El
texto que hemos leído es para nosotros una nueva ocasión para saborear el perdón
de Dios que surge de un corazón misericordioso como el suyo.
1.
“Cuando aún estaba lejos, su padre lo vio, y lo abrazó y lo cubrió de
besos”: ¿Cuál es el rostro de Dios que manifiesta esta parábola? ¿De
qué formas concretas podemos ser testigos de este rostro de Dios?
2. “Tenemos que alegrarnos y hacer fiesta”. ¿Cómo es la acogida que puedo esperar de Dios a partir de la enseñanza que transmite esta parábola? ¿Qué esperanza habría para nuestro mundo con unas relaciones así?
Dios
sale a nuestro encuentro como un Padre lleno de misericordia. Acoger su amor
entrañable nos abre a la alabanza y a la acción de gracias, nos viste de
fiesta. Celebramos el triunfo de la vida, la alegría del reencuentro y del perdón.
Terminamos recitando el Salmo 33 (“Gustad y ved qué bueno es el Señor”) al Dios de la misericordia, reconociéndonos testigos de su amor.
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Bendigo al Señor en todo momento,
su
alabanza está siempre en mi boca;
mi
alma se gloría en el Señor:
que
los humildes lo escuchen y se alegren.
-
Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos
juntos su nombre.
Yo
consulté al Señor y me respondió,
me libró de todas mis ansias.
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Contempladlo y quedaréis radiantes,
vuestro
rostro no se avergonzará.
Si
el afligido invoca al Señor, él lo escucha
y lo salva de sus angustias.
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Día del Seminario, 2007 (materiales pastorales)