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Claves para vivir el Evangelio de Lucas |
Evangelizar la Navidad desde Belén
El evangelio de la misericordia
Tres encuentros con el Resucitado
El evangelio del Espíritu (próximamente)
1. Buscando entre los muertos al que Vive (Lc 24,1-11)
2. Lo conocieron al partir el pan (Lc 24,13-35)
3. El Resucitado, en el centro de la comunidad (Lc 24,36-52)
Como es sabido para los que
viven su fe participando en las celebraciones y siguiendo el itinerario creyente
que el año litúrgico va marcando, en el presente año proclamamos la Palabra
de Dios correspondiente al ciclo C. Esto significa que durante los treinta y
cuatro domingos del Tiempo Ordinario viviremos el seguimiento de Cristo de la
mano del evangelista Lucas. Por eso hemos pensado que quizá sea grato y útil a
quienes frecuentan esta página que publiquemos unas claves para la lectura
orante y personalizada del evangelio, unas orientaciones que puedan servir
tanto para la oración y reflexión personal como para la animación de
encuentros de grupo.
En el presente
capítulo, no vamos a comenzar el recorrido a través de Lucas por donde cabría
esperar: por el evangelio de la infancia, que es su comienzo. La razón es
obvia: la Liturgia de la Iglesia nos sitúa, durante estas semanas, en otra
etapa del itinerario, en la experiencia de subida con Jesús a Jerusalén para
morir con Él y resucitar con Él (cf. Rom 6,8; 2 Tim 2,12). Lo que pretendemos
con estas páginas no es tanto estudiar el evangelio como hacer camino
con Jesús, en comunión y sintonía con el camino de la Iglesia. Y
la Iglesia nos invita ahora a vivir la experiencia de la Pascua para que, llenos
del gozo y la esperanza del Resucitado, seamos apóstoles del Evangelio “desde
Jerusalén a los confines del mundo” (cf. Hch 1,8).
Así pues, nuestra primera aproximación al evangelio va a consistir en una propuesta de lectura orante de los tres relatos de resurrección presentes en el capítulo 24 de Lucas: las mujeres buscan al que Vive en el sepulcro (Lc 24,1-11); dos discípulos lo encuentran por el camino (Lc 24,13-35); el Resucitado se hace presente en medio de la comunidad (Lc 24,36-53).
1.
Buscando entre los muertos al que Vive (Lc 24,1-11)
1.1. Suplicamos la
ayuda del que nos lo enseñará todo (Jn 16,13)
Antes de comenzar, invocamos
siempre la luz del Espíritu con un canto o con una oración adecuada.
1.2. Partimos de
nuestra vida...
Antes de leer personalmente o
proclamar el texto evangélico, nos detenemos unos minutos a tomarle el pulso a
nuestra vida. Es importante darnos cuenta de cómo estamos y desde dónde
venimos a encontrarnos con la Palabra.
¿Cómo hemos vivido la Cuaresma y el Triduo Pascual? ¿Han dejado huella en
nosotros o hemos vivido este tiempo de modo superficial e irrelevante?
¿Es nuestra fe en el Resucitado
lo suficientemente confiada y fuerte como para sostener nuestra esperanza? ¿Nos
moviliza hacia el testimonio y el anuncio? ¿Dinamiza, de algún modo, nuestra
vida o, a efectos prácticos, es como si no la tuviéramos?
(Si estamos orando la Palabra en
grupo, podemos intercambiar, en un clima de respeto y acogida, las experiencias
de cada participante).
1.3. Proclamamos la
Palabra de Dios: Lc 24,1-11
1.4. Unas claves de
lectura para orientar la mirada
El texto narra una aparición, no del Resucitado, sino de “dos hombres con
vestidos resplandecientes” (los de Emaús los llaman “ángeles”;
cf. Lc 24,23; de hecho, la reacción de temor de las mujeres y su postración
indican que se trata de seres pertenecientes al ámbito divino, cf. v.5). Estos
hombres explican a las mujeres por qué la tumba está vacía con las palabras
del kerigma primitivo: “No está aquí, ha resucitado”. El sepulcro
vacío es insuficiente para suscitar la fe. Lo único que puede fundamentarla es
la Palabra de Jesús: la inteligencia del designio de Dios que Él anunció a
sus discípulos mientras estuvo con ellos. Por otra parte, la intención de
Lucas al hablar de “dos hombres” es proporcionar dos testigos en el
sentido jurídico del término, que den crédito al anuncio (cf. Dt 17,6; 19,15;
Mt 18,16...).
Los dos hombres, a diferencia de los relatos de Mateo y Marcos (cf. Mt 28,2; Mc
16,5) no ordenan a las mujeres anunciar la resurrección a los discípulos, ni
que vayan a Galilea. Simplemente les hacen recordar lo que Jesús les había
anunciado. Ahora ese designio de Dios se ha cumplido.
Es interesante buscar las huellas de esas mujeres discípulas a lo largo del
evangelio. Las encontramos por primera vez en Lc 8,1-3. Allí se dice que Jesús
“caminaba por todas las ciudades y aldeas... y los doce con él, y algunas
mujeres, María, Juana, Susana y otras muchas que le servían con sus bienes”.
Cuando Jesús es arrestado y todos los discípulos huyen, las mujeres que lo habían
seguido desde Galilea permanecen en la escena de la pasión, “mirando de
lejos” (Lc 23,49.55). Así pues, son esas mismas mujeres las que van al
sepulcro con aromas y mirra y, en lugar de la muerte, encuentran la Vida. “¿Por
qué buscáis entre los muertos al que vive?” (Lc 24,5).
Sin recibir encargo alguno, las mujeres van a anunciar lo sucedido a los once y
a los demás. Su testimonio provoca sobresalto en el grupo, pero “aquellas
palabras les parecían desatinos y no las creyeron” (v. 11).
1.5. Para que la
Palabra penetre el corazón
El Dios de Jesús no es Dios de muertos, sino de vivos (Lc 20,38). Lucas siente
predilección por esta expresión: Jesús es “el que vive” (Lc 24,5)
o Jesús “vive” (Lc 24,23). Ése es su anuncio gozoso, en el relato
de hoy. El ejemplo de las mujeres nos muestra que es preciso creer en las
palabras de Jesús para que nuestra vida pase de la lamentación a la alegría,
del resentimiento al agradecimiento, del sentimiento de pérdida a la fe en la
Presencia Viva que nos habita.
Recorre con las mujeres el camino hacia el sepulcro de Jesús. ¿Qué
experimentas al escuchar: “¿Por qué buscas entre los muertos al que está
vivo? No está aquí, ha resucitado”?
1.6. Nos unimos a
la oración de Jesús: acción de gracias al Dios, amigo de la vida
Yo te
bendigo, Padre, Señor de cielo y tierra,
porque
la piedra que desecharon los arquitectos, poderosos y sabios,
se ha
convertido ahora en piedra angular de la nueva creación.
Te doy
gracias porque me has escuchado
y me
has sacado del abismo profundo.
Gracias,
porque así te ha parecido bien.
Mi
sepulcro se ha quedado desierto
y
donde buscaban a un muerto les salió al paso
la
alegre noticia de que vive.
Así
sabrán, Padre, que tu poder es tan grande como tu amor
y que
lo que es imposible para el hombre
no lo
es para ti:
hacer
surgir del sepulcro la esperanza,
hacer
brotar en el desierto un manantial,
cambiar
el luto en danzas,
y las
lágrimas en cantos de fiesta.
Te doy gracias, Padre, porque así te ha parecido bien.
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