1. Leemos        2. Meditamos        3. Oramos

 

 

2. Meditamos

 

 

Escribe San Lucas: "A estos mismos, después de su pasión, se les presentó dándoles muchas pruebas de que vivía, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca de lo referente al Reino de Dios". Jesús no sólo habló del Reino, sino que se puso en seguida a construir su inicio y su primicia, que es su Iglesia, organizando su vida interna. 

En efecto, en la descripción de estas apariciones, el acento recae sobre la comunidad reunida "el primer día después del sábado", sobre "la fracción del pan", sobre la misión que es confiada a los Apóstoles ("como el Padre me ha enviado, también yo os envío"), y hoy sobre Pedro como cabeza de su misma Iglesia. Se nos ofrece así la ocasión de entender la íntima estructura de la Iglesia querida por Jesús como lugar privilegiado de encuentro con Él, vivo y Salvador.

La pesca en el lago -era el trabajo cotidiano de estos pescadores- es símbolo de la existencia del hombre que obra por el propio éxito y felicidad, pero también de la primera actividad pastoral de la Iglesia. No obstante los esfuerzos, -y ciertamente la experiencia y la competencia-, "en aquella noche no cogieron nada". Aparece Jesús y da una orden: "¡Echad la red!". Ya otra vez Pedro -en medio a un fracaso parecido- había tenido el valor de decir: "Por tu Palabra, echaré la red" (Lc 5,5); y como entonces, tampoco aquí faltó el éxito: "arrastró a tierra la red llena de ciento cuarenta y tres peces grandes". Con Jesús, el éxito humano es pleno y seguro. Ya lo había dicho Él: "Sin mí no podéis hacer nada" (Jn 15,5).

Jesús está en la orilla con un fuego encendido para preparar la comida: "Traed de los peces que acabáis de coger". Aquí tenemos nuestro ofertorio de la Eucaristía, donde llevamos al altar el fruto de nuestro trabajo. Jesús les dijo: "Venid a comer. Tomó el pan y se lo dio, y también el pescado". Ya en otra ocasión había quitado el hambre a los suyos multiplicando los panes y los peces, y entonces habló también de la Eucaristía: "El pan que yo os daré es mi carne para la vida del mundo" (Jn 6,51). En la Iglesia primitiva, el pez era signo de Cristo; con la palabra "Ichthys", en efecto, se profesaba: "Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios, Salvador". Jesús recoge a su comunidad, desde la tarde de la Última Cena, en torno a una comida que contiene y comunica su presencia y su acción de salvación.

"¡Es el Señor!", dice entonces Juan. "Y ninguno de sus discípulos se atrevió a preguntarle: ¿quién eres?, porque sabían que era el Señor". Su titubeo ante un Resucitado de entre los muertos es nuestra misma duda ante los pobres signos de la Eucaristía, ante los cuales, sin embargo, somos invitados a profesar la misma fe y el mismo reconocimiento de Jesús, resucitado y vivo entre nosotros. Nosotros, cristianos, creemos que Jesús está real y personalmente presente bajo los signos del pan y del vino, y que precisamente aquí se nutre y construye su Iglesia comunicándose a sí mismo: "Quien me come vivirá por mí" (Jn 6,57). La Eucaristía es hoy, en concreto, el signo del encuentro con Jesús vivo, es decir, con el Dios hecho carne y convertido en nuestra única salvación.

La presencia sacramental está, sin embargo, afincada en otra presencia, más visible e histórica: la del ministerio apostólico. En el cenáculo, la tarde de Pascua, Jesús sopló sobre los discípulos y dijo: "Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados les serán perdonados..." (Jn 20,22). Todavía en Galilea, como cuenta Mateo, Jesús dijo: "Me ha sido dado todo poder en cielo y tierra. Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas..." (Mt 28,18-19). En el evangelio de hoy es a Pedro al que se le confiere el primado que un día le prometió con las palabras: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia" (Mt 16,18). Entonces le dice: "Apacienta mis corderos. Apacienta mis ovejas". Jesús ha querido confiar un servicio de responsabilidad y de guía a Pedro y a sus sucesores, en referencia, sobre todo, a la fe: "Simón, Simón -le dijo un día- yo he orado por ti, para que tu fe no desfallezca; y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos" (Lc 22,32).

El servicio apostólico es, precisamente, el del testimonio valiente de Jesús Resucitado. Cuando le prohibieron predicar, Pedro, junto a los demás apóstoles, dirá: "Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres ha resucitado a Jesús y lo ha ensalzado a su derecha, haciéndolo jefe y salvador; de esto somos testigos nosotros y el Espíritu Santo" (primera lectura). Es un testimonio capaz de llegar a la persecución y al martirio, por amor del nombre de Jesús. Y a Pedro en particular, Jesús le augura un fin no fácil: "Cuando seas viejo, extenderás tus manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras". Sabemos que después fue martirizado en Roma, en tiempo de Nerón.

 

 

 

3. Oramos

 

a) Oración personal

 

Señor, cada vez que te manifiestas nos traes dones:

- el Amor, la Paz y la certeza de que estás vivo, que has vencido a la muerte;

- la fe fuerte de Tomás y de tus otros apóstoles;

- la confirmación del encargo de Pedro, después de que te había olvidado y parecía querer volver a la vida de siempre, la de antes de conocerte.

Señor, también a nosotros nos traes tus dones: la alegría de saber que estás cerca de nosotros, nos amas y no te olvidas jamás de ninguno.

También a mí me preguntas si te amo. 

Ayúdame a dar una respuesta sincera y valiente, sabiendo que tú me envuelves siempre en una nueva historia, en una aventura que me hace crecer. 

Ayúdame a decir, con las palabras y con la vida: "Señor, tú me conoces, y sabes que te amo. Tú eres mi amigo y mi guía; estoy dispuesto/a a seguirte".

 

 

 

 

 

 

Miriam Manca, pddm (Italia)