En el clima de Navidad, la celebración de la Santa Familia invita a construir
la familia a la luz de la fe que ilumina toda situación humana.
La nueva oración colecta nos pone en contemplación del Hijo de Dios, engendrado antes de la aurora del mundo, que se hace miembro de la familia humana y pide que todos veneren el don y el misterio de la vida.
La celebración de la Santa Familia recuerda cuál es el designio de Dios
que se revela en Navidad: hacer de todos los hombres una sola familia, su
familia, su pueblo. En este contexto se comprende también la grandeza de cada
familia cristiana: ellas son un reclamo viviente al amor nupcial de Cristo por
la Iglesia, pero también un signo constante que recuerda a los creyentes el
designio del Padre de hacer de todos los hombres "uno en Jesucristo",
partícipes de la vida divina, de la condición filial.
El primer anuncio de la familia se refiere al camino de fe que todo
cristiano debe recorrer para acoger el misterio escondido en la persona de Jesús.
Ante su persona la actitud que hemos de asumir es la de María: meditar en
silencio los acontecimientos de Dios, dejando correr el tiempo, para que lo que
aparece oscuro e incomprensible sea esclarecido por una sucesiva revelación, ya
que Dios no rechaza al que lo busca.
Como María, José y Jesús, la familia en la Iglesia está siempre sostenida
por el deseo de comprender la "voluntad del Padre": por
consiguiente, se deja iluminar por la Palabra y encuentra en la Liturgia el
momento culminante de su camino de amor y de vida. Acepta las pruebas y los
sufrimientos a la luz de la Pascua y en la alegría que sólo la fe puede
comunicar.
Los padres se preocupan de que el crecimiento de los hijos no se realice
sólo a nivel cronológico, sino que esté siempre acompañado por la sabiduría
divina y por el amor que viene de lo alto. Ellos no consideran a los hijos como
una propiedad suya, sino como un don de Dios confiado a ellos para que puedan
crecer hasta gozar de la "gloriosa libertad de los hijos de Dios.
María, tú que has vivido una prueba de gran sufrimiento
en los días de la Pascua de Jesús en Jerusalén, obtennos
buscar al Señor con perseverancia y sin cansarnos.
Jesús, concédenos comprender tu misterio, cómo Dios está siempre más allá,
y es siempre más grande, no reductible a ninguna medida nuestra,
porque es Él el que nos programa a nosotros, sin nosotros saberlo, sorprendiéndonos.
Concédenos no asustarnos por el alternarse de sombras y de luces.
Enséñanos a creer que también en la oscuridad nosotros caminamos hacia ti.
Haznos leer, en los momentos en los que te escondes, tu amor que nos purifica.
Jesús, tú que has dicho que hagamos siempre lo que le complace al Padre,
danos comprender que en el Padre está la paz de nuestras elecciones.
Y tú, Padre, que nos has creado en Jesús, que nos has llenado de Espíritu Santo,
que nos amas y nos llevas de la mano, haz que podamos confiar a ti nuestra vida.
Señor, concédenos estar contigo y como Tú ante el Padre,
en su voluntad, en su proyecto salvífico de amor por nosotros,
por cada hombre, por toda la humanidad.
Danos, Señor, la libertad que se regala en la obediencia
y la obediencia que engendra libertad.
María, que has vivido en el sufrimiento y en la oración
el desarrollo de la personalidad de Jesús, su crecimiento,
el esclarecimiento ante los hombres de su misión,
asiste, con paciencia y bondad materna, el entreabrirse, en cada uno de nosotros,
de esta personalidad que responde al maravilloso designio de Dios,
designio eterno que no tendrá nunca fin.
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Luciana dal Masetto, pddm (Italia)