Invocación inicial - leemos - meditamos - oramos
Espíritu
de Dios, sin Ti, la Palabra es letra muerta,
como
un eco lejano e incomprensible,
sin
importancia y ajeno a mi vida.
Sin
Ti, el Evangelio no es Buena Noticia,
porque
no tiene el poder de salvar.
Sin
Ti, la esperanza y la fe están adormecidas
y
el sepulcro vacío está en silencio.
Espíritu
de Dios, desciende sobre mí
cuando
escucho la Palabra,
sacude
los cimientos de mi casa
con
la desconcertante noticia
de
la Resurrección del Señor Crucificado.
Dame
los ojos de la fe, para que vea y crea,
ponme
en camino hacia la Luz,
y
haz que el Evangelio me levante
con la fuerza vivificante de la Resurrección.
La
Pascua es la fiesta más importante del año litúrgico cristiano. Todo
en la vida adquiere luz y sentido desde la Resurrección del Señor.
Hoy vamos a orar con la primera lectura del Domingo. Como siempre, el primer paso será leer y releer despacio el texto bíblico que ofrecemos a continuación.

34a
En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:
-
37 Hermanos: Vosotros conocéis lo que sucedió en el país de los
judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. 38
Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu
Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo;
porque Dios estaba con Él.
39
Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo
mataron colgándolo de un madero. 40 Pero Dios lo resucitó al tercer
día y nos lo hizo ver, 41 no a todo el pueblo, sino a los testigos
que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después
de su resurrección.
42 Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. 43 El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en Él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados.
Orientaciones para la lectura
1.
Durante los cincuenta días que dura la Pascua hasta Pentecostés, tanto las
primeras lecturas de los domingos como las de diario están tomadas del libro de
los Hechos de los apóstoles. Por eso es una buena ocasión para leerlo
entero, siguiendo el ritmo de nuestra liturgia.
El libro de los Hechos es la narración de la expansión del Evangelio, desde Jerusalén hasta los confines del mundo entonces conocido. Una evangelización que se lleva a cabo por la acción del Espíritu Santo, tras Pentecostés. Por eso se puede decir que los Hechos son el Evangelio del Espíritu.
Este
libro es, además, un retrato de la primitiva Iglesia, desde los ojos de
Lucas, y nos presenta a las dos grandes columnas de la Iglesia: los apóstoles Pedro
y Pablo.
2.
La lectura de este primer domingo de Pascua es un pequeño discurso que Pedro
pronuncia en la casa de un centurión romano: Cornelio. Lo cual indica
que el evangelio comienza a extenderse a los paganos. La salvación es
universal, es para todos.
Este
discurso es una catequesis que contiene los puntos esenciales del kerigma
primitivo (es decir, del anuncio o proclamación de la Iglesia primera). ¿Cuál
es el contenido de esta catequesis? Se resume fácilmente: es Jesús (su
vida, muerte y resurrección) y la misión de la Iglesia.
2.1.
La vida.
Fíjate en lo que dice Pedro
sobre la persona y la vida de Jesús de Nazaret:
a)
Es el ungido por Dios con el Espíritu, es decir, es el Mesías, el
elegido, el predilecto de Dios. Recordemos el episodio del Bautismo de Jesús
por parte de Juan, en el que el Espíritu llenó a Jesús y el Padre lo proclamó:
"Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco" (Mt 3,16-17).
Este amor del Padre constituye la identidad de Jesús: Él es el Hijo amado.
b)
Pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos. Así de
sencilla es la vida del Señor. Pasó haciendo el bien. Los evangelios resumen
la actividad de Jesús con pequeños sumarios como el siguiente:
"Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando
la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia del
pueblo" (Mt 4,23). En esas actividades se concretó su "hacer el
bien".
c)
... porque Dios estaba con Él: Lo que Jesús hace y dice es lo que ve
hacer al Padre (Jn 5,20) y le oye decir (Jn 8,26.38; 15,15). Jesús
está íntimamente unido a su Padre, de modo que puede decir: "El
Padre está conmigo" (Jn 16,32), "Yo y el Padre somos una sola
cosa" (Jn 10,30).
2.2.
La muerte. Observa cómo Pedro habla de la muerte del Señor:
"Lo mataron colgándolo de un madero". La muerte de Jesús en
la cruz fue algo terriblemente desconcertante para los judíos, un verdadero escándalo
(cf. 1 Cor 1,23). Porque dice el Dt 21,23: "Maldito de Dios todo el
que está colgado de un madero". Sin embargo, aquel al que la ley y los
hombres consideraban "maldito", "herido de Dios y
humillado", era el "bendito de Dios", el Hijo que crucificó,
en Él, todo el pecado del mundo.
2.3.
La Resurrección. "Pero Dios lo resucitó". Ése
es el anuncio sorprendente de la Iglesia apostólica. Aunque Jesús pasó dando
vida a todos, recibió como premio la muerte de un malhechor. En contraste con
esta injusticia de los hombres está la justicia de Dios que resucita a Jesús y
apoya su verdad. Es como si, con ello, el Padre dijera: "Sí, éste es mi
Hijo amado, Éste es el Mesías, Éste es el Salvador".
2.4.
La misión de la Iglesia. Observa quiénes son los testigos
del Señor: quienes vivieron y oyeron lo que hizo en Galilea, Judea y Jerusalén,
y quienes "comieron y bebieron con Él después de su resurrección",
es decir, quienes lo conocieron y fueron sus discípulos durante su vida, y
quienes fueron testigos directos de su resurrección. El mensaje que éstos
han de anunciar es que los que creen en Jesús reciben el perdón, la gracia, la
salvación.
3. Tras el discurso de Pedro, el Espíritu Santo se derramó sobre Cornelio y sobre los demás paganos que estaban con él, y fueron bautizados. Esto quiere decir que no hay obstáculos para la salvación, que la Luz del Señor Resucitado es capaz de iluminar absolutamente todas las oscuridades del mundo, a todos los hombres, a todos los pueblos, todas las situaciones y toda la realidad.
Jesús "pasó
haciendo el bien". ¿Crees que quienes viven y se relacionan contigo
dirían lo mismo de ti? ¿Qué huellas dejas en quienes te conocen?
"Lo mataron colgándolo
de un madero". Ése fue el aparente destino de Jesús en la historia:
la ingratitud, la injusticia, el odio, la conspiración y la muerte. Cuando
realizas tu tarea evangelizadora, ¿esperas que digan bien de ti, que te
estimen por ello? ¿esperas tener buena fama y prestigio? ¿Sientes que
anuncias el evangelio desde la gratitud y la gratuidad o esperas
recompensas humanas?
¿Es
tu palabra complaciente con todos o defiendes la justicia aunque te ganes
antipatías y enemistades?
"Lo mataron...
pero Dios lo resucitó". ¿Crees que Dios puede transformar las
realidades de muerte en vida, la tristeza en gozo, el luto en danza? ¿Te
consideras un hombre o mujer de esperanza?
"Nosotros somos
testigos". Sólo quien
tiene experiencia personal del Señor, quien le contempla y le escucha,
quien camina con Él, quien le conoce y le ama puede ser su testigo. ¿Sientes
que eres un apóstol del Señor, llamado/a a anunciar su resurrección?
"Quienes creen
en Él reciben el perdón". ¿Te sientes perdonado/a por Dios? ¿Te
sientes agraciado/a por el don de su salvación o sientes que tu pecado es más
grande que el amor de Dios? Recuerda: "Donde abundó el pecado
sobreabundó la gracia, en Cristo Jesús, Señor nuestro" (cf. Rm
5,20).
Da gracias
a Dios por el don de la fe y por las celebraciones del Triduo Pascual en las que
has recordado y actualizado la muerte y resurrección del Señor. Da gracias
por el fruto que sientes que estas celebraciones han dejado en ti.
María Magdalena, en el
evangelio de este domingo (Jn 20,1-9), busca al Viviente en el sepulcro. Pide
perdón a Dios si, como ella, a veces piensas y actúas como si Dios
estuviera muerto.
Pídele
al Señor la fuerza y la gracia de ser testigo de su resurrección, como Pedro y
los demás apóstoles.
Intercede
por quienes no creen en Jesús para que, como Cornelio, reciban la luz de la fe.
Puedes terminar rezando
la siguiente oración:
Dice
un sabio en la Escritura que todos venimos del polvo y todos volveremos a él.
Pero
yo estoy convencido, Padre, de que son tus manos, y no el polvo, el último
destino de nuestras vidas, y de que también desde el reino de la muerte llegará
a Ti nuestra alabanza.
Porque
Tú has puesto en mis ojos, Padre, una luz que me permite contemplar ya en el
grano de trigo que se pudre en la tierra, la espiga que va a brotar (Jn 12,24),
y cuando una mujer grita de dolor en su parto, yo estoy ya escuchando el llanto
del niño que nace (Jn 16,21).
En
esta mañana de Resurrección, Padre, la luz brilla con más fuerza, nuestras lágrimas
se trocan en cantares, la boca se nos llena de risas, y la danza sustituye al
luto
-
porque Tú no has abandonado a tu Hijo al poder de la muerte,
-
porque la piedra está quitada y el sepulcro está vacío,
-
porque la última palabra la tendrás siempre Tú, Señor que amas la vida (Sb
11,26).
Por eso te damos gracias a boca llena y cantamos tu amor y fidelidad por siempre.
(Oración
inspirada en Dolores A., Contar a Jesús, Madrid 2002, 262)
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Mª Concepción López, pddm (España)
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