La actitud de María, puesta en pie por la Palabra del ángel nos remite al sentido de la escucha cristiana. La escucha de la Palabra debería ponernos en pie siempre, levantarnos, curarnos, resucitarnos. En María esto ha tenido lugar porque ella ha creído: "¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!" (Lc 1,45). El ponerse en pie de María se transforma en movimiento, en acción, en impulso contrario a la pasividad o la pereza; se marcha deprisa hacia un largo viaje de cansancio, de peligro. Pero, ¿quién habrá de acompañarla? Ciertamente no se fue sola.
"Deprisa". María se encamina inmediatamente hacia la casa de Isabel, tras haber acogido con alegría el anuncio de su próxima maternidad y tras haber consentido; se mueve con premura, no porque quiera comprobar la veracidad de la Palabra del ángel, sino porque ya había sido revestida de la presencia desconcertante del Señor, con el que había establecido una relación de estima recíproca y de diálogo, y ahora se sentía aferrada por un impulso misionero que la conducía a compartir con Isabel la alegría de su maternidad próxima. En efecto, no existe espíritu misionero ni actividad de evangelización o de apostolado que no parta, sobre todo, de la relación personal con Dios, de la certeza de haber sido llamados e implicados en primera persona por el Señor, de haber establecido un diálogo filial con él; así pues, ¿cómo podía María no darse cuenta de la necesidad de marchar inmediatamente tras haber pronunciado su consentimiento? María está dispuesta; no tiene otra cosa que hacer en su vida que servir al Señor; ella es toda suya. Esta transparencia suya es un espejo en el que mirarnos, un espejo que ilumina todos los obstáculos que nos impiden emprender el vuelo del Amor. María va derecha a donde la lleva Aquél al que lleva ella misma en el seno, el Salvador, y no puede hacer otra cosa que contar lo que ha experimentado. El Esposo que está en ella se encuentra con el amigo, el cual, al oír su voz, salta de alegría y se alegra.
Se puede decir que si en la decisión de María de partir de su propia casa se encuentra la perentoriedad de la misión, en la persona de Isabel se encuentra la correspondiente y necesaria actitud de acogida del anuncio en la fe. En efecto, ella exulta en la presencia de la Virgen y no duda en reconocerla como "Madre de mi Señor", es decir, entreve en ella el lugar en el que se ha realizado la encarnación del Verbo, y esto es un acto de fe y de aceptación espontánea e indiscutible del anuncio.
Sin duda, el centro de esta perícopa evangélica no es María sino Jesús. Todos los episodios se consuman, efectivamente, en vista de Él y tienen en Él su razón de ser: es Jesús el Mesías tan esperado por la gente, el Salvador que vendrá a liberar al pueblo de la esclavitud del pecado y a instaurar el Reino de Dios, y la humildad asumida por el Salvador es tal que incluso el pueblo en el cuál nacerá asume una diminuta relevancia: si nos fijamos en la primera lectura veremos cómo Belén no es sino la más pequeña de las ciudades de Judá; sin embargo, de ella habrá de nacer el "dominador" de Israel.
Jesús vendrá a renovar el corazón del hombre y a instaurar un nuevo programa de vida para la humanidad, fundamentado en las Bienaventuranzas; incluso ya en su mismo nacimiento este programa se realizará, envolviéndonos a todos en la alegría de la gruta de Belén.
¿Estamos preparados nosotros para "salir" de nosotros mismos, es decir, para afrontar los cansancios y las privaciones de un viaje paralelo al de María, para poder abandonar nuestras presuntas ambiciones de autoafirmación y despojarnos en beneficio de los demás? En este camino del Adviento, ¿hemos sentido la urgencia de la conversión, que es lo único que puede favorecer en nosotros/as la convicción de la presencia de Dios en nuestra vida, como le sucedió a María? Si esto ha acontecido, el acontecimiento de Belén nos traerá paz y gozo y nos conducirá a alegrarnos con los otros, es decir, a darnos en la alegría del servicio, de la humildad y de la renuncia a nosotros/as mismos/as; experimentaremos la emoción de la inminencia, aquella por la que en todas las circunstancias afines el alma exulta y se goza. Si, por el contrario, hemos vivido con frialdad el Adviento, tras la estela de la única prerrogativa del consumo y del despilfarro, entonces la Navidad no podrá ser para nosotros sino una fiesta sin festejado, un motivo de daño para nosotros mismos.
Esta eventual laguna se podrá remediar en lo sucesivo, pero nos daremos cuenta, sin embargo, de haber perdido una ocasión única: la del Adviento, que quiere decir preparación, predisposición y pregustación de la alegría.
El profeta Isaías anuncia el Nacimiento de Jesús, del Emmanuel, el Dios-con-nosotros, así:
«¡Qué hermosos son sobre los montes
los pies del mensajero
que anuncia la paz,
que trae buenas nuevas,
que anuncia salvación,
que dice a Sión:
"¡Ya reina tu Dios!"
¡Una voz! Tus vigías alzan la voz,
a una dan gritos de júbilo,
porque con sus propios ojos ven
el retorno de Yahveh a Sión.
Prorrumpid a una en gritos de júbilo,
soledades de Jerusalén,
porque ha consolado Yahveh a su pueblo,
ha rescatado a Jerusalén.
Ha desnudado Yahveh su santo brazo
a los ojos de todas las naciones,
y han visto todos los cabos de la tierra
la salvación de nuestro Dios». (Is 52,7-10)
Lo que importaba entonces era venir entre nosotros y con nosotros. Sabía muy bien Dios la miseria y la aflicción en la que estaba hundida la humanidad sin Él, y sabía también que el hombre por sí solo no podía superarla; por ello Él había de realizar Su Obra. Y Dios vino entre nosotros envuelto en una sencillez que no conoce el rumor del espectáculo o la exhibición del poder. Se hace cercano a nosotros enseguida, proclamando una dicha, la de la pobreza, que es, realmente, la cualidad del amor que se hace don.
Glorifica al Señor, Jerusalén,
alaba a tu Dios, Sión.
Porque ha reforzado los cerrojos de tus puertas
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti (Salmo 147)
El fluir de las acequias alegra la ciudad de Dios,
el Altísimo consagra su morada.
Estando Dios en medio no vacila,
Dios la socorre al despuntar la aurora (Salmo 45).
Él la ha fundado sobre su monte santo,
y el Señor prefiere las puertas de Sión
a todas las moradas de Jacob.
¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios!
El Señor escribirá en el registro de los pueblos:
"Este ha nacido allí".
Y cantarán, mientras danzan:
"Todas mis fuentes están en ti" (Salmo 86).
Gloria al Padre y al Hijo
y al Espíritu Santo,
como era en el principio, ahora y siempre
por los siglos de los siglos. Amén.
Escucha, hija, mira:
te has hecho hija de tu Hijo,
sierva de tu Niño,
madre de tu Señor,
portadora del Salvador Altísimo.
El Rey se ha prendado del esplendor de tu belleza
y se ha complacido en prepararse en tu tierra
una purísima morada.
Obtennos de Él, que, lleno de deseo de ti, te hizo su madre,
que derrame sobre nosotros la sobreabundante riqueza
del deseo de Él,
de modo que quedemos, oh santa Madre,
dedicados, en esta vida, a tu servicio,
y lleguemos, después de nuestro tránsito,
a Aquél que ha nacido de ti: Jesucristo, nuestro Señor.
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