1. Leemos        2. Meditamos        3. Oramos

 

 

2. Meditamos

 

Si dejamos para este momento el texto evangélico, momento cumbre de la liturgia de la Palabra en la celebración eucarística, no es porque no se le vea relacionado con la actitud de esperanza y alegría propias de la liturgia de este tercer domingo, sino porque parece que merece una atención particular, precisamente en este tiempo de Adviento.

El protagonista de la perícopa de Lucas es hoy, como el domingo pasado, Juan el Bautista.

El precursor del Señor predica sin medias tintas ni atenuantes la conversión y pide a todos: “¡Dad frutos dignos de conversión!”.

La gente que le escucha es de condición y profesiones diferentes y demuestra haber comprendido que tiene que cambiar algo en su vida.

Y es aleccionador el ejemplo de Juan: no excluye a nadie de la posibilidad de la conversión, de la salvación. Acoge la petición, aprecia la buena voluntad de cambio de todos: la gente, los publicanos, los soldados... Es ésta una postura que me hace reflexionar personalmente y como miembro de la madre Iglesia. 

Tres veces le repiten a Juan la pregunta: “¿Qué debemos hacer?” y se la plantean no de forma genérica, casi evasiva, sino personalizada: “Y nosotros, ¿qué debemos hacer?”. Y es que la relación de Dios con cada uno de nosotros en única, personal. Cada persona se siente llamada a responder a su amor que nos invita a convertirnos, a ser más auténticos, desde nuestra situación concreta, no desde clichés estándar, iguales para todos, indefinidos. 

La pregunta que le plantean al Bautista unos y otros “¿Qué debemos hacer?” puede significar el punto de partida de una auténtica conversión; parece presuponer, en efecto, la renuncia a la propia seguridad y autosuficiencia y el reconocimiento de que la Palabra escuchada contiene un mensaje, una llamada para mí, para cada uno, hoy, en la situación concreta que esté viviendo.

Ésta será siempre una interpelación a realizar en mi vida, en nuestra vida, según las palabras  del Bautista, y de todos los “profetas" de hoy: la justicia, la solidaridad, la caridad... 

“El que tenga dos túnicas y comida, que reparta...; no exijáis más de lo establecido; no hagáis extorsión a nadie...”.

El mensaje, la predicación de Juan sigue teniendo hoy en este inicio del tercer milenio, toda su vigencia y actualidad.

         Ojalá que la conversión que “en alegre esperanza” intentamos vivir en este itinerario litúrgico del Adviento se traduzca en un cambio de mentalidad, que nos lleve a pequeñas o importantes opciones de verdadera justicia social, atención a los que sufren, apertura sincera ante las necesidades de quienes viven cerca o lejos de nosotros: en oración y obras. 

         Y todo, con la mirada fija en el Justo por excelencia “que está en medio de nosotros”, Cristo Jesús, el Señor. Nos lo indica y anuncia este domingo Juan el Bautista.

         Lo esperamos, invocamos su venida, pero sabemos que cada día “está viniendo” y “sale a nuestro encuentro en cada hombre y en cada acontecimiento, para que lo recibamos en la fe y, por el amor, demos testimonio de la espera dichosa de su reino” (prefacio III de Adviento). 

 

3. Oramos

- Acompañada por los profetas, por Juan, María, y también por José, los compañeros que la Iglesia nos ofrece para este camino de Adviento, quiero orar con el prefacio II de Adviento:

 

En verdad es justo y necesario,

es nuestro deber y salvación

darte gracias siempre y en todo lugar,

Señor, Padre santo,

Dios todopoderoso y eterno,

por Cristo Señor nuestro.

 

A quien todos los profetas anunciaron,

la Virgen esperó con inefable amor de Madre,

Juan lo proclamó ya próximo

y señaló después entre los hombres.

El mismo Señor

nos conceda ahora

prepararnos con alegría

al misterio de su nacimiento,

para encontrarnos así,

cuando llegue,

velando en oración

y cantando su alabanza.

 

 

 

 

 

 

 

Concepción González, pddm (España)