1. Leemos        2. Meditamos        3. Oramos

 

 

2. Meditamos

 

 

La vida es un don. En concreto, es el tiempo y espacio donde una persona está invitada a crecer en todas las dimensiones posibles. Somos llamados a la vida (nacimiento) y a engendrar vida (madurez, productividad). La imagen de “dar fruto” en el evangelio de  hoy es el modo metafórico de alcanzar la madurez en la propia vida y, por tanto, engendrar vida en todos los niveles de relación: con uno mismo, con Dios, con otros, con toda la realidad creada.

Pero parte de la realidad de la vida es también que nosotros pecamos, cometemos errores, no somos fieles a lo que realmente somos: hijos de Dios por la gracia y fuerza de nuestro bautismo. No damos frutos de paz, justicia y caridad. El Señor conoce esto tan bien, que es la razón de su ofrecimiento de una segunda oportunidad, de una tercera y de las, al parecer, infinitas oportunidades nuestras de reconocer nuestros errores y volvernos hacia él.

La invitación a arrepentirse es una invitación a ser transformados. No se trata simplemente de “reparar mis errores pasados” sino de asumir la responsabilidad de las propias acciones, de reconocer haber cometido algo que no conviene al que es un hijo de Dios. El arrepentimiento es también un acto de confianza en Dios, capaz de hacer de todo algo nuevo. Puede hacerlo porque ¡Él es siempre Nuevo! Dios no tiene pasado, sólo origen: mira la lectura primera donde se presenta a Moisés como “Yo soy el que soy.”

La buena noticia que se nos da hoy es la realidad expresada por Henri Boulard, sacerdote jesuita egipcio: «Todo puede volverse a retomar, todo puede ser rescatado, todo puede ser recreado. El regreso a la fuente de nuestro ser, a la fuente de las cosas es la conversión. La conversión es la vuelta a la primera mañana de la creación cuando la luz brilló desde la oscuridad».

 

 

  3. Oramos

 

a) Salmo 103

 

Bendice, alma mía, al Señor,

y todo mi ser a su santo nombre;

bendice, alma mía, al Señor,

y no olvides sus muchos beneficios.

 

Él perdona todas tus culpas,

cura todas tus enfermedades;

Él rescata tu vida de la fosa,

y te colma de gracia y de ternura,

satura de bienes tu existencia,

mientras tu juventud renueva como el águila.

 

El Señor es clemente y compasivo,

lento a la cólera y rico en amor;

no se querella eternamente,

ni guarda rencor perpetuo;

no nos trata como merecen nuestros pecados,

ni nos paga según nuestras culpas.

 

Como dista el oriente del ocaso, 

así aleja de nosotros nuestras culpas.

Como un padre siente ternura por sus hijos,

siente el Señor ternura hacia quienes se fían de Él.

 

 

b) Oración inicial para el tercer domingo de Cuaresma  

 

Dios santo y lleno de misericordia,

Tú nunca abandonas a tus hijos

y les descubres tu nombre.

Rompe la dureza de nuestro corazón y mente

para que aprendamos cómo acoger tus enseñanzas

con la sencillez de los niños

y dar frutos de conversión continua y verdadera.

Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor. Amén.

 

 

 

 

Gemma Victorino, pddm (Filipinas)