Lectura orante

Lucas 1,39-56

invocación inicial - leemos - meditamos - oramos 

 

 

 

«¡Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá!»

 

 

INTRODUCCIÓN

 

En pleno mes de agosto, la liturgia nos ofrece un remanso sereno y casi refrigerante de fiesta y contemplación con la solemnidad de la Asunción de la Virgen María al cielo, misterio al que con toda razón se le ha llamado “la Pascua de María”

Muchos pueblos de España celebran en este día a su patrona, con acentos de especial alegría también por la presencia de los hijos de esos mismos pueblos que aprovechan las vacaciones veraniegas para juntarse con los vecinos y hacer fiesta. 

Toda la Iglesia, todos nosotros, con júbilo, ensalzamos hoy y felicitamos a la Madre de Dios y madre nuestra en el misterio pascual de su glorificación a la derecha del Hijo en el cielo. Nos unimos en esta exultación a todos los ángeles y santos. Es más, nos unimos sobre todo a la Trinidad santa que en María ve realizado ya en su perfección el proyecto de salvación de la humanidad, la consecución plena del fin de la encarnación del Verbo.

 

Invocación al Espíritu

 

Invocamos al Espíritu, para que por la meditación de la Palabra se realice nuestro encuentro vital con Jesucristo, Palabra del Padre. Como en María, “mujer de la escucha y del silencio”, esta Palabra se encarne en nosotros y produzca copiosos frutos de vida y salvación.

 

Espíritu Santo,

si nadie ha sido forjado con evidencia

para realizar un sí para siempre,

tú vienes a encender en mí una hoguera de luz.

 

Tú iluminas mis vacilaciones y las dudas,

en los momentos en los que el sí y el no se enfrentan.

 

Espíritu Santo,

tú me haces capaz de consentir mis propios límites.

Si hay una parte de fragilidad,

que tu presencia venga a transfigurarla.

 

(Hermano Roger de Taizé)

 

 

1. Leemos la Palabra

 

Lucas 1, 39-56

En aquellos días, 39 María se puso de camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; 40 entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. 41 En cuanto Isabel escuchó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo, 42 y dijo voz en grito:
¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!
43 ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? 44 En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. 45 ¡Dichosa tú que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.

46 María dijo:

- Proclama mi alma la grandeza del Señor,

47 se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador;

48 porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

49 porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es Santo.

50 Y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

51 Él hace proezas con su brazo,

dispersa a los soberbios de corazón,

52 derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes;

53 a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

54 Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de la misericordia

55 -como lo había prometido a nuestros padres-,

en favor de Abrahán y su descendencia para siempre.

56 María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa.

 

 

  Orientaciones para la lectura 

 

 

La liturgia de este día se abre con la invitación a la alegría, el “Gaudeamus” de la antífona de entrada, que en la melodía gregoriana daba un tono tan solemne al inicio de la celebración eucarística en varias solemnidades del año litúrgico. 

El prefacio en una bella síntesis de la significación cristológica y eclesial de la solemnidad, resume las razones que motivan y justifican nuestra alegría desbordante: 

“Porque hoy ha sido llevada al cielo

la  Virgen, Madre de Dios;

ella es figura y primicia de la Iglesia

que un día será glorificada;

ella es consuelo y esperanza de tu pueblo,

todavía peregrino en la tierra.

Con razón no quisiste, Señor,

que conociera la corrupción del sepulcro

la mujer que, por obra del Espíritu,

concibió en su seno al autor de la vida,

Jesucristo, hijo tuyo y Señor nuestro”. 

La maternidad divina de María es en realidad el principio fundante de todos los privilegios con que la adornó la Trinidad, también por lo tanto de la asunción de todo su ser al cielo. Por eso, lo que la Iglesia ha celebrado desde siglos en esta solemnidad es el cumplimiento del misterio pascual en la fe de María. 

La segunda lectura de la celebración eucarística nos ofrece hoy la verdadera luz que explica el significado y la grandeza de esta fiesta: “Cristo ha resucitado, primicia de todos los que han muerto”. A la resurrección de Cristo, “primicia de los que han muerto”, le tiene que suceder nuestra resurrección. Y le ha sucedido la resurrección-asunción de su Madre, primera entre los redimidos. Cristo resucitado asocia a sí a la Virgen Madre en un único destino de gloria y resurrección. 

Por todas estas razones, también el Directorio sobre la piedad popular y la liturgia afirma:

“En el transcurso del Tiempo ordinario destaca, por sus múltiples significados teológicos, la solemnidad de la Asunción de Santa María Virgen. Es una memoria antigua de la Madre del Señor, compendio y síntesis de muchas verdades de la fe” (n. 180).

A las razones de naturaleza teológica, sociológica, antropológica dedica el Directorio una página y media. Todo esto nos dice la importancia que la Iglesia, en su liturgia y en su piedad popular, atribuye a la solemnidad de la Asunción. 

En la liturgia bizantina la Asunción es la fiesta mariana por excelencia, precedida por catorce días de preparación y ayuno y prolongada luego por una octava. Desde el 1 de agosto hasta el 23 la liturgia bizantina celebra “el mes mariano” que tiene su centro y el punto focal en el misterio de “la Dormición de María”, su Asunción en cuerpo y alma al cielo.

 

        

 

meditamos - oramos

 

 

 

Inicio

 

© Pías Discípulas del Divino Maestro

C/ Canal de la Mancha, 2

28022 – Madrid

Tlf.: 91 741 27 18