1. Leemos        2. Meditamos        3. Oramos

 

 

2. Meditamos

 

      

Leyendo, escuchando este evangelio de Juan, en este domingo concreto de abril de 2004, me siento invitada y casi impulsada a entrar en la casa en que se encuentran los discípulos. Con ellos, me siento Iglesia, la Iglesia de pecadores y santos. Y en comunión con esta Iglesia a la que pertenezco y de la que me siento miembro vivo, en comunión particular con los discípulos de la primera hora, sintiendo también mis cobardías y huidas, acojo en la Eucaristía dominical el don que también hoy Jesús me transmite y nos transmite: su paz y el Espíritu Santo.

Pocos años como éste habremos vivido la Semana Santa y sobre todo la Pascua ansiando y suplicando con tantas ganas el don de la paz. Confiamos en lo que con buena voluntad hagan los hombres, los políticos y en lo que cada una y cada uno de nosotros pueda hacer para conseguir la seguridad en una paz estable y duradera, sin sobresaltos.

Todo esto es importante e imprescindible. Pero la Iglesia con su liturgia hoy me impulsa, sobre todo, a mirar e invocar al Príncipe de la paz, Jesús resucitado. Él con su Espíritu quiere y puede derrotar el enemigo principal de la verdadera paz: el pecado, el egoísmo, el odio...

Jesús es nuestra paz.

Y Él derrama hoy de nuevo su Espíritu sobre todo hombre de buena voluntad, sobre cada bautizado en particular, para hacernos a todos constructores de paz: en cada corazón y en nuestro mundo al que amamos y del que queremos buscar y promover el bien y la paz.

Siento que hoy también, a mí, a todos nosotros, nos repite el Señor: “¡Paz a vosotros! Recibid el Espíritu Santo. Como el Padre me ha enviado a mí, así también os envío yo”. 

Mi meditación de la Palabra hoy quiere convertirse en oración, encuentro personal y eclesial con el Señor resucitado, victorioso de la muerte y de los más fuertes enemigos del hombre. Quiere ser profesión de fe incondicional en Él, el Señor de la vida, dador del Espíritu.

 

 

 

3. Oramos

 

a) PREFACIO II DE PASCUA

b) EVLOGHITARIA DE LA RESURRECCIÓN

 

a) PREFACIO II DE PASCUA

 

En verdad es justo y necesario,

es nuestro deber y salvación

glorificarte siempre, Señor;

pero más que nunca en este tiempo

en que Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado.

 

Por él, los hijos de la luz

amanecen a la vida eterna,

los creyentes atraviesan los umbrales

del reino de los cielos;

porque en la muerte de Cristo

nuestra muerte ha sido vencida

y en su resurrección

hemos resucitado todos.

 

Por eso,

con esta efusión de gozo pascual,

el mundo entero se desborda de alegría,

y también los coros celestiales,

los ángeles y los arcángeles,

cantan sin cesar el himno de tu gloria.

 

 

b) EVLOGHITÁRIA DE LA RESURRECCIÓN

 

¡Bendito eres, Señor,

enséñame tus juicios!

 

El pueblo de los ángeles quedó estupefacto

viéndote contado entre los muertos, oh Salvador,

a ti que has destruido el poder de la muerte

y que contigo has hecho resucitar a Adán

y  liberado a todos del Hades.

 

"¿Por qué mezcláis la mirra con las lágrimas,

discípulas llenas de compasión?"

Resplandeciendo sobre el sepulcro

el ángel se dirigía a las miróforas:

"Ved la tumba y comprended:

¡el Salvador ha resucitado del sepulcro!"

 

Al amanecer, muy pronto,

las miróforas corrían hacia el sepulcro,

entre lamentos.

Pero se les apareció un ángel y les dijo:

ha terminado el tiempo del luto, no lloréis.

¡Anunciad a los apóstoles la resurrección!

 

Las mujeres miróforas, oh Salvador,

llegando a tu sepulcro con los aromas,

oyeron al ángel que les decía claramente:

"¿Por qué pensáis entre los muertos al Viviente?

¡Él es Dios! ¡Ha resucitado del sepulcro!"

 

Adoremos al Padre, a su Hijo

y al Espíritu Santo.

La Tríada santa en una única esencia,

gritando junto con los Serafines:

¡Santo, Santo, Santo eres, Señor!

 

Engendrando al Vivificante, Oh Virgen,

has redimido a Adán del pecado,

y, en cambio de la tristeza,

a Eva le has dado alegría;

sobre ella, en efecto, derramó torrentes de vida

el Dios y hombre encarnado en ti.

 

¡Aleluya, aleluya, aleluya, gloria a ti, oh Dios!

¡Aleluya, aleluya, aleluya, gloria a ti, oh Dios!

¡Aleluya, aleluya, aleluya, gloria a ti, oh Dios!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Concepción González, pddm (España)