Lectura orante

Juan 10,27-30

Invocación inicial - leemos - meditamos - oramos

 

 

«Yo soy el buen Pastor»

 

Invocación al Espíritu (Himno de la Liturgia de las Horas) 

 

Oh, Espíritu de Vida

que has resucitado con tu poder

al crucificado y sepultado,

escucha nuestra súplica

de criaturas anhelantes de vida.

 

Despierta nuestra carne dormida

y abre nuestros oídos

para acoger resucitados la Palabra de la Vida.

Sí, resucítanos con tu poder,

como alzaste de la tumba

a nuestro hermano Jesús,

para que podamos acoger la Vida eterna

que nos ofrece el Pastor Resucitado.

 

Tú que nos conoces, uno a uno, una a una,

libéranos de nuestros lazos de muerte

para que podamos ser testigos

del Resucitado lleno de Amor

que vence toda muerte.

 

Que por tu acción vivificadora

seamos mujeres y hombres

empapados del Amor que ha triunfado,

y sigamos con gozo al Maestro cada instante de nuestra vida

con la confianza de que ya nada podrá arrebatarnos

de la mano del Dios de la Vida,

con la seguridad de que el Cordero

nos conduce constantemente hacia fuentes de aguas vivas.

 

 

1. Leemos el evangelio de Juan 10,27-30

 

En aquel tiempo, dijo Jesús:

- 27 Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, 28 y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano. 29 Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. 30 Yo y el Padre somos uno.

 

 

  Orientaciones para la lectura 

 

La pregunta central que plantea el evangelio de Juan y a lo que ofrece una respuesta es “¿Quién es Jesús?”. De esta pregunta depende la reacción del lector ante el misterio de Jesús y su misión vivificadora. Juan responde a esta pregunta declarando que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios. Este es el principio básico de interpretación que sigue el evangelio joánico. El “Mesías” denota al mesías judío largamente esperado en quien se cumplen todas las promesas hechas a Abraham y al pueblo judío. El evangelio de Juan aporta a la cuestión una intuición única, al declarar que Jesús es el Mesías sólo porque es el Hijo unigénito (no adoptado) de Dios (cf 1,18); que es también Dios e igual a Dios (cf 1,1-2; 5,18; 8,58, etc y el mismo texto de hoy).

Este Hijo de Dios se hizo hombre (1,14) con el fin de revelar a Dios (1,18) y de dar vida en plenitud (10,10), vida eterna, como afirma rotundamente Jesús hoy. Todos los hechos, palabras y obras de Jesús son los de Dios (cf 14,9-11), a quien el evangelio se refiere constantemente como “el Padre” y con quien Jesús se relaciona como “el Hijo” (una relación paterno-filial decimos hoy).

El discípulo de Jesús obtiene esta vida eterna conociendo a Jesús y permaneciendo en él (17,3), esto es, teniendo una duradera y fructífera relación personal con él (15,1-17). Este conocimiento se adquiere creyendo en Jesús y acogiéndolo en la propia vida. Mediante este acto de fe, Jesús capacita al creyente para convertirse en hijo de Dios (1,12-13).

En el capítulo 10 del evangelio de Juan, Jesús es juzgado porque pretende ser el buen pastor. Recordemos que en los capítulos 5 al 12 se juzga a Jesús por diversas pretensiones y por su misión. En los vv 1-19 Jesús afirma que es el buen pastor, declara abiertamente su pretensión y su disposición a morir por las ovejas, mientras que los vv 22-42 (entre los cuales se sitúa nuestra perícopa de hoy) nos presentan cómo dichas pretensiones son rechazadas por sus adversarios, ante lo cual Jesús no se arredra sino que continúa presentándose incluso como aquel que da “la vida eterna” porque es uno con el Padre (cf 10,30).

El trasfondo veterotestamentario de este capítulo lo constituyen Ez 34; 36; Jr 23 y el salmo 23. El Antiguo Testamento ve a Dios como el Pastor de su pueblo. Los jefes de Israel, como David, ejercieron este ministerio en nombre de Dios en medio de su pueblo. Pero a lo largo de la historia, como muchos no cuidaron realmente las ovejas, Dios prometió que él mismo vendría a cuidar a su pueblo, a proveer a sus necesidades y a administrarle verdadera justicia (cf Ez 34,11-31). En tiempos antiguos, los pastores llevaban sus rebaños a un gran redil custodiado por un guarda para que pasaran la noche seguros. Por la mañana, cada pastor hacía salir a sus ovejas a las que conocía, y las conducía del redil a los pastos.

Probablemente, el trasfondo inmediato en la comunidad joánica es la situación en la que algunos miembros de la comunidad, desencantados con el mesianismo de Jesús, dejan el redil e intentan arrastrar consigo a otros. Siempre habrá personas que van de una Iglesia a otra buscando el tipo de Mesías que resuelva sus problemas materiales inmediatos de la manera que ellos quieren (“un Dios que obra milagros”, cf la muchedumbre en Jn 6). Siempre habrá quienes constituyéndose líderes de grupos y comunidades se coloquen por encima de Jesús y utilicen su influencia sobre el pueblo de Dios en beneficio propio, personal e incluso económicamente.

En esta última parte del capítulo los judíos han preguntado a Jesús acerca de su identidad como mesías. Esta vez quieren una respuesta diferente, desean saberlo claramente (no con el lenguaje figurado del v.6). Sin embargo, Jesús no es directamente explícito con ellos, pues sabe muy bien que en realidad no están interesados en creer; más bien llama su atención sobre su carencia básica de espíritu de discipulado y continúa hablando de aquello que es para los que sí le escuchan, le acogen y desean seguirle y abrirse a él.

 

 

        

 

meditamos - oramos

 

 

 

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