La
vida es un don. En concreto, es el tiempo y espacio donde una persona está
invitada a crecer en todas las dimensiones posibles. Somos llamados a la vida
(nacimiento) y a engendrar vida (madurez, productividad). La imagen de “dar
fruto” en el evangelio de hoy es
el modo metafórico de alcanzar la madurez en la propia vida y, por tanto,
engendrar vida en todos los niveles de relación: con uno mismo, con Dios, con
otros, con toda la realidad creada.
Pero
parte de la realidad de la vida es también que nosotros pecamos, cometemos
errores, no somos fieles a lo que realmente somos: hijos de Dios por la gracia y
fuerza de nuestro bautismo. No damos frutos de paz, justicia y caridad. El Señor
conoce esto tan bien, que es la razón de su ofrecimiento de una segunda
oportunidad, de una tercera y de las, al parecer, infinitas oportunidades
nuestras de reconocer nuestros errores y volvernos hacia él.
La
invitación a arrepentirse es una invitación a ser transformados. No se
trata simplemente de “reparar mis errores pasados” sino de asumir la
responsabilidad de las propias acciones, de reconocer haber cometido algo que no
conviene al que es un hijo de Dios. El arrepentimiento es también un acto de
confianza en Dios, capaz de hacer de todo algo nuevo. Puede hacerlo porque
¡Él es siempre Nuevo! Dios no tiene pasado, sólo origen: mira la lectura
primera donde se presenta a Moisés como “Yo soy el que soy.”
La
buena noticia que se nos da hoy es la realidad expresada por Henri Boulard,
sacerdote jesuita egipcio: «Todo puede volverse a retomar, todo puede ser
rescatado, todo puede ser recreado. El regreso a la fuente de nuestro ser, a la
fuente de las cosas es la conversión. La conversión es la vuelta a la primera
mañana de la creación cuando la luz brilló desde la oscuridad».
a) Salmo 103
Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre;
bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus muchos beneficios.
Él perdona todas tus culpas,
cura todas tus enfermedades;
Él rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura,
satura de bienes tu existencia,
mientras tu juventud renueva como el águila.
El Señor es clemente y compasivo,
lento a la cólera y rico en amor;
no se querella eternamente,
ni guarda rencor perpetuo;
no nos trata como merecen nuestros pecados,
ni nos paga según nuestras culpas.
Como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestras culpas.
Como un padre siente ternura por sus hijos,
siente el Señor ternura hacia quienes se fían de Él.
b)
Oración inicial para el tercer domingo de Cuaresma
Dios
santo y lleno de misericordia,
Tú
nunca abandonas a tus hijos
y
les descubres tu nombre.
Rompe
la dureza de nuestro corazón y mente
para
que aprendamos cómo acoger tus enseñanzas
con
la sencillez de los niños
y
dar frutos de conversión continua y verdadera.
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor. Amén.
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Gemma Victorino, pddm (Filipinas)