Lectura orante

Juan 8,1-11

invocación inicial - leemos - meditamos - oramos 

 

 

 

«Anda y, en adelante, no peques más»

 

Oración para disponer el corazón - Invocación al Espíritu

 

Aquí estamos, Señor, en tu presencia.

Gracias, Padre Bueno, porque siempre nos recibes sin condiciones.

Aquí estamos, Jesús, ante ti, que eres el Camino, la Verdad y la Vida, 

y te pedimos el regalo de tu mirada, la luz que nos hace ver tu luz.

 

Abre nuestros corazones a la escucha,

ilumina los rincones oscuros de nuestra vida,

ayúdanos a identificar las sombras de nuestro mundo,

permítenos poder agradecer esta luz que nos viste de fiesta,

renueva nuestra fe y nos convierte a tu amor.

 

 

(Homilética, Vol. 50, 2004/2)

 

 

1. Leemos la Palabra

 

Juan 8,1-11 

En aquel tiempo, 1 Jesús se retiró al monte de los Olivos. 2 Al amanecer se presentó de nuevo en el templo y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.

        3 Los letrados y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, 4 le dijeron:

- Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. 5 La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: tú, ¿qué dices?

        6 Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.

        Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.

        7 Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:

- El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.

        8 E, inclinándose otra vez, siguió escribiendo.

        9 Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos, hasta el último.

        Y quedó solo Jesús, y la mujer en medio, de pie.

        10 Jesús se incorporó y le preguntó:

- Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado?

        11 Ella contestó:

- Ninguno, Señor.

        Jesús dijo:

- Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.

 

 

  Orientaciones para la lectura 

 

El tiempo de Cuaresma nos lleva a experimentar de un modo especial la misericordia de Dios. Él es el que nos rescata de nuestros pecados, de nuestra debilidad, y nos da nueva vida. Ofreciéndonos su misericordia nos enseña también a ver a los otros con ojos misericordiosos. Para llegar a ser misericordiosos es necesario acoger la LIBERACIÓN que sólo Dios nos regala. Leyendo el evangelio de hoy podemos experimentar su libertad, dada a la mujer adúltera, pero no sólo a ella.

        Nuestro pasaje deriva probablemente de la tradición de Lucas (cf. Lc 7,36-50) que presenta a Jesús, sobre todo, como Redentor y amigo de los pecadores (Lc 15). Pero, inserto en el evangelio de Juan, este pasaje revela que la divinidad de Jesús se expresa a través del amor.

  8,1-2: Los dos lugares en los que aparece Jesús en este relato (el monte de los Olivos y el templo) son significativos. El monte de los Olivos era, según la tradición, el lugar de la revelación del Mesías, pero también el lugar del juicio final. El templo, sin embargo, es el lugar de la presencia de Dios. Jesús, enseñando ahí, revela su identidad y el cumplimiento de las promesas. Se revela como el Mesías, como el Maestro que enseña con autoridad. ¿Qué nos enseña hoy?

  8,3-4: Los escribas y fariseos, jefes espirituales del pueblo, vienen a Jesús. Le traen a una mujer sorprendida en adulterio (cf. Lc 7,37-50) y le fuerzan a tomar una postura ante esta situación.

  8,5-6: Le recuerdan los preceptos de la Ley: "La mujer adúltera debe morir" (cf. Lv 20,10; Dt 22,22s). El pecado de adulterio era muy grave en Israel, porque arruinaba el amor, la familia, las relaciones humanas. Incluso la infidelidad del pueblo de Dios se expresó, en la Escritura, a través de este pecado (cf. Oseas). También la Iglesia primitiva tuvo sus problemas con relación al pecado de adulterio (cf. 1 Cor 5; Gál 5,19-21). Por ello, la respuesta de Jesús era tan importante, aunque resultó inesperada para los jefes religiosos del pueblo. Su respuesta nos revela la postura de Dios hacia la debilidad humana.

        Los fariseos ponen a Jesús a prueba, como los que le preguntaron sobre el tributo al César (cf. Mc 12,13-17). Buscan la ocasión de condenarlo: "Le preguntaban esto para comprometerlo y tener de qué acusarlo" (Jn 8,6). Ante esta escena podríamos preguntarnos: ¿Quién tiene más necesidad de liberación: la mujer, que reconoce su pecado, o los fariseos, que se sienten justos? La reacción de Jesús se dirige precisamente a interpelar a éstos últimos. Él escribe sobre la tierra (v.6). Algunos dicen que esto significaría la sentencia del juicio, que en los tribunales romanos se escribía en la tierra. Pero quizá Jesús, no viendo el sentido de discutir con ellos, quiso tocar sus corazones de piedra con su propio dedo, escribiendo sobre ellos la ley de la libertad y del amor.

  8,7-9: Notemos que el gesto de Jesús incide sobre sus palabras, con las que también toca sus conciencias: "El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra" (cf. Mt 7,1-5). El objetivo es éste: No condenar a ninguno, porque todos somos pecadores ante Dios. De este modo, los fariseos reciben la posibilidad de la liberación de su cerrazón y ceguera. Dejando atrás el juicio, testimonian que se sienten pecadores también ellos.

  8,10-11: Jesús se queda solo con la mujer. La introduce en una dimensión de responsabilidad y libertad. El peligro ha terminado. Ahora ella debe expresar su liberación:

- De los hombres, los acusadores y su opinión;

- De su propio pecado.

        Jesús le abre una vida nueva, concediéndole el perdón de Dios, que es capaz de sanar toda su historia.

 

 

        

 

meditamos - oramos

 

 

 

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