1. Leemos        2. Meditamos        3. Oramos

 

 

2. Meditamos

 

 

La liturgia de la palabra tiene una apertura cósmica solemne e impresionante

“Se abrieron las puertas del templo celeste de Dios

y dentro de él se vio el Arca de la Alianza.

Hubo rayos y truenos y un terremoto:

una tormenta formidable”. 

Obertura grandiosa del gran prodigio que se nos invita a contemplar: 

“una mujer vestida de sol, la luna por pedestal,

coronada con doce estrellas...” (primera lectura). 

Esta “mujer”, la “nueva Eva”, fue partícipe de manera singular de la resurrección de Cristo. Como mujer y madre asociada, “en vista de los méritos de Cristo”, a la misión y al destino de su Hijo Cristo Jesús.

La perfecta configuración de María con Cristo resucitado es la razón fundante de la gloria de la Virgen asunta, la causa de nuestra esperanza y alegría. 

Los Padres aplican a la Iglesia el simbolismo de la “luna” respecto a Cristo, único “Sol”; con mayor razón aplicamos hoy este simbolismo a María. Ella no brilla con luz propia, sino con la luz de su Hijo. Ésta es su grandeza: la asunción de María, su resurrección, muestra la excelencia única de Cristo Jesús, el Señor glorioso, vencedor del pecado y de la muerte.  De él recibe María la luz que, con amor y misericordia desbordantes, proyecta sobre los hombres, sobre la Iglesia. 

El texto evangélico que nos ofrece la liturgia en este día es el de la visitación de la virgen Madre a su prima Isabel y el canto del Magnificat. 

Un texto que se ofrece a nuestra contemplación en los múltiples sus detalles tan humanos, que nos presentan a las dos protagonistas, María e Isabel, en toda su humildad y grandeza: María, que va con solicitud a visitar a su prima; Isabel consciente de “la misericordia que le hizo el Señor”, que muestra todo su asombro y gratitud ante la visita de la prima.

El saludo entre ambas mujeres es un intercambio de los mejores  dones: 

Isabel reacciona con estupor y sorpresa, se llena de Espíritu Santo, el niño salta de gozo en su vientre. Reconoce en su prima a la “Madre del Señor”, a la “que ha creído en la palabra de Dios” y por eso es dichosa, bienaventurada. 

María desborda de gozo con el Señor, exulta en su espíritu, prorrumpe en un canto de júbilo y proclama la grandeza de Dios, cuyo nombre es santo. Reconoce las obras grandes que el Poderoso ha realizado en ella, por lo que “todas las generaciones” la felicitarán por los siglos. 

Plenamente convencida de que todo lo que tiene le viene de Dios, María le canta, proclama su grandeza, porque “su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”.

Y esta misericordia, este amor fiel de Dios es justo, por eso los poderosos, los ricos, los satisfechos, los soberbios de corazón, son dispersados, despedidos vacíos, mientras los hambrientos y los humildes son enaltecidos y colmados de bienes. 

 

  3. Oramos

 

Hoy nuestra oración es obligada y la tomamos de los labios y del corazón de nuestra madre, la virgen María. En profunda comunión filial con ella y con sus mismos sentimientos, cantamos al Dios Trinidad, Padre-Hijo-Espíritu Santo:

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

Se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador;

Porque ha mirado la humillación de su esclava.

 

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

Porque el poderoso ha hecho obras  grandes por mí:

Su nombre es santo,

Y su misericordia llega a sus fieles

De generación en generación.

 

Él hace proezas con su brazo:

Dispersa a los soberbios de corazón,

Derriba del trono a los poderosos

Y enaltece a los humildes,

A los hambrientos los colma de bienes

Y a los ricos los despide vacíos.

 

Auxilia a Israel, su siervo,

Acordándose de la misericordia

- como lo había prometido a nuestros padres –

en favor de Abrahán y su descendencia por siempre

 

 

Después de haber glorificado con María al Dios dador de todo don, al que realizó maravillas en la sencillez y pequeñez de su esclava, queremos dirigir también nuestra alabanza y oración a la misma Virgen María, por nosotros y por toda la humanidad. Lo hacemos con una oración del Beato Santiago Alberione:

 

María, entrañable madre nuestra,

puerta del cielo, fuente de paz y de alegría,

auxilio de los cristianos, confianza de los agonizantes

y esperanza de los desesperados:

 

pienso en el momento dichoso

en que dejaste esta vida

para ir al encuentro definitivo con Jesús.

Con amor de predilección,

Dios Padre te glorificó en cuerpo y alma.

 

Te contemplo ensalzada

sobre los ángeles y santos:

confesores y vírgenes, apóstoles y mártires,

profetas y patriarcas; y también yo,

a pesar e mi indignidad,

me atrevo a unirme a ellos,

con voz de pecador arrepentido,

para alabarte y bendecirte.

 

María, concédeme una decisión firme

de vivir en continua conversión,

para que, después de una muerte santa,

te alabe por siempre, uniendo mi voz

a la de todos los santos.

 

... María, refugio de los pecadores,

estrella de la mañana,

consoladora de los afligidos,

realiza la obra más hermosa:

transformarme de pecador en gran santo. 

 

 

 

 

 

Concepción González, pddm (España)