Testimonio de una mujer pecadora anónima (cf. Jn 8,1-11)
Me
presento: yo soy... Bueno,
¿para qué deciros mi nombre? Cuando Juan habló de mí, prefirió no
revelarlo, quizá para convertirme en un personaje que pudiera tener cientos,
miles de nombres: Ana, Pilar, Cristina, María... Incluso, tu mismo nombre...
Soy
la mujer anónima del evangelio que has escuchado hoy. Y ahora os voy a contar,
en primera persona, lo que Él hizo conmigo aquel día en que mi pecado y mi
vergüenza quedaron expuestos a la vista de todos.
Ahora
no importan las razones ni las circunstancias que me llevaron a cometer aquella
infidelidad e injusticia con mi marido, con mi Dios y conmigo misma... No
importan las razones que me arrastraron a aquella locura inconsciente. Sólo
importa Él. Desde entonces tengo los ojos del corazón fijos en Él, y no podía
ser de otra manera...
Mirad,
cuando aquella turba me arrastró hasta el templo y me puso ante Él reclamando
para mí el castigo destinado a las adúlteras, yo sólo temblaba. Puesta allí
en medio, expuesta a las miradas inquisidoras de la multitud, a las burlas y
cuchicheos de la gente y a la condena de los que se tienen por justos, extrañamente
no sentía vergüenza ni humillación. Sólo tenía miedo. Miedo a la muerte. ¿Merecen
nuestros errores una condena tan severa?
Jesús
estaba en el templo, sentado como un Maestro, enseñando a la gente. En torno a
él, sentados en círculo a su alrededor, en el suelo, se agolpaban muchos para
escuchar sus palabras. Quienes le oían decían que sus palabras estaban llenas
de Gracia, de Vida, de Aliento, de Espíritu, y que eran capaces de resucitar a
un muerto...
Yo
había oído contar de aquel Maestro de Nazaret que hacía andar a los cojos y
ver a los ciegos, que curaba a los leprosos, llamaba dichosos a los pobres, y
que incluso llevaba consigo a discípulas, entre sus seguidores. Oí que era
amigo de publicanos, prostitutas y otra gente de dudosa reputación. Oí que se
atrevía a llamar a Dios Abbá. Y me preguntaba de dónde habría salido ese
hombre tan extraordinario.
Nunca pensé que llegaría a toparme con Él y a conocerlo en persona. Y mucho menos aún pensé que lo tendría delante, mirándome fijamente como lo hizo aquel día.
Cuando
aquellos hombres lo apremiaban: - Moisés nos manda en la Ley apedrear a estas
mujeres, ¿tú qué dices?, -Él no dejaba de mirarme con una mirada
indescriptible, limpia, llena de absoluta compasión y bondad. Habría dicho que
Él estaba en mi piel, que estaba sintiendo mi miedo, y que conocía enteramente
todo mi pecado, en toda su verdad.
Entonces
se inclinó y se puso a escribir con el dedo en la tierra, como si quisiera
rescribir de nuevo la Ley que, siglos atrás, había sido escrita por el dedo de
Dios en tablas de piedra. Y esa nueva Ley, escrita en silencio, resonó en los oídos
de nuestro corazón con voz atronadora:
“No
juzguéis y no seréis juzgados.
No
condenéis y no seréis condenados.
Perdonad
y seréis perdonados.
Utilizad
una medida generosa, comprensiva, rebosante de compasión con los demás, porque
la medida que uséis con ellos, se usará con vosotros...”
Hubo
un silencio. Y mis acusadores, contagiados quizá por la misma compasión de Jesús,
o avergonzados al confrontarse con su propia verdad, comenzaron a marcharse
empezando por los más ancianos.
- ¿Nadie te ha condenado, mujer?
-
Nadie, Señor –dije yo.
- Tampoco yo te condeno. Vete y, en adelante, no peques más.

Sus
palabras fueron para mí el principio de un nuevo nacimiento. Me sentí limpia,
inocente, como una niña. Me sentí una creatura nueva. Me vi invadida por una
profunda alegría que, hasta hoy, nada ni nadie ha logrado arrebatarme. Sentí
que mis pecados y mis errores habían sido borrados y que de ellos no habría
memoria, porque Jesús había hecho brotar en mí un ser completamente nuevo.
Aquel
día supe que Él es el Salvador del mundo, el Señor, el Hijo amado del Padre,
que nos enseña a sentirnos hijos y hermanos.
Aquel día supe que sólo el amor y la compasión importan, y que el
juicio sólo es de Dios. Aquel
día me sentí agraciada por una mirada y quise yo aprender a embellecer a otros
con mi mirada compasiva.
Y desde aquel día en que su amor me alcanzó, dejándolo todo, lo seguí por el camino.
Oraciones de intercesión:
Al Dios del Perdón y la Misericordia que no se complace en la muerte de nadie, supliquemos:
Haznos sentir tu perdón
Para que la Iglesia sea signo de reconciliación y sacramento de perdón...
Para que los gobiernos hagan desaparecer todas las leyes que atentan contra la vida del prójimo, en concreto, las leyes a favor del aborto y la pena de muerte...
Para que prevalezca en la sociedad la cultura del perdón y la tolerancia...
Para que los que son víctimas del pecado y el vicio encuentren caminos de rehabilitación...
Para que nosotros mismos evitemos la condena fácil y utilicemos la corrección fraterna en vez de la crítica destructiva...
Ayúdanos, Padre, a vivir el amor de Jesucristo
Oración final: Salmo 103 (adaptado)
-
Bendito seas, Jesús, Dios de misericordia infinita,
imagen
del Padre, encarnación de su bondad.
Desde
el fondo de mi ser te bendigo, Señor,
y
recuerdo siempre tus muchos beneficios.
-
Bendito seas Tú, que perdonas todas mis culpas
y
sanas todas mis enfermedades.
Bendito
seas Tú, que rescatas mi vida de la infelicidad,
del
desánimo y la desesperanza,
y
saturas de bienes mi existencia.
-
Bendito seas, Jesús, misericordioso y cercano.
Como
se alzan los cielos por encima de la tierra,
así
de alto e inmenso es tu amor para con nosotros.
Tan
lejos como está el oriente del ocaso,
así
alejas de nosotros todas nuestras rebeldías.
-
Como un padre y una madre sienten ternura por sus hijos,
así
sientes ternura por nosotros,
porque
Tú nos conoces enteramente,
y
sabes que somos tan frágiles como el barro.
-
Bendito seas, Jesús, el Amigo de los niños y de los pobres,
de
las mujeres, de los enfermos y de los extranjeros,
de
los extraviados y pecadores:
Dame
un corazón lleno de compasión
para
que pueda ofrecer a otros
el
mismo amor que Tú derrochas conmigo.
-
Bendito seas, Jesús, que nos recreas y nos haces nuevos.
Como
un alfarero, pones sobre mí tus manos
y
modelas mi corazón a tu imagen
para
que sea enteramente tuyo.
Gracias
porque no me juzgas, porque me miras con bondad,
porque,
como a la mujer adúltera,
me
das la oportunidad de comenzar otra vez
y
estrenar vida nueva.
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Mª Concepción López, pddm (España)