Llega otra vez la Cuaresma, y la Iglesia sacude nuestra vida cristiana, un poco adormecida, reclamando de nosotros (casi arrastrándonos...) a entrar en un desierto en el que, como a Israel y a Jesús, nos esperan “tentaciones” y “pruebas”. Pero ¿en qué puede consistir ese “desierto” si externamente todo permanece igual: la rutina diaria, el bullicio del trabajo, de la calle o el supermercado, las idas y venidas a la oficina o a la compra, el colegio de los niños...? ¿Dónde está ese “desierto” en el que Dios nos quiere hacer entrar durante cuarenta días y cuarenta noches?
Y
me digo que ese desierto hemos de inventárnoslo nosotros, y saber
cuidarlo como un espacio privilegiado en el que a diario, o semanalmente,
podamos retirarnos a leer y meditar la Palabra, cada día, y preguntarnos si
podemos parecernos en algo a Jesús.
Hoy
trato de dejarme llevar por el Espíritu a los lugares donde acontecen mis
“tentaciones”, que son todos los lugares en los que habita mi corazón. Allí
donde está mi corazón frágil y pecador, la realidad se me presenta
ambivalente: toda la realidad puede llevarme a una amorosa y obstinada
afirmación de Dios como mi único Señor, o puede alimentar mi narcisismo,
mi egoísmo, mi afán de posesión, mi ambición o mi complejo de superioridad.
Toda la realidad puede gritarme: "¡Eres hijo/hija de Dios!, o puede
hacerme dudar de esa verdad, que es mi verdad más radical y fundante.
El Señor Jesús nos enseña cómo responder a todas las tentaciones que nos apartan del amor del Padre. Él nos enseña a “pegarnos” a Dios y a fiarnos de Él de todo corazón y contra toda duda.
Súplica al Padre, única Roca, alimento, tesoro
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Padre mío, sé Tú la Roca firme en que me apoyo cuando
arrecia la tormenta, el pan en el que se sacia mi vida, cuando
el hambre arrastra mi deseo hacia
alimentos que no dan hartura: la
presunción, el orgullo, el afán de consumo, el ansia de aparentar y tener, el
creerme más que los demás. Padre
mío, si mi alma está saciada en ti, seré
como un niño recién amamantado, que
descansa, satisfecho, sobre el pecho de su madre; seré
como quien encuentra un tesoro y
puede vender, con total desprendimiento y alegría, el resto de sus bienes, porque todo es nada frente
a aquel tesoro inagotable. Padre,
te suplico que seas Tú mi alimento, mi comida, mi tesoro, mi
Dios y mi Todo, como lo fuiste para Jesús. Así
podré rechazar las voces tentadoras que ponen ante mis ojos la
superioridad del poder y la riqueza frente
a la debilidad y la pobreza que
tienen como única Fuerza, Gozo y Bien a su Dios y Señor. |
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Mª Concepción López, pddm (España)