Es
invierno, Jesús está en Jerusalén y se pasea por el pórtico de Salomón. El
pueblo judío celebra la fiesta del Templo y aquí encontramos a Jesús. Por eso
los judíos, una vez más, aprovechan para interrogarle esperando que Jesús,
sin rodeos, les diga quién es. Pero Jesús está harto de sus preguntas y sobre
todo de su corazón obstinado que se cierra a la Verdad y se endurece sin
aceptarlo como Maestro y Mesías esperado. ¿Por qué le preguntan si no están
abiertos a la respuesta? ¿Por qué cansan a Jesús si no están dispuestos a
creerle? “No sois ovejas mías” les dice abiertamente en las últimas
palabras que preceden el evangelio de hoy. En cambio, las ovejas de Jesús sí
que escuchan su voz y por eso pueden seguir al único Maestro
que tiene palabras de vida eterna. “Mis ovejas” afirma
Jesús, ellas son las que el Padre ha atraído hacia sí, hacia su Hijo
para que puedan ir al Padre; “ nadie va al padre sino por mí” dirá
más adelante Jesús cuando se presente a sí mismo como “el Camino, la
Verdad y la Vida” (Jn 14,6). Las ovejas del Buen pastor, Camino, Verdad y
Vida son las que el Padre ha designado y ha predestinado desde siempre para que
escuchen y sigan la inigualable voz de Jesús que llega al corazón y transforma
la vida. Las ovejas escuchan la voz porque el Padre les ha llamado y amado desde
antes de la creación; el principio de todo es el Amor y este gran Amor determinó
nuestra pertenencia y vocación en Cristo. Como diría Juliana de Norwich, mística
inglesa del siglo XIV: “El amor es el
propósito último de nuestro Señor. Dios, antes de crearnos ya nos amaba. Su
amor nunca disminuyó y nunca disminuirá. En este amor ha hecho todas sus
obras, en este amor ha hecho todas las cosas provechosas para nosotros, y en
este amor nuestra vida es eterna. En nuestra creación tuvimos un principio,
pero el amor en el que nos creó estaba en él desde toda la eternidad”.
Sin duda alguna la voz de nuestro Padre es la voz del Amor que nos atrae hacía sí y hacia sus caminos y por eso es imposible no responder y seguirle. “Yo las conozco y ellas me siguen”. Sí, así es, el Amor nos conoce desde siempre y cuando se percibe su voz en plenitud es imposible trazar nuestros propios senderos o rutas. Aún así a veces es posible que en nuestras vidas repletas de ocupaciones y voces múltiples se ahogue la voz del Único Pastor bueno que quiere “conducirnos a las fuentes de aguas vivas” (cf Ap 7,17). “Yo las conozco” dice Jesús, hermosa afirmación del Maestro, del que es la Vida verdadera. “Yo te conozco”, te dice, y un escalofrío y una ilusión recorren el cuerpo porque para él nada hay extraño, nada es tiniebla, “la noche es clara como el día” (Sl 139). No ignora nada en mí y esto es tan grande... y porque me conoce mejor que yo mismo no puedo dudar de su Amor, lo suyo sí que es Amor.
“Ellas me siguen y yo les doy la vida eterna” ¿Seremos capaces de seguirle a pesar de las numerosas atracciones que nos rodean? ¿Podremos pisar sus huellas en medio de las agitaciones que nos empujan aquí y allá? Necesitamos afinar mucho nuestro oído para percibir la voz del Pastor bueno y escucharle en medio de nuestras idas y venidas; es preciso querer seguirle para que su voz no se ahogue entre otras muchas; se requiere mucha libertad para que otros intereses no nos seduzcan y nos embauquen sutilmente; sólo despiertos podremos responder a la voz del Maestro que nos promete la Vida que plenifica y nos hace personas libres.
El
Pastor nos da la vida eterna, nos la da porque él mismo es la Vida, porque él
está Vivo; y lo está porque no se ha ahorrado la muerte. Sí, el Resucitado es
el Crucificado y sepultado que un día prometió dar la vida eterna a todo el
que le siguiera y escuchara su voz. “El Cordero que está delante del trono
conduce hacia fuentes de aguas vivas” a gentes “de toda nación, razas,
pueblos y lenguas” (Ap 7,9); para él no hay frontera, ni color, ni sexo, la
humanidad es de nuevo una por la Resurrección. “Él ha derribado el muro que
nos separaba” y ahora nos corresponde a nosotros, por el poder del Espíritu
que lo resucitó, construir esa única familia humana desde nuestra propias
familias, comunidades, grupos, relaciones. El que vive para siempre estará con
nosotros hasta el final empujándonos desde dentro para que se haga realidad
desde ahora su proyecto de unidad y fraternidad.
“No
perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano”. Pase lo que pase
Él siempre estará y nada podrá separarnos del amor de Dios. Somos suyos, le
pertenecemos, nos ha comprado con su sangre, con su Amor. De nuevo es Juliana de
Norwich quien nos lo confirma: “Estamos
protegidos en el amor por la bondad de Dios tanto en la dicha como en el
infortunio... En el amor infinito somos conducidos y protegidos por Dios y nunca
nos perderemos... A pesar de nuestra vida insensata y de nuestra ceguera en esta
tierra, nuestro Señor nos mira siempre regocijándose en su obra”.
El
Padre ha sido quien nos ha confiado a su Hijo, nos ha puesto en sus manos. El
Padre que “supera a todos” (Jn 10) ha sido quien ha resucitado a Jesús
rescatándole de la muerte y la sepultura de modo que ya “nadie puede
arrebatarnos de la mano del Padre” (cf Jn 10,30), por eso podemos estar ante
él “dándole culto día y noche” (Ap 7,15), reconociendo la obra de su Amor
que nos ha colocado junto a él para siempre. Por Jesús ahora hemos accedido al
Padre, con Cristo ya estamos sentados a la derecha del Dios del Amor y de la
Vida. Por eso ahora nuestros pasos son más ligeros, nuestra esperanza es firme,
nuestra fe se ha robustecido, nuestra caridad es más auténtica y nuestra
entrega más generosa y gratuita. “El Nombre-sobre-todo-nombre” hace posible
nuestra vida de resucitados, de mujeres y hombres que caminan gozosos por la
vida.
“Yo y el Padre somos uno”, hermoso final de nuestro evangelio, radical examen para nuestra fe. Es posible que aún nos cueste aceptar que realmente Jesús es el Hijo de Dios, y que por ello es uno con el Padre. Sólo si nos convencemos plenamente dejaremos que el Espíritu del Padre que resucitó a Jesús y que habita en nosotros actúe en nuestras vidas y nos resucite a una existencia más plena. Sin duda es posible, pero depende de nosotros creer y confiar. ¿Dejaremos una vez más que la Pascua transcurra sin permitir que su Espíritu nos ponga en pie? La Pascua es posible, el Paso está asegurado, la respuesta es sólo tuya. Sólo mía.
Gracias, Cordero y Pastor
Jesús
Resucitado,
uno
con el Padre
y
con el Espíritu
despierta
tu poder
y
levántanos de nuestros lechos de muerte.
Yo
creo que Aquel que te levantó a ti
habita
también en mí
y
puede vivificar nuestros cuerpos mortales
y
fortalecer mi carne débil.
Jesús
Resucitado,
resucita
y vivifica mi amor
a
ejemplo del tuyo
que
no pudo ser sofocado por la Muerte.
Jesús
Resucitado
despierta
nuestros sentidos
para
que acojan el gozo de tu Espíritu
y
se conviertan
en
constructores de paz en nuestro mundo.
Jesús
Resucitado,
plenifica
mis sentidos y todo mi cuerpo
para
que sea testigo de tu presencia Viva
en
medio de mis hermanas y hermanos.
Yo
quiero escuchar siempre tu voz
de
Pastor único y bueno,
yo
anhelo seguir únicamente tus pasos de vida,
tus
senderos de Verdad y lealtad
pero
mis oídos se cierran tan fácilmente
y
me dejo seducir por los caminos superficiales
del
éxito, de la apariencia, de la soberbia...
Por
tu Resurrección
sé
que nada puede arrebatarme de tu mano,
por
eso te doy gracias, Cordero y Pastor,
porque
me has rescatado para la Vida
porque
me llamas a la Vida
porque
sólo quieres que viva en plenitud
y
no cesas de volver una y otra vez a mí
para
recordarme
que
sólo tú eres el Camino, la Verdad y la Vida.
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Mª del Pilar Casarrubios Lucas, pddm (España)