Leyendo el pasaje de Juan, podemos preguntarnos qué tipo de personaje es más
cercano a nosotros: la mujer infiel o los fariseos, que acusan, aunque todos
tienen igual necesidad de la liberación de Dios.
Después podemos preguntarnos qué nos aleja de Dios, cuál es nuestra
infidelidad, o bien con qué piedras queremos apedrear a nuestro prójimo.
Jesús sabe todas nuestras heridas, faltas, debilidades. Nos espera, respetando
nuestra voluntad libre, pero quiere ayudarnos a llegar a ser personas
verdaderamente libres. Sabiendo esto, podemos orar con las palabras del salmista
liberado de su pecado:
SALMO 32,1-11
Dichoso el que está absuelto de su culpa,
a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.
Mientras callé se consumían mis huesos,
rugiendo todo el día,
porque día y noche tu mano
pesaba sobre mí;
mi savia se me había vuelto un fruto seco.
Había pecado, lo reconocí,
no te encubrí mi delito;
propuse: "Confesaré al Señor mi culpa",
y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.
Por eso, que todo fiel te suplique
en el momento de la desgracia:
la crecida de las aguas caudalosas
no lo alcanzará.
Tú eres mi refugio, me libras del peligro,
me rodeas de cantos de liberación.
Te instruiré y te enseñaré el camino que has de seguir,
fijaré en ti mis ojos.
No seáis irracionales como caballos y mulos,
cuyo brío hay que domar con freno y brida;
si no, no puedes acercarte.
Los malvados sufren muchas penas;
al que confía en el Señor,
la misericordia lo rodea.
Alegraos, justos, y gozad con el Señor;
aclamadlo, los de corazón sincero.
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Judyta Pudelko, pddm (Polonia)