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Lectura oranteJuan 8,1-11invocación inicial - leemos - meditamos - oramos
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Oración para disponer el corazón (relectura del salmo 119 - Elogio de la Palabra)
Dichoso el que, con una vida coherente y fiel,
camina en la voluntad del Señor;
dichoso el que, guardando su Palabra,
lo busca de todo corazón;
el que, sin cometer injusticias,
anda por sus senderos.
Tú revelas tu Evangelio
para que ponga mis pies
en las huellas que me traza.
Ojalá esté firme mi camino,
para abrazar y realizar tu proyecto sobre mí,
y no me desvíe tras otras palabras
y otros maestros que no conducen a la Vida.
Te alabaré con sincero corazón
cuando aprenda tu único mandamiento:
el mandamiento antiguo y nuevo del Amor sin límites.
Quiero guardar tu Palabra en mi corazón,
como María, y rumiarla en mi interior día y noche.
Tú, Señor, no me abandones.
Asísteme con el don de tu Espíritu,
para que tu Palabra se haga carne en mi carne,
en gestos y palabras cotidianas.
¿Cómo podrá alguien andar honestamente?
Viviendo tu Evangelio.
Te busco con sincero corazón,
no consientas que me desvíe de tu senda.
En mi corazón escondo tus consejos,
así no me alejaré de ti ni te daré la espalda.
¡Bendito eres, Señor!
Pon, como un sello en mi corazón,
la Buena Noticia de tu misericordia.
Mis labios van enumerando
las bienaventuranzas, que son la puerta de tu Reino;
mi alegría es la vida hermosa que nos has mostrado,
más valiosa y deseable que todas las riquezas.
Isaías 43,16-21
Así
dice el Señor, que te abrió camino en el mar
y
senda en las aguas impetuosas;
que
sacó a batalla carros y caballos,
tropa
con sus valientes:
caían
para no levantarse,
se
apagaron como mecha que se extingue.
No
recordéis lo de antaño,
no
penséis en lo antiguo;
mirad
que realizo algo nuevo;
ya
está brotando, ¿no lo notáis?
Abriré
un camino por el desierto,
ríos
en el yermo;
me
glorificarán las bestias del campo,
chacales
y avestruces,
porque
ofreceré agua en el desierto,
ríos
en el yermo,
para
apagar la sed de mi pueblo, de mi escogido,
el
pueblo que yo formé,
para
que proclamara mi alabanza.
Juan 8,1-11

En aquel tiempo, 1 Jesús se retiró al monte de los Olivos. 2 Al amanecer se presentó de nuevo en el templo y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.
3 Los letrados y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, 4 le dijeron:
- Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. 5 La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: tú, ¿qué dices?
6 Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.
Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.
7 Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:
- El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.
8 E, inclinándose otra vez, siguió escribiendo.
9 Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos, hasta el último.
Y quedó solo Jesús, y la mujer en medio, de pie.
10 Jesús se incorporó y le preguntó:
- Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado?
11 Ella contestó:
- Ninguno, Señor.
Jesús dijo:
- Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.
Orientaciones para la lectura
Cuando leas el pasaje de Isaías, ten en cuenta cuándo
escribió ese texto tan hermoso el profeta: fue durante el tiempo en que el
pueblo de Israel estaba desterrado en Babilonia, muy lejos de su tierra y en
manos de un imperio opresor (Babilonia). En esa situación, Israel se acuerda de
los tiempos pasados, de aquel episodio de su historia en que Dios los sacó de
las esclavitud de Egipto. La primera estrofa de la lectura hace alusión al paso
del Mar Rojo, cuando el Señor les preparó un camino o una senda por el mar,
que se abrió en dos para dejarles pasar. Y alude también al desastre que sufrió
el ejército egipcio en su persecución.
Israel
recuerda aquella liberación con nostalgia, pero el profeta les dice que lo
mismo que Dios obró esas maravillas en el pasado, lo hará ahora y aún
mayores. Por eso les dice: “No recordéis lo de antaño... mirad que hago
algo nuevo. Ya está brotando, ¿no lo notáis?”. Dios está ideando un
modo de salvar a su pueblo y conducirlo de nuevo a su tierra, a través
de un desierto en el que se abrirán caminos y quedará convertido en un
manantial para dar de beber a su pueblo. Para Dios nada hay imposible.
Para la meditación:
Hoy, tú eres Israel. ¿Qué te oprime o te esclaviza? ¿Qué te preocupa o te agobia? ¿Qué “desiertos” y “sequías” amenazan tu vida?
Trae a la memoria episodios de tu vida en que Dios te ha liberado, salvado, cuidado... ¿Crees que Dios puede salvarte hoy? ¿Crees en “el Dios de los imposibles”? ¿Crees que Dios es capaz de recrear toda la realidad, incluida toda tu persona, librándote de tus esclavitudes?
En
el evangelio de Juan encontramos a una mujer sorprendida en adulterio. Una vez más, como en
otros casos, vemos a los fariseos y escribas confrontados con Jesús: ellos,
dispuestos a acusar, juzgar y condenar; Él, compasivo, dispuesto a perdonar.
Para
la meditación:
1. Por grande que sea tu pecado, Dios te perdona y anima a estrenar una vida nueva: “Tampoco yo te condeno. Anda y, en adelante, no peques más”. ¿Crees que Dios perdona todas tus culpas, por graves que sean? ¿Crees que Él te hace nuevo/a cada vez que recibes el perdón en el sacramento de la reconciliación?
2.
¿Has experimentado alguna vez cómo el perdón y la paciencia de alguien que te
ama, te han levantado de tu caída, de tu error y ha sanado tus heridas
interiores?
3. ¿Cómo es tu actitud espontánea ante el prójimo: de juicio o de misericordia?
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