Invocación al Espíritu (Himno de la Liturgia de las Horas)
Jesús
Maestro resucitado,
creo
que Tú exhalaste sobre tus discípulos el Espíritu Santo
como
regalo precioso de tu resurrección.
Nos
los habías entregado a todos desde la cruz
con
el último respiro,
y
de forma nueva
lo
comunicas a los tuyos en la tarde de la Pascua.
Les
envías para que continúen tu obra
así
como el Padre te había enviado a ti.
Y
para que su misión reconciliadora
sea
fecunda y eficaz,
les
regalas tu mismo Espíritu,
que
es también el Espíritu del Padre.
Derrama
hoy, Señor Jesús,
tu
Espíritu de vida sobre nosotros
para
que nos conduzca a la Verdad plena,
esa
Verdad que eres Tú;
que
tu Espíritu habite en nosotros,
y
nos resucite con su poder
a la plenitud de tu vida resucitada.
19Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
- Paz a vosotros.
20Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. 21Jesús repitió:
- Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
22Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
- Recibid el Espíritu Santo, 23a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.
24Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
- Hemos visto al Señor.
25Pero él les contestó:
- Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.
26A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
- Paz a vosotros.
27Luego dijo a Tomás:
- Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.
28Contestó Tomás:
- Señor mío y Dios mío.
29Jesús le dijo:
- ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.
30Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. 31Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.
Orientaciones para la lectura
La
perícopa del evangelio de Juan 20, 19-31 es común a los tres ciclos litúrgicos
A-B-C. Se trata, pues, de un pasaje evangélico que caracteriza este domingo de
la octava de Pascua, conocido como “domingo in albis”, ahora también
como “domingo de la divina misericordia”, y sobre todo como “domingo
segundo de Pascua”. La liturgia renovada, volviendo a la
nomenclatura y mentalidad de los Padres, ya no habla de domingos después de
Pascua, porque la Cincuentena pascual celebra una sola fiesta: la Pascua, y los
siete domingos que van desde el día de la resurrección hasta Pentecostés son
como “un solo domingo, el domingo de Pascua” (San Atanasio).
El texto evangélico nos presenta dos escenas: la primera se sitúa
en “el primer día de la semana”, nombre que se hará clásico para
indicar el día de la resurrección, el domingo, día por excelencia de la
asamblea cristiana. En la misma línea, tan densa de contenido litúrgico, la
escena siguiente es puesta por el evangelista “ocho días
después”.
Al atardecer del día más grande del año, Jesús se aparece a los
discípulos, abrumados y cerrados en casa “por miedo a los judíos”.
Es el primer encuentro del Maestro vivo, después de los trágicos
acontecimientos sufridos en los días interminables de la pasión, muerte y
sepultura. Cristo
Jesús no sólo no reprocha a sus amigos el abandono y la soledad en que le
dejaron, sino que les regala los frutos esenciales, las primicias de su Pascua: la
paz y el Espíritu Santo con el perdón de los pecados.
Ante
todo, la paz. Tres veces en este pasaje evangélico Jesús repite el
saludo: “¡Paz a vosotros!”. Con las palabras, el Señor ciertamente
les comunica lo que las palabras expresan. Les alienta así el Maestro con el
don del “Shalom”, el don mesiánico por excelencia. Lo habrá hecho
seguramente con un gran amor y comprensión, mirando a los asustados y
acobardados discípulos. Con ello les quería decir a ellos, y a nosotros también,
que la paz ya no sería una utopía, porque la verdadera paz había sido
conquistada por Cristo a precio de su Sangre en la cruz, destruyendo en sí
mismo toda hostilidad.
Imagino
el rostro estupefacto y los mil sentimientos que se darían cita alborotando la
cabeza y el corazón de los apóstoles.
El
Señor les asegura y confirma; no están viendo visiones: “les enseñó las
manos y el costado”. Es él mismo, el Crucificado devuelto a la vida para
siempre porque “la muerte ya no tiene dominio sobre él”.
Llegados
a este punto, por fin, Juan retrata la reacción de los afortunados discípulos:
“se llenaron de alegría al ver al Señor”.
Lo
que había sucedido en la tarde-noche del jueves anterior (“todos los discípulos
lo abandonaron y huyeron”, Mt 26, 56), no ha empañado la confianza de Jesús
en los suyos ni el proyecto del Padre sobre ellos. Jesús les ratifica en la
misión a realizar, que es su misma misión: “Como el
Padre me ha enviado, así también os envío yo”.
Y
exhalando su aliento sobre ellos, les comunica el regalo más grande, el don
pascual que resume y contiene todos los dones, y que es una Persona divina: el
Espíritu Santo. Él, que “es la remisión de los pecados”, les
dará el poder de prolongar a lo largo de los siglos la redención del Señor,
comunicando a los hombres el perdón de los pecados.
Juan
prosigue su narración pascual, deteniéndose en la actitud de Tomás, el
que no estaba con los otros ocho días antes, el “primer día de la semana”,
cuando vino Jesús. Este domingo es por esta razón llamado también: “el
domingo de Tomás”.
El
Señor resucitado, en efecto, vuelve a aparecerse a los Once “a los ocho días”
y se muestra comprensivo con Tomás, complaciéndole en lo que él había
pronunciado casi como un desafío: “Si
no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el
agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo”.
Al mismo tiempo que condesciende con su discípulo desafiante, el Maestro da a sus apóstoles, y en ellos a mí y a todos los hombres y mujeres de hoy y de todos los tiempos, una importante lección: “Dichosos los que crean sin haber visto”.
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