1. Leemos        2. Meditamos        3. Oramos

 

 

2. Meditamos

 

 

Testimonio de una mujer pecadora anónima (cf. Jn 8,1-11)

 

Me presento: yo soy... Bueno, ¿para qué deciros mi nombre? Cuando Juan habló de mí, prefirió no revelarlo, quizá para convertirme en un personaje que pudiera tener cientos, miles de nombres: Ana, Pilar, Cristina, María... Incluso, tu mismo nombre... 

Soy la mujer anónima del evangelio que has escuchado hoy. Y ahora os voy a contar, en primera persona, lo que Él hizo conmigo aquel día en que mi pecado y mi vergüenza quedaron expuestos a la vista de todos. 

Ahora no importan las razones ni las circunstancias que me llevaron a cometer aquella infidelidad e injusticia con mi marido, con mi Dios y conmigo misma... No importan las razones que me arrastraron a aquella locura inconsciente. Sólo importa Él. Desde entonces tengo los ojos del corazón fijos en Él, y no podía ser de otra manera... 

Mirad, cuando aquella turba me arrastró hasta el templo y me puso ante Él reclamando para mí el castigo destinado a las adúlteras, yo sólo temblaba. Puesta allí en medio, expuesta a las miradas inquisidoras de la multitud, a las burlas y cuchicheos de la gente y a la condena de los que se tienen por justos, extrañamente no sentía vergüenza ni humillación. Sólo tenía miedo. Miedo a la muerte.  ¿Merecen nuestros errores una condena tan severa? 

Jesús estaba en el templo, sentado como un Maestro, enseñando a la gente. En torno a él, sentados en círculo a su alrededor, en el suelo, se agolpaban muchos para escuchar sus palabras. Quienes le oían decían que sus palabras estaban llenas de Gracia, de Vida, de Aliento, de Espíritu, y que eran capaces de resucitar a un muerto... 

Yo había oído contar de aquel Maestro de Nazaret que hacía andar a los cojos y ver a los ciegos, que curaba a los leprosos, llamaba dichosos a los pobres, y que incluso llevaba consigo a discípulas, entre sus seguidores. Oí que era amigo de publicanos, prostitutas y otra gente de dudosa reputación. Oí que se atrevía a llamar a Dios Abbá. Y me preguntaba de dónde habría salido ese hombre tan extraordinario. 

Nunca pensé que llegaría a toparme con Él y a conocerlo en persona. Y mucho menos aún pensé que lo tendría delante, mirándome fijamente como lo hizo aquel día.

Cuando aquellos hombres lo apremiaban: - Moisés nos manda en la Ley apedrear a estas mujeres, ¿tú qué dices?, -Él no dejaba de mirarme con una mirada indescriptible, limpia, llena de absoluta compasión y bondad. Habría dicho que Él estaba en mi piel, que estaba sintiendo mi miedo, y que conocía enteramente todo mi pecado, en toda su verdad. 

Entonces se inclinó y se puso a escribir con el dedo en la tierra, como si quisiera rescribir de nuevo la Ley que, siglos atrás, había sido escrita por el dedo de Dios en tablas de piedra. Y esa nueva Ley, escrita en silencio, resonó en los oídos de nuestro corazón con voz atronadora: 

“No juzguéis y no seréis juzgados.

No condenéis y no seréis condenados.

Perdonad y seréis perdonados. 

Utilizad una medida generosa, comprensiva, rebosante de compasión con los demás, porque la medida que uséis con ellos, se usará con vosotros...” 

Hubo un silencio. Y mis acusadores, contagiados quizá por la misma compasión de Jesús, o avergonzados al confrontarse con su propia verdad, comenzaron a marcharse empezando por los más ancianos. 

- ¿Nadie te ha condenado, mujer?

- Nadie, Señor –dije yo.

- Tampoco yo te condeno. Vete y, en adelante, no peques más. 

 

Sus palabras fueron para mí el principio de un nuevo nacimiento. Me sentí limpia, inocente, como una niña. Me sentí una creatura nueva. Me vi invadida por una profunda alegría que, hasta hoy, nada ni nadie ha logrado arrebatarme. Sentí que mis pecados y mis errores habían sido borrados y que de ellos no habría memoria, porque Jesús había hecho brotar en mí un ser completamente nuevo. 

Aquel día supe que Él es el Salvador del mundo, el Señor, el Hijo amado del Padre, que nos enseña a sentirnos hijos y hermanos. Aquel día supe que sólo el amor y la compasión importan, y que el juicio sólo es de Dios. Aquel día me sentí agraciada por una mirada y quise yo aprender a embellecer a otros con mi mirada compasiva. 

Y desde aquel día en que su amor me alcanzó, dejándolo todo, lo seguí por el camino.

 

 

  3. Oramos

 

Oraciones de intercesión:

Al Dios del Perdón y la Misericordia que no se complace en la muerte de nadie, supliquemos:

Haznos sentir tu perdón

 

  1. Para que la Iglesia sea signo de reconciliación y sacramento de perdón...

  2. Para que los gobiernos hagan desaparecer todas las leyes que atentan contra la vida del prójimo, en concreto, las leyes a favor del aborto y la pena de muerte...

  3. Para que prevalezca en la sociedad la cultura del perdón y la tolerancia...

  4. Para que los que son víctimas del pecado y el vicio encuentren caminos de rehabilitación...

  5. Para que nosotros mismos evitemos la condena fácil y utilicemos la corrección fraterna en vez de la crítica destructiva...

 

Ayúdanos, Padre, a vivir el amor de Jesucristo

 

 

Oración final: Salmo 103 (adaptado)

- Bendito seas, Jesús, Dios de misericordia infinita,

imagen del Padre, encarnación de su bondad.

Desde el fondo de mi ser te bendigo, Señor,

y recuerdo siempre tus muchos beneficios.

 

- Bendito seas Tú, que perdonas todas mis culpas

y sanas todas mis enfermedades.

Bendito seas Tú, que rescatas mi vida de la infelicidad,

del desánimo y la desesperanza,

y saturas de bienes mi existencia.

 

- Bendito seas, Jesús, misericordioso y cercano.

Como se alzan los cielos por encima de la tierra,

así de alto e inmenso es tu amor para con nosotros.

Tan lejos como está el oriente del ocaso,

así alejas de nosotros todas nuestras rebeldías.

 

- Como un padre y una madre sienten ternura por sus hijos,

así sientes ternura por nosotros,

porque Tú nos conoces enteramente,

y sabes que somos tan frágiles como el barro.

 

- Bendito seas, Jesús, el Amigo de los niños y de los pobres,

de las mujeres, de los enfermos y de los extranjeros,

de los extraviados y pecadores:

Dame un corazón lleno de compasión

para que pueda ofrecer a otros

el mismo amor que Tú derrochas conmigo.

 

- Bendito seas, Jesús, que nos recreas y nos haces nuevos.

Como un alfarero, pones sobre mí tus manos

y modelas mi corazón a tu imagen

para que sea enteramente tuyo.

Gracias porque no me juzgas, porque me miras con bondad,

porque, como a la mujer adúltera,

me das la oportunidad de comenzar otra vez

y estrenar vida nueva.

 

 

 

 

Mª Concepción López, pddm (España)