Lectura orante

Juan 20,19-31

Invocación inicial - leemos - meditamos - oramos

 

 

«¡Paz a vosotros!»

 

Invocación al Espíritu (Himno de la Liturgia de las Horas) 

 

Jesús Maestro resucitado,

creo que Tú exhalaste sobre tus discípulos el Espíritu Santo

como regalo precioso de tu resurrección.

Nos los habías entregado a todos desde la cruz

con el último respiro,

y de forma nueva

lo comunicas a los tuyos en la tarde de la Pascua.

 

Les envías para que continúen tu obra

así como el Padre te había enviado a ti.

Y para que su misión reconciliadora

sea fecunda y eficaz,

les regalas tu mismo Espíritu,

que es también el Espíritu del Padre.

 

Derrama hoy, Señor Jesús,

tu Espíritu de vida sobre nosotros

para que nos conduzca a la Verdad plena,

esa Verdad que eres Tú;

que tu Espíritu habite en nosotros,

y nos resucite con su poder

a la plenitud de tu vida resucitada.

 

 

1. Leemos el evangelio de Juan 20,19-31

 

19Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

- Paz a vosotros.

20Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. 21Jesús repitió:

- Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.

22Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

- Recibid el Espíritu Santo, 23a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

24Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

- Hemos visto al Señor.

25Pero él les contestó:

- Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.

26A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

- Paz a vosotros.

27Luego dijo a Tomás:

- Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.

28Contestó Tomás:

- Señor mío y Dios mío.

29Jesús le dijo:

- ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.

 

30Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. 31Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

 

 

  Orientaciones para la lectura 

 

La perícopa del evangelio de Juan 20, 19-31 es común a los tres ciclos litúrgicos A-B-C. Se trata, pues, de un pasaje evangélico que caracteriza este domingo de la octava de Pascua, conocido como “domingo in albis”, ahora también como “domingo de la divina misericordia”, y sobre todo como “domingo segundo de Pascua”. La liturgia renovada, volviendo a la nomenclatura y mentalidad de los Padres, ya no habla de domingos después de Pascua, porque la Cincuentena pascual celebra una sola fiesta: la Pascua, y los siete domingos que van desde el día de la resurrección hasta Pentecostés son como “un solo domingo, el domingo de Pascua” (San Atanasio).

            El texto evangélico nos presenta dos escenas: la primera se sitúa en “el primer día de la semana”, nombre que se hará clásico para indicar el día de la resurrección, el domingo, día por excelencia de la asamblea cristiana. En la misma línea, tan densa de contenido litúrgico, la escena siguiente es puesta por el evangelista “ocho días después”.

  Al atardecer del día más grande del año, Jesús se aparece a los discípulos, abrumados y cerrados en casa “por miedo a los judíos”. Es el primer encuentro del Maestro vivo, después de los trágicos acontecimientos sufridos en los días interminables de la pasión, muerte y sepultura. Cristo Jesús no sólo no reprocha a sus amigos el abandono y la soledad en que le dejaron, sino que les regala los frutos esenciales, las primicias de su Pascua: la paz y el Espíritu Santo con el perdón de los pecados. 

Ante todo, la paz. Tres veces en este pasaje evangélico Jesús repite el saludo: “¡Paz a vosotros!”. Con las palabras, el Señor ciertamente les comunica lo que las palabras expresan. Les alienta así el Maestro con el don del “Shalom”, el don mesiánico por excelencia. Lo habrá hecho seguramente con un gran amor y comprensión, mirando a los asustados y acobardados discípulos. Con ello les quería decir a ellos, y a nosotros también, que la paz ya no sería una utopía, porque la verdadera paz había sido conquistada por Cristo a precio de su Sangre en la cruz, destruyendo en sí mismo toda hostilidad.

Imagino el rostro estupefacto y los mil sentimientos que se darían cita alborotando la cabeza y el corazón de los apóstoles.

El Señor les asegura y confirma; no están viendo visiones: “les enseñó las manos y el costado”. Es él mismo, el Crucificado devuelto a la vida para siempre porque “la muerte ya no tiene dominio sobre él”.

Llegados a este punto, por fin, Juan retrata la reacción de los afortunados discípulos: “se llenaron de alegría al ver al Señor”. 

Lo que había sucedido en la tarde-noche del jueves anterior (“todos los discípulos lo abandonaron y huyeron”, Mt 26, 56), no ha empañado la confianza de Jesús en los suyos ni el proyecto del Padre sobre ellos. Jesús les ratifica en la misión a realizar, que es su misma misión: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”.

Y exhalando su aliento sobre ellos, les comunica el regalo más grande, el don pascual que resume y contiene todos los dones, y que es una Persona divina: el Espíritu Santo. Él, que “es la remisión de los pecados”, les dará el poder de prolongar a lo largo de los siglos la redención del Señor, comunicando a los hombres el perdón de los pecados. 

  Juan prosigue su narración pascual, deteniéndose en la actitud de Tomás, el que no estaba con los otros ocho días antes, el “primer día de la semana”, cuando vino Jesús. Este domingo es por esta razón llamado también: “el domingo de Tomás”.

El Señor resucitado, en efecto, vuelve a aparecerse a los Once “a los ocho días” y se muestra comprensivo con Tomás, complaciéndole en lo que él había pronunciado casi como un desafío: Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo”.

Al mismo tiempo que condesciende con su discípulo desafiante, el Maestro da a sus apóstoles, y en ellos a mí y a todos los hombres y mujeres de hoy y de todos los tiempos, una importante lección: “Dichosos los que crean sin haber visto”.

 

 

        

 

meditamos - oramos

 

 

 

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