1. ¡Auméntanos la fe!
Necesitamos una buena dosis de fe para vivir en un mundo como el nuestro. Por una parte, el laicismo y el secularismo pretenden borrar la fe de su existencia social. Se puede ser creyente cristiano, pero de forma privada, sin que afecte en absoluto a nuestras opciones, decisiones y actuaciones sociopolíticas. Se puede ser cristiano "de domingo", pero eso sí: ¡que no se nos note de lunes a sábado en el trabajo!
Por otra parte, diariamente nos llegan, a través de los medios, tantas noticias de muerte injusta, absurda y brutal, que resulta difícil creer que todo esto tenga un sentido, que el amor y la providencia de Dios tengan una palabra que decir en todo esto, y que la Resurrección sea más fuerte que el pecado y que la muerte.
Por eso, hay que pedir al Señor todos los días: "¡Auméntanos la fe!". No para ser poderosos, obrar milagros, silenciar a nuestros perseguidores o exterminar a "los malos", sino para no avergonzarnos del Señor y de su Evangelio. En la segunda lectura de la Eucaristía de este domingo (2 Tim 1,6-8.13-14), Pablo anima a Timoteo a "no avergonzarse de dar la cara por nuestro Señor" y por Pablo, prisionero, en ese momento, por causa del Evangelio. Le anima a no tener miedo de la persecución o los sufrimientos que le puedan sobrevenir por causa de Cristo, porque el Señor no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de fortaleza y de amor.
En España estamos volviendo a los antiguos ataques contra la Iglesia, que pretenden arrinconarla en "las sacristías" para que no se note su presencia. ¡Auméntanos la fe, Señor, para que demos testimonio, valiente y libre, de Ti y de tu Evangelio de Vida!
2. Servir con gratuidad y desprendimiento
No es extraño llegar a una parroquia con el deseo de ayudar o colaborar en algún grupo, y encontrar las puertas cerradas... Desgraciadamente, somos así. En ocasiones, hay creyentes que, con buenísima voluntad y movidos por un exceso de celo, "toman posesión" de campos de acción y de servicio en las comunidades, y no dejan que los grupos crezcan, se dilaten con nuevos miembros, porque temen perder su "feudo" particular, su motivo de "orgullo", su "corona" y su "tesoro". Y no sólo eso, sino que pretenden que, por su generoso y "desinteresado" servicio, Dios les deba ya la vida eterna, sin duda alguna. Son más santos que los demás cristianos de a pie, que no están siempre en la iglesia, sirviendo con su misma generosidad de corazón.
Perdonad que haga una parodia de lo que sucede en nuestras iglesias a veces. Pero es que sucede. Y no tenemos que espantarnos por ello. Ya sucedía entre los discípulos del Señor: rivalidades, deseos de ser los primeros, presunción de merecer mejor recompensa por parte de Dios... Recordemos la parábola de los obreros contratados para ir a trabajar en la viña, a distintas horas (cf. Mt 20,1-16). Los que trabajaron desde la primera hora de la mañana pensaron que recibirían más que los contratados a la hora undécima, y se indignaron cuando vieron que el Señor Bueno igualaba su paga con la de aquellos que habían trabajado menos tiempo.
Por eso, el Señor Jesús, que conoce nuestro frágil corazón humano, nos invita hoy a ser servidores/as del Evangelio con total gratuidad y desprendimiento. Nuestra paga, como dicen las bienaventuranzas, es Dios mismo.
3. Puedes leer, si te ayuda, la siguiente parábola de Anthony de Mello, s.j., sobre la gratuidad y alegría en la entrega a Dios. Está tomada de "El canto del pájaro", pp 151-152.
LA BUENA NOTICIA
Ésta es la Buena Noticia proclamada por Nuestro Señor Jesucristo:
Jesús enseñaba a sus discípulos en parábolas. Y les decía:
El Reino de los cielos es semejante a dos hermanos que vivían felices y contentos; hasta que recibieron la llamada de Dios a hacerse discípulos.
El de más edad respondió con generosidad a la llamada, aunque tuvo que ver cómo se desgarraba su corazón al separarse de su familia y de la muchacha a la que amaba y con la que soñaba casarse. Pero, al fin, se marchó a un país lejano, donde gastó su propia vida al servicio de los más pobres de entre los pobres. Se desató en aquel país una persecución, de resultas de la cual fue detenido, falsamente acusado, torturado y condenado a muerte.
Y el Señor le dijo: "Muy bien, siervo fiel y cumplidor. Me has servido por el valor de mil talentos. Voy a recompensarte con mil millones de talentos. ¡Entra en el gozo de tu Señor!".
La respuesta del más joven fue mucho menos generosa. Decidió ignorar la llamada, seguir su camino y casarse con la muchacha a la que amaba. Disfrutó de un feliz matrimonio, le fue bien en los negocios y llegó a ser rico y próspero. De vez en cuando daba una limosna a algún mendigo o se mostraba bondadoso con su mujer y sus hijos. También de vez en cuando enviaba una pequeña suma de dinero a su hermano mayor, que se hallaba en un remoto país, adjuntándole una nota en la que decía: "Tal vez con esto puedas ayudar mejor a aquellos pobres diablos".
Cuando le llegó la hora, el Señor le dijo: "Muy bien, siervo fiel y cumplidor. Me has servido por valor de diez talentos. Voy a recompensarte con mil millones de talentos. ¡Entra en el gozo de tu Señor!
El hermano mayor se sorprendió al oír que su hermano iba a recibir la misma recompensa que él. Pero le agradó sobremanera. Y dijo: "Señor, aún sabiendo esto, si tuviera que nacer de nuevo y volver a vivir, haría por ti exactamente lo mismo que he hecho".
Esta sí que es una Buena Noticia: un Señor generoso y un discípulo que le sirve por el mero gozo de servir con amor.
Con nuestra fe, pequeña como un grano de mostaza, pero suficiente para caminar humildemente ante nuestro Dios, oramos el CREDO, con las palabras de la liturgia, con nuestras propias palabras, o con las siguientes:
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Creo en el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de todos, Amigo de la Vida. Creo que todo lo ha creado con Amor, con sumo cuidado, como un alfarero modela sus obras con sus dedos. Creo que es Bueno y Providente, y que todo lo sostiene con la energía de su misericordia y su fidelidad.
Creo en Jesucristo, Verdad, Camino y Vida de la humanidad y del cosmos, que estaba en el seno del Padre y se hizo carne por amor a nosotros, para revelarnos un nuevo modo de vivir siendo hijos de Dios y hermanos de todos. Creo en el Señor Jesús, el Hijo Único del Padre, Vida de todas las vidas, hecho hombre para que tengamos Vida y Vida abundante, Siervo de todos hasta la muerte, y una muerte de Cruz. Creo en Jesucristo, el Señor Resucitado y presente en el camino de la vida. Él nos explica las Escrituras y parte para nosotros el pan, para que seamos semilla del Reino, viviendo como Él vivió.
Creo en el Espíritu Santo, Señor y Dador de Vida, Amor del Padre y del Hijo, derramado en nuestros corazones para hacer de nosotros una humanidad nueva.
Creo en la Iglesia, discípula de Cristo, peregrina en medio de luces y sombras, santa y pecadora, samaritana del mundo, familia de todas las razas, culturas y naciones.
Creo en el perdón del Padre Dios, que hace nuevas todas las cosas. Creo en la Resurrección de Jesús y en la nuestra. Amén. |
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Mª Concepción López, pddm (España)