es preciso clamar constantemente al Señor y pedirle fuerza para poder escapar de las continuas esclavitudes y engaños en los que podemos enzarzarnos. “El Espíritu está pronto pero la carne es débil” (Mc 14,38) y por ello sólo con la fuerza de la gracia y de su misericordia podremos mantenernos en pie ante nuestro Dios hoy y en aquel día; “nosotros no vivimos en tinieblas para que ese día no nos sorprenda como un ladrón, porque somos hijos de la luz e hijos del día, no lo somos de la noche” (cf. I Tes.5,4-5).
Los cristianos hemos de vivir despiertos y vigilantes para
descubrir al Hijo del Hombre que viene continuamente a nuestros rincones
y construye su Reino con los gestos, las palabras y los silencios de los hombres
y mujeres de todos los tiempos, también de los nuestros. Pero no menos atención
se nos pide para poder vislumbrar todo aquello que, como cizaña, crece entre
nosotros y nos seduce sin apenas percibirlo.
Los cristianos no somos esos seres catastróficos que en su boca siempre
tienen profecías de desencanto para asustar a los
hombres y mujeres de su tiempo; por el contrario, los cristianos somos los
que han de levantar la bandera de la esperanza para que hondee en cualquier
situación por oscura que parezca a primera vista, porque sabemos que todo
un Dios viene a cada instante a nuestra propia historia, está con nosotros y lo
estará para siempre porque somos de él y nada ni nadie podrá separarnos de su
amor eterno, ni principados ni potestades, ni fuerza alguna, ya que un día nos
compró con su propia sangre.
Los cristianos sabemos que nuestro Dios no es un ser vengador que desea
sorprendernos para castigarnos. Por eso no somos seres miedosos, pues el Dios de
Jesús es un “Dios de vivos y no de muertos”, porque, a pesar de
nuestro pecado del que somos bien conscientes, siempre podemos “acercarnos
con seguridad al trono de la gracia para alcanzar misericordia y encontrar
gracia que nos auxilie oportunamente” (cf. Hb 4,16) ya que “tenemos
un sumo sacerdote capaz de compadecerse de nuestras debilidades” (cfr Hb
4,15).
Porque no tememos al Dios que viene y vendrá sino que lo esperamos amorosamente, nos comprometemos a levantar su Reino con nuestras pequeñas manos; y, porque lo anhelamos, sobre todo con los que más sufren su ausencia en este mundo, nos atrevemos a gritar, alzada nuestra cabeza: “Continúa viniendo Señor y concédenos una mirada que te reconozca”.
Oración
personal
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deseamos
que se robustezca nuestra esperanza para que no nos falten deseos del
Señor de la Vida que
viene y vendrá. Deseo
que mis deseos sean apasionados, deseo
que mi espera no se enfríe, deseo
que mi caridad no decaiga, deseo
que mi oración no sea rutinaria. Deseo
que mi vida no sea de pasada, deseo que mi corazón lata al compás de
muchos otros, deseo
que mi fe no se sienta asegurada, deseo
que mi canto testimonie mi esperanza. Sí,
Señor que vienes, haznos
seres llenos de deseos, hombres
y mujeres de esperanza, que
aún esperan de la vida la sorpresa que
puede regalarnos cada jornada. Mujeres
y hombres liberados por la fuerza sorprendente de tu mirada y tu Palabra.
|
Mujeres
y hombres despiertos porque se han encontrado contigo y
no pueden vivir aletargados. Mujeres
y hombres valientes que han disuelto sus miedos al calor de
tu corazón. Mujeres
y hombres del Reino constructores que
no pueden vivir sus días sin responder a los clamores de otros corazones. |
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Mª del Pilar Casarrubios, pddm (España)