Leyendo,
escuchando este evangelio de Juan, en este domingo concreto de abril de 2004, me
siento invitada y casi impulsada a entrar en la casa en que se encuentran los
discípulos. Con ellos, me siento Iglesia, la Iglesia de pecadores y santos.
Y en comunión con esta Iglesia a la que pertenezco y de la que me siento
miembro vivo, en comunión particular con los discípulos de la primera hora,
sintiendo también mis cobardías y huidas, acojo en la Eucaristía dominical el
don que también hoy Jesús me transmite y nos transmite: su paz y el Espíritu
Santo.
Pocos
años como éste habremos vivido la Semana Santa y sobre todo la Pascua ansiando
y suplicando con tantas ganas el don de la paz. Confiamos en lo que con
buena voluntad hagan los hombres, los políticos y en lo que cada una y cada uno
de nosotros pueda hacer para conseguir la seguridad en una paz estable y
duradera, sin sobresaltos.
Todo
esto es importante e imprescindible. Pero la Iglesia con su liturgia hoy me
impulsa, sobre todo, a mirar e invocar al Príncipe de la paz, Jesús
resucitado. Él con su Espíritu quiere y puede derrotar el enemigo principal de
la verdadera paz: el pecado, el egoísmo, el odio...
Jesús
es nuestra paz.
Y
Él derrama hoy de nuevo su Espíritu sobre todo hombre de buena voluntad, sobre
cada bautizado en particular, para hacernos a todos constructores de paz: en
cada corazón y en nuestro mundo al que amamos y del que queremos buscar y
promover el bien y la paz.
Siento
que hoy también, a mí, a todos nosotros, nos repite el Señor: “¡Paz a
vosotros! Recibid el Espíritu Santo. Como el Padre me ha enviado a mí, así
también os envío yo”.
Mi
meditación de la Palabra hoy quiere convertirse en oración, encuentro personal
y eclesial con el Señor resucitado, victorioso de la muerte y de los más
fuertes enemigos del hombre. Quiere ser profesión de fe incondicional en Él,
el Señor de la vida, dador del Espíritu.
b) EVLOGHITARIA DE LA RESURRECCIÓN
En
verdad es justo y necesario,
es
nuestro deber y salvación
glorificarte
siempre, Señor;
pero
más que nunca en este tiempo
en
que Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado.
Por
él, los hijos de la luz
amanecen
a la vida eterna,
los
creyentes atraviesan los umbrales
del
reino de los cielos;
porque
en la muerte de Cristo
nuestra
muerte ha sido vencida
y
en su resurrección
hemos
resucitado todos.
Por
eso,
con
esta efusión de gozo pascual,
el
mundo entero se desborda de alegría,
y
también los coros celestiales,
los
ángeles y los arcángeles,
cantan sin cesar el himno de tu gloria.
b) EVLOGHITÁRIA DE LA RESURRECCIÓN
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¡Bendito
eres, Señor, enséñame
tus juicios! El
pueblo de los ángeles quedó estupefacto viéndote
contado entre los muertos, oh Salvador, a
ti que has destruido el poder de la muerte y
que contigo has hecho resucitar a Adán y
liberado a todos del Hades. "¿Por
qué mezcláis la mirra con las lágrimas, discípulas
llenas de compasión?" Resplandeciendo
sobre el sepulcro el
ángel se dirigía a las miróforas: "Ved
la tumba y comprended: ¡el
Salvador ha resucitado del sepulcro!" Al
amanecer, muy pronto, las
miróforas corrían hacia el sepulcro, entre
lamentos. Pero
se les apareció un ángel y les dijo: ha
terminado el tiempo del luto, no lloréis. ¡Anunciad
a los apóstoles la resurrección! Las
mujeres miróforas, oh Salvador, llegando
a tu sepulcro con los aromas, oyeron
al ángel que les decía claramente: "¿Por
qué pensáis entre los muertos al Viviente? ¡Él
es Dios! ¡Ha resucitado del sepulcro!" Adoremos
al Padre, a su Hijo y
al Espíritu Santo. La
Tríada santa en una única esencia, gritando
junto con los Serafines: ¡Santo,
Santo, Santo eres, Señor! Engendrando
al Vivificante, Oh Virgen, has
redimido a Adán del pecado, y,
en cambio de la tristeza, a
Eva le has dado alegría; sobre
ella, en efecto, derramó torrentes de vida el
Dios y hombre encarnado en ti. ¡Aleluya,
aleluya, aleluya, gloria a ti, oh Dios! ¡Aleluya,
aleluya, aleluya, gloria a ti, oh Dios! ¡Aleluya, aleluya, aleluya, gloria a ti, oh Dios! |
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Concepción González, pddm (España)