
Oración inicial - leemos - meditamos - oramos
Súplica antes de comenzar la lectura
Ven, Señor, y llévame a un lugar interior en el que mi mente pueda reposar en ti,
pararse en ti, descansar de su inquietud continua, y dejarse encontrar en tu silencio.
Llévame más allá, más adentro, del oleaje agitado de mis preocupaciones y proyectos.
Llévame a ese jardín secreto en el que Tú me esperas siempre para hacerme nueva,
aunque yo falte a la cita, una y otra vez, perdida en el bullicio de mi corazón extrovertido.
Condúceme a ti, Señor, te lo suplico, hoy que mi alma te busca con hambre
y sed de tu Palabra de Vida.
Que ella sea lámpara para mis pies de caminante, todos los días.
Lucas 16,19-31
En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:
- 19 Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día.
20 Y un mendigo, llamado Lázaro, estaba echado en su portal, cubierto de llagas, 21 y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico, pero nadie se lo daba.
Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas. 22 Sucedió que se murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán.
Se murió también el rico y lo enterraron. 23 Y estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán y a Lázaro en su seno 24 y gritó:
"Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas".
25 Pero Abrahán le contestó:
"Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida y Lázaro, a su vez, males; por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces.
26 Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros".
27 El rico insistió:
"Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, 28 porque tengo cinco hermanos para que, con su testimonio, eviten que vengan también ellos a este lugar de tormento".
29 Abrahán le dice:
"Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen".
30 El rico contestó:
"No, padre Abrahán. Pero, si un muerto va a verlos, se arrepentirán".
31 Abrahán le dijo:
"Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso aunque resucite un muerto".
Orientaciones para la lectura y la meditación
En el capítulo 16 del evangelio de Lucas, encontramos a Jesús camino de
Jerusalén, hacia el cumplimiento de la voluntad del Padre. Al principio del capítulo,
Jesús enseña la actitud justa en el uso del dinero, el comportamiento
recto con los bienes recibidos en este mundo (16,1-15). Después enseña la
novedad que trae consigo el Reino de Dios y que exige ir más allá de la
justicia sólo humana, conocida en la primera Alianza, y cumplirla de modo
nuevo (16,16: "La Ley y los Profetas llegan hasta Juan; desde ahí
comienza a anunciarse la Buena Nueva del Reino de Dios y todos se esfuerzan con
violencia por entrar en él".). Para unir estos dos argumentos (el uso
del dinero y la justicia nueva), Lucas se vale de una parábola contada por Jesús
(16,19-31).
Primera parte: vv. 19-22
En la parábola encontramos a dos personajes contrapuestos. El hombre rico es una persona anónima, sin nombre, es decir, sin identidad humana, porque esta identidad sólo se puede encontrar en Dios. De este personaje se describe sólo lo externo: sus vestidos y su comportamiento. Sus vestidos estaban hechos con ricas telas, usadas habitualmente en el santuario (Esd 25,4), en las vestiduras sacerdotales (Esd 39,12) y por los poderosos de la tierra (Dn 5,7). Así, por ejemplo, las mujeres de Is 3,23.
La vida externa del rico era la fiesta. Todos los días "banqueteaba
espléndidament
e".
Es algo extraño: la vida humana sobre la tierra es muy exigente. Tras el pecado
original, todos los días de la vida humana traen consigo un gran esfuerzo (Gn
3,17-19). Todo hombre desea y espera la vida en plenitud, pero no la posee
enseguida. ¿Qué vemos, sin embargo, en la vida del rico? Un intento de crear
su propio mundo aislado del mundo real exterior. El mundo real se ve en la
persona de Lázaro. Es un pobre, un mendigo que, a pesar de todo, posee
una identidad porque posee un nombre (Lázaro = "Dios ayuda").
Su nombre expresa toda la existencia de este hombre que no posee nada. Cubierto
de llagas, busca ayuda en el rico. Sintiendo hambre, busca saciarse junto a la
puerta del rico. Pero la frontera de estos dos mundos es demasiado
grande. Esta frontera se encuentra en el corazón, que se cierra sin
querer amar.
La situación termina en el momento de la muerte. El pobre, muerto, ha encontrado la vida en Dios, que era su único refugio y ayuda. La expresión "en el seno de Abrahán" corresponde a la antigua fórmula bíblica que significa "reunirse con los propios padres" (Jue 2,10; cf. Gn 15,15; 47,30; Dt 37,16). La imagen expresa intimidad (cf. Jn 1,18) con Abrahán en el banquete mesiánico (cf. Jn 13,23; Mt 8,11 ss). Por el contrario, el rico ha terminado su vida, trazada según su proyecto egoísta, que se encuentra fuera de la voluntad de Dios. Con la sepultura termina el mundo que él ha creado para sí mismo.
Segunda parte (23-31)
La segunda parte del relato se sitúa en el mundo espiritual, después de la muerte. La situación de los dos personajes cambia, se invierte. Ahora contemplamos al rico sufriendo muchos dolores y, finalmente, levanta los ojos para ver a los otros. Hasta este momento, estaba encerrado en su espléndido palacio y no había visto a Lázaro, que estaba cerca. Los sufrimientos abrieron sus ojos. Ahora grita, pidiendo ayuda. La gota de agua simboliza, en el relato, todas las necesidades de aquel que sufre. Abrahán expresa la justicia de Dios. Recuerda la vida del rico, cerrada y egoísta, y la de Lázaro, llena de sufrimiento. El abismo simboliza la imposibilidad de cambiar el destino, tanto para los elegidos como para los que han rechazado el amor. Este destino depende de la libertad de cada uno y lo elige en la propia vida, creando un cielo o un infierno en el propio corazón. Lázaro, sufriendo toda la vida, ha elegido a Dios como único refugio, como expresa su nombre. El rico ha entendido su error y quiere salvar a sus hermanos, enviando a Lázaro para testimoniar la vida eterna. La respuesta de Abrahán expresa la voluntad de Dios: basta el don de la revelación de Dios, la Ley de Moisés y los Profetas, que muestran las reglas de la vida, enseñan el amor al prójimo, a los pobres, y condenan toda forma de violencia e indiferencia (cf. Es 23,6.11; Lv 19,10.15; Dt 15,7.11; 24, 12 ss; Is 3,15; 25,4; Am 5,12).
Abrahán pone en duda la posibilidad de transformación a través de acontecimientos extraordinarios, de las personas cerradas, que rechazan la Ley divina. Ni siquiera la resurrección de Jesús ha cambiado el corazón de sus enemigos (cf. Mt 28,11-15)
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