Si dejamos para este momento el texto evangélico, momento cumbre de la liturgia de la Palabra en la celebración eucarística, no es porque no se le vea relacionado con la actitud de esperanza y alegría propias de la liturgia de este tercer domingo, sino porque parece que merece una atención particular, precisamente en este tiempo de Adviento.

El
protagonista de la perícopa de Lucas es hoy, como el domingo pasado, Juan el
Bautista.
El
precursor del Señor predica sin medias tintas ni atenuantes la conversión y
pide a todos: “¡Dad frutos dignos de conversión!”.
La
gente que le escucha es de condición y profesiones diferentes y demuestra haber
comprendido que tiene que cambiar algo en su vida.
Y
es aleccionador el ejemplo de Juan: no excluye a nadie de la posibilidad de la
conversión, de la salvación. Acoge la petición, aprecia la buena voluntad de
cambio de todos: la gente, los publicanos, los soldados... Es ésta una postura
que me hace reflexionar personalmente y como miembro de la madre Iglesia.
Tres
veces le repiten a Juan la pregunta: “¿Qué debemos hacer?” y se la
plantean no de forma genérica, casi evasiva, sino personalizada: “Y
nosotros, ¿qué debemos hacer?”. Y es que la relación de Dios con cada
uno de nosotros en única, personal. Cada persona se siente llamada a responder
a su amor que nos invita a convertirnos, a ser más auténticos, desde nuestra
situación concreta, no desde clichés estándar, iguales para todos,
indefinidos.
La
pregunta que le plantean al Bautista unos y otros “¿Qué debemos hacer?”
puede significar el punto de partida de una auténtica conversión; parece
presuponer, en efecto, la renuncia a la propia seguridad y autosuficiencia y el
reconocimiento de que la Palabra escuchada contiene un mensaje, una llamada para
mí, para cada uno, hoy, en la situación concreta que esté viviendo.
Ésta
será siempre una interpelación a realizar en mi vida, en nuestra vida, según
las palabras del Bautista, y de
todos los “profetas" de hoy: la justicia, la solidaridad, la caridad...
“El
que tenga dos túnicas y comida, que reparta...; no exijáis más de lo
establecido; no hagáis extorsión a nadie...”.
El
mensaje, la predicación de Juan sigue teniendo hoy en este inicio del tercer
milenio, toda su vigencia y actualidad.
Ojalá que la conversión que “en alegre esperanza” intentamos
vivir en este itinerario litúrgico del Adviento se traduzca en un cambio de
mentalidad, que nos lleve a pequeñas o importantes opciones de verdadera
justicia social, atención a los que sufren, apertura sincera ante las
necesidades de quienes viven cerca o lejos de nosotros: en oración y obras.
Y todo, con la mirada fija en el Justo por excelencia “que está en
medio de nosotros”, Cristo Jesús, el Señor. Nos lo indica y anuncia este
domingo Juan el Bautista.
Lo esperamos, invocamos su venida, pero sabemos que cada día “está
viniendo” y “sale a nuestro encuentro en cada hombre y en cada
acontecimiento, para que lo recibamos en la fe y, por el amor, demos testimonio
de la espera dichosa de su reino” (prefacio III de Adviento).
-
Acompañada por los profetas, por Juan, María, y también por José, los compañeros
que la Iglesia nos ofrece para este camino de Adviento, quiero orar con el
prefacio II de Adviento:
En
verdad es justo y necesario,
es
nuestro deber y salvación
darte
gracias siempre y en todo lugar,
Señor,
Padre santo,
Dios
todopoderoso y eterno,
por
Cristo Señor nuestro.
A
quien todos los profetas anunciaron,
la
Virgen esperó con inefable amor de Madre,
Juan
lo proclamó ya próximo
y
señaló después entre los hombres.
El
mismo Señor
nos
conceda ahora
prepararnos
con alegría
al
misterio de su nacimiento,
para
encontrarnos así,
cuando
llegue,
velando
en oración
y cantando su alabanza.
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Concepción González, pddm (España)